jueves, 29 de enero de 2026

"DE RE NIVEA" EN LA SIERRA DE GUADARRAMA (EN EL TREINTA ANIVERSARIO DEL GRAN NEVAZO DE 1996)

En estos días se han cumplido treinta años de la gran nevada de 1996, un fenómeno meteorológico que hizo historia en la Sierra de Guadarrama y que sin duda recordarán todos aquellos que por edad pudieron contemplar sus efectos. Como entonces los meteorólogos todavía no le ponían nombres a los temporales y a las borrascas, y ni falta que hacía, la voy a denominar aquí como «el gran nevazo del 96», un nombre más castizo y con más posible resonancia en los anales de la meteorología que si se hubiera llamado simplemente «Boris» o «Paquita», pongo por caso. Se ha escrito y publicado mucho acerca de esta nevada y poco nuevo puedo aportar aquí, si no son mis reflexiones un tanto cáusticas y metafóricas y algunas fotografías de no muy buena calidad que hice en aquellos días a unos paisajes inéditos y maravillosos que probablemente no volvamos a ver, a las que acompañan otras mucho mejores hechas por buenos amigos, como la que sigue.

Vertiente norte de la Najarra. Segunda semana de febrero de 1996. Fotografía de Pedro Nicolás

          Aquellas fenomenales nevadas, porque en realidad fueron varias, cayeron a lo largo de toda la semana del 21 al 29 de enero de 1996 por la conjunción de una serie de condiciones meteorológicas que raramente se dan a la vez y que desencadenaron lo que ahora se suele llamar, según la expresión ya tópica acuñada por el meteorólogo y pronosticador de huracanes norteamericano Robert Case, como la «tormenta perfecta». Y es que la «meteo», como así se escribe ahora, abreviado, en las redes sociales, es una ciencia muy prolífica alumbrando palabros o acrónimos muy sosos para denominar lo que siempre hemos llamado borrascas o temporales, hermosos nombres que ya empleaba Cervantes en el Quijote, como en el capítulo XVIII de la Primera parte: «Sábete Sancho, que todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien...». 
          Lo mismo se puede decir de la borrasca de 1996 que nos «sucedió» a nosotros, porque de verdadero suceso podría calificarse dada las dimensiones y la resonancia que tuvo y sigue teniendo en el pequeño mundo del guadarramismo. Todo comenzó el domingo 21 de enero, cuando un frente frío procedente del Atlántico incidió sobre el Sistema Central, encontrándose en altura con una masa de aire húmedo y más cálido procedente del sur. Esas condiciones fueron las idóneas para que en el puerto de Navacerrada, por ejemplo, se registraran aquel día, según datos históricos, más de 150 mm (litros) de precipitación en forma de nieve, que cayó suave pero densamente con esos copos grandes y flotantes que son los que cuajan más fácilmente, acumulándose una capa de nieve húmeda y pesada de más de medio metro de espesor, lo que ya era todo un nevadón. Al ser día festivo muchas personas quedaron aisladas en la estación de esquí y en las residencias y albergues deportivos de los puertos de Navacerrada y Los Cotos, al no saber o poder prever lo que se les venía encima. Al día siguiente muchas de ellas tuvieron que vivir la pequeña pero inolvidable odisea de descender caminando hasta Cercedilla o Rascafría, cuando en los puertos la nieve ya alcanzaba el metro y medio de altura. A lo largo de la semana siguiente, salvo los días 25 y 26 en los que llegó a lucir el sol, otros frentes atlánticos siguieron descargando nevada tras nevada sobre las cumbres y las laderas más elevadas de la sierra, pero esta vez acompañadas de viento y temperaturas mucho más bajas, sobre todo el día 27, en el que se registraron cerca de 80 mm de precipitación en el puerto de Navacerrada, alcanzando ya la nieve un espesor de más de dos metros, y hasta tres o cuatro en lugares más altos y expuestos a las ventiscas. No en vano la estación meteorológica del puerto registró aquel mes de enero de 1996 unas precipitaciones que llegaron a alcanzar más de 500 mm en forma de nieve, el máximo acumulado desde que hay mediciones.
          Los episodios que se vivieron en aquella semana y en las posteriores para despejar las carreteras de acceso a los puertos casi se pueden calificar de dramáticos. Las cosas se complicaron todavía más al tener que cavar en la nieve con palas y azadones para localizar y sacar de allí los numerosos automóviles que quedaron atrapados y ocultos en los arcenes de las carreteras y en los aparcamientos de los puertos. Muchos de ellos permanecieron allí hasta el deshielo, con los amortiguadores reventados por el enorme peso de la nieve una vez apelmazada por las condiciones de humedad. También hubo que palear a brazo para descubrir y trocear con motosierras los centenares de pinos de gran tamaño caídos y cruzados sobre las carreteras de los puertos de Navacerrada y los Cotos, que formaban un obstáculo infranqueable para las máquinas quitanieves. Hay publicada en la red una magnífica crónica de RecMountain que describe todo aquel caos.

El aparcamiento del puerto de los Cotos a fines de enero de 1996. Archivo de la Venta Marcelino

          En lo ambiental, las consecuencias que tuvieron aquellas nevadas sobre las masas forestales de pino silvestre de la Sierra de Guadarrama también fueron dramáticas. Las bajas temperaturas registradas los días 25 y 26 de enero, en los que despejó el tiempo, congeló la enorme cantidad de nieve acumulada sobre las copas de los pinos. A la vez que las temperaturas descendían en picado comenzó a soplar el Boreas de los griegos, como a mí me gusta llamarlo, ese mismo viento del norte que en nuestra mal abrigada juventud en la Sierra de Guadarrama nos helaba hasta los tuétanos. Se produjo entonces el fenómeno que los viejos forestales y madereros de la zona conocían como «derrotas», que no es otro que la caída de extensas masas de pinar cuando el viento encuentra las copas cargadas de nieve helada o el suelo reblandecido después de fuertes y continuadas lluvias. Vencidos por el peso, decenas de miles de pinos, en muchos casos los más altos y gruesos, se troncharon por la mitad como simples mondadientes o cayeron arrancados de cuajo en las altas laderas de los pinares históricos de Valsaín, El Espinar, Cercedilla, El Paular y Navafría, y en otros de repoblación antigua. Los efectos de ese verdadero tsunami forestal fueron devastadores y hasta hace no mucho tiempo todavía se podían apreciar en las zonas más elevadas y abruptas de los pinares, allí donde no fue posible retirar los restos de los pinos caídos ni siquiera con las recuas de mulas que se utilizaron durante los años siguientes para sacar cientos de toneladas de madera muerta. Acerca de todo ello, remito al lector a este estudio publicado por el ingeniero de Montes Gregorio Montero, y a una entrada a este mismo Cuaderno de Bitácora que dediqué a uno de aquellos enormes pinos que sucumbieron bajo el temporal, y que denominé para la ocasión como «el coloso del Pinar de los Belgas»
          Admirado con lo que estaba ocurriendo, como todos los amantes de la sierra y de la nieve, no pude escaparme del trabajo en un día laborable hasta principios de la segunda semana de febrero de 1996, cuando se consiguió abrir el puerto de la Morcuera al paso de vehículos. Para documentarlo, allí estuvimos como primeros y únicos testigos ‒aparte de los operarios de carreteras que estaban trabajando‒ mis dos hermanos Javier y Manuel, mi primo Raimundo de Miguel y quien esto escribe. La carretera estaba cortada al tráfico a la altura de La Cristalera, por lo que tuvimos que subir caminando y coronamos el puerto a paso lento, tras las máquinas quitanieves y una retroexcavadora que se tuvo que utilizar de refuerzo para abrir una auténtica trinchera a través del potente ventisquero formado a sotavento en su vertiente oriental, el mismo que se formaba todos los años en tiempos más fríos hasta la década de los setenta. Las máquinas consiguieron llegar hasta lo alto del puerto al comenzar la tarde, y allí se detuvieron para continuar el trabajo al día siguiente. Ya abriendo huella con nuestros pasos por el virginal y espeso manto de nieve llegamos hasta la Fuente Cossío, sin ninguna otra pisada humana visible hasta donde alcanzaba la vista. Pena nos daba hollar aquel paisaje virginal e irrepetible de nuestra amada fuente y el entonces todavía joven pinar de repoblación situado a sus espaldas casi sepultados bajo dos metros de nieve, ante el inabarcable e inmaculado escenario de toda la sierra relumbrando al sol declinante de aquella tarde invernal, que salía y se ocultaba entre jirones de nubes que llegaban a cubrir las cimas de Peñalara y Cabezas de Hierro. Allí tomé algunas de las fotografías que acompañan a esta entrada, entre ellas la que desde hace trece años encabeza este Cuaderno de Bitácora.

El autor ante una retroexcavadora en el ventisquero del Puerto
de la Morcuera. Segunda semana de febrero de 1996
Quitanieves trabajando detrás de la retroexcavadora. Segunda semana de febrero de 1996
La carretera quedó despejada hasta lo alto del puerto. Allí se detuvieron las
máquinas para continuar los trabajos el día siguiente. Segunda semana de febrero de 1996
La Fuente Cossío semienterrada bajo dos metros de nieve. Segunda semana de febrero de 1996
El autor con Raimundo de Miguel y Javier Vías en la Fuente Cossío. Segunda semana
de febrero de 1996 (fotografía de Manuel Vías)

          En la tercera semana de febrero, casi un mes transcurrido desde la nevada, volví a la Morcuera con Pepe Nicolás, mi amigo de andanzas de infancia y juventud por la Sierra de Guadarrama, pero esta vez para ascender al collado de la Najarra, o de los Palacios, en la divisoria con el Hueco de San Blas el Viejo, y llegar desde allí hasta la Loma de los Bailanderos. Aquel día, ya despejado y espléndido, nos permitió admirar un paisaje que nunca habíamos visto ni posiblemente volvamos a ver en lo que nos queda de vida: las cimas de la Cuerda Larga, Peñalara, los Montes Carpetanos, hasta la Somosierra y la Sierra de Ayllón con su relieve completamente transfigurado por la nieve. La sierra toda parecía una gigantesca duna blanca de formas suaves y de superficies lisas y deslumbrantes pulidas por las ventiscas. Roquedos, canchales, vaguadas, cabeceras de arroyos, los pinares retorcidos y raquíticos cercanos a las cumbres, incluso algunos de los pequeños hoyos glaciares que salpican aquí y allá las altas vertientes..., todo había desaparecido o se había desdibujado bajo un inmenso, continuo y uniforme manto de nieve, como no recordaban ni los más viejos de los pueblos. Para hacerse una idea del espesor que alcanzó en algunos lugares, la profunda vaguada del ventisquero del Algodón, en la vertiente norte de la Cuerda Larga, aparecía casi colmatada por la nieve, que para llenarla a nivel de las lomas circundantes debió alcanzar allí, a ojo de buen cubero, más de 15 metros de espesor.

Vertiente septentrional de la Cuerda Larga y al fondo el macizo de Peñalara.
Tercera semana de febrero de 1996

          Acabo de decir que difícilmente volveremos a ver una nevada semejante en la Sierra de Guadarrama, al menos los más viejos de los que pudimos contemplarla entonces. Pero estos temporales extraordinarios acaban por volver a repetirse, aunque según las estadísticas tienen unos plazos de recurrencia muy largos. Y el cambio climático los hará todavía más extremos y violentos, en lo que están de acuerdo la gran mayoría de los científicos que los estudian. El gran nevazo de enero de 1996 es el hito por excelencia de la nivología madrileña, junto a «Filomena», la gran nevada que sepultó Madrid en enero de 2021 y a la que quizá habría que nombrar mejor como «La Filomena» por la descripción poética de la nieve que hizo Lope de Vega en su obra de este mismo nombre publicada en 1621(1), exactamente cuatro siglos antes. También es un hito en los anales de la protección civil en nuestra región, por los esfuerzos que hubo que hacer para auxiliar a los centenares de personas que quedaron atrapadas en los puertos durante aquellos días. Hoy podrían haber sido miles, vistas las aglomeraciones de gente que sube despreocupadamente a los puertos en pleno invierno calzada con simples zapatillas deportivas, viajando en el autobús de línea regular o en vehículos VTC sin tener asegurado el viaje de vuelta. No quiero ni imaginar el operativo que se tendría que desplegar para rescatarlas si se repitiera algo parecido. De los escarmentados nacen los avisados, dice el refrán, pero la hostelería y la estación de esquí viven de la gente y de la nieve, y de las dos cuanta más mejor. 
          Pero no nos dejemos engañar por el espejismo de estas grandes nevadas ocasionales que despiertan indistintamente el entusiasmo de hosteleros, empresarios del esquí, montañeros, esquiadores nostálgicos, snowboarders, domingueros de todo pelaje, caminantes con raquetas de nieve o simples contempladores de la montaña. La nieve nos une a todos allá arriba en entusiasmo unánime, pero nos separa en el llano a través de las redes sociales, y no digamos en el parlamento madrileño. Es un hecho demostrado por la ciencia que cada vez nieva menos en la Sierra de Guadarrama, como en todas las montañas centroeuropeas y mediterráneas, pese a lo cual, o quizá por ello, un grupo de alcaldes, empresarios de la nieve, deportistas «de élite» y nostálgicos del esquí alpino llamémosles así‒ presentaron hace no mucho en el Museo del Esquí de Cercedilla lo que llamaron «Navacerrada 365» un proyecto que contempla la construcción en el Puerto de Navacerrada de un verdadero parque temático concebido alrededor de la nieve, al mejor estilo de China o Dubai según han llegado a decir, con una gran nave cubierta y refrigerada de 30.000 metros cuadrados de superficie donde se podrá esquiar en pleno verano, pistas de plástico para practicar el dry ski slope al aire libre y otros delirios. Todo ello en un islote desprotegido situado en el mismísimo centro del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama. Frente a ello, los conservacionistas reclamamos el desmantelamiento de la estación de esquí, cuya concesión caducó hace años, para recuperar el entorno al igual que se hizo con la estación de Valcotos. 
          Quitando hierro al asunto y poniendo algo más de ironía y sentido del humor, para finalizar estas líneas vuelvo a insistir sobre lo que dije al principio: ya que en su día no fue llamada «Atilano» o cosa peor, acéptese la denominación castiza que da título a esta entrada para nuestra gran nevada, que pudo ser un desastre y no lo fue tanto, al contrario que otros fenómenos meteorológicos recientes que sí lo han sido de forma trágica. «El nevazo del 96» es un nombre sonoro y con cierta carga épica, algo así como el desastre del 98, en el que más se perdió en Cuba, a decir del antiguo dicho popular que ya no utiliza nadie.

La Plaza de Oriente de Madrid, en la mañana del 9 de enero de 2021
Apocalipsis en la calle Juan de Austria (barrio de Chamberí), en la tarde del 9 de enero de 2021

          Y aquí lo dejo, porque como colofón de un mes de enero en el que casi no ha parado de nevar en toda la Sierra de Guadarrama, hoy día 29, cuando se cumplen exactamente 30 años del final de aquel nevazo, la Agencia Estatal de Meteorología ha activado la alerta amarilla en la Comunidad de Madrid y en Castilla y León por el riesgo de nevadas que serán especialmente intensas en nuestras queridas montañas. Llega a bombo y platillo nada menos que la borrasca «Kristin», que suena así como a nombre sueco y promete mucho. Quién sabe si viviremos para verlo otra vez...
__________________            
(1) La nieve que los lazos descubrían / De más estimación que los diamantes, / En quien los más helados se encendían / Por precios de cuidados daba instantes... La Filomena. Con otras diversas Rimas, Prosas y Versos. Canto Tercero. Félix Lope de Vega Carpio, 1621.



viernes, 10 de octubre de 2025

LA FUENTE DE LA CANALEJA

Capítulo escrito por el autor para el libro "La Marcha de las X horas. 1925-2025", 
de Carlos Muñoz-Repiso, que fue presentado en la sede de la Sociedad Deportiva de Alpinismo Peñalara el pasado 2 de octubre

Dentro del mundo del guadarramismo casi todos identifican o al menos habrán oído hablar de la Fuente de la Canaleja, una de las fuentes más hermosas y populares de la Sierra de Guadarrama, pero pocos conocen sus humildes y confusos aunque interesantes orígenes. Convertida ya de por sí en un icono visual dentro del patrimonio hidráulico de la Sierra de Guadarrama, al igual que la Fuente Cossío y la Fuente de los Geólogos, su simbolismo y sus valores culturales quedan acreditados todavía más al estar situada en el entorno de La Granja de San Ildefonso y los Montes de Valsaín, una zona que guarda un conjunto de fuentes históricas y manantiales verdaderamente único, como resultado de la abundancia de agua y de la condición de Real Sitio que ostentan los parajes que la rodean, en los que los reyes han entretenido su ocio desde hace al menos cinco siglos.

La Fuente de la Canaleja es un icono visual y un elemento imprescindible del
patrimonio hidráulico de la Sierra de Guadarrama (fotografía de Carlos Muñoz-Repiso)

          Podemos contar por centenares las fuentes históricas de todo tipo que enriquecen estos maravillosos parajes. Son cerca de una treintena las monumentales y universalmente conocidas que adornan los jardines del palacio de La Granja, todas ellas encargadas por Felipe V a los escultores franceses René Frémin, Jean Thierry, Hubert Demandre, Pierre Pitué y Jacques Bousseau, e inspiradas en la mitología clásica. A ellas hay que sumar las innumerables, anónimas y sencillas fuentes más o menos artísticas o simplemente rústicas y naturales de distintas épocas, alimentadas por manantiales o caceras y situadas tanto en los jardines, como en el casco urbano o en los alrededores de de La Granja. También las de los Montes de Valsaín, en especial las que jalonan la carretera que sube al puerto de Navacerrada desde el Real Sitio de San Ildefonso.
          Una de estas últimas es la erróneamente llamada «Fuente de la Canaleja», situada junto al Puente de la Cantina que cruza el arroyo del puerto del Paular poco antes de remontar la primera de las Siete Revueltas de la carretera del Puerto de Navacerrada, y cuya denominación auténtica es «Fuente del Peñón», ya que la verdadera Fuente de la Canaleja está situada a unos cientos de metros por encima siguiendo la vereda del mismo nombre que entronca con el viejo camino del puerto del Paular, en el tramo que comunica el puente con la pradera de Vaquerizas. Además del nombre, también le ha robado parte del agua, que mana de una grieta entre las rocas y se recoge en una arqueta para ser conducida hasta su segundo emplazamiento a través de una tubería.
          La Fuente del Peñón, como así debería ser llamada por ser este su verdadero nombre, según sostiene Ignacio Maderuelo en su libro Fuentes de los Montes de Valsaín y su entorno, es de factura muy sencilla, aunque dentro de la sencillez general de las fuentes que jalonan la carretera del puerto de Navacerrada en su ascenso desde el Real Sitio de San Ildefonso es una de las más artísticas y elaboradas, después de la Fuente de los dos Caños situada entre la Boca del Asno y la zona recreativa de Los Asientos. La Fuente del Peñón o de la Canaleja, la llamemos como la llamemos, muestra una encantadora combinación de delicadeza y rusticidad en sus formas, se diría que buscando la armonía con el variopinto paisaje humano que en ella confluía en las jornadas de viaje atravesando el puerto: por un lado la realeza y su séquito de nobles, ministros y veraneantes de alto copete, y por otro el pueblo llano encarnado por arrieros, carreteros, pastores y otros personajes asociados al mundo caminero, el que de verdad arrostraba el desafío cotidiano de cruzar la sierra en invierno y en verano amparándose en refranes tan sonoros, resignados y llenos de fuerza como Ajo crudo y vino puro pasan el puerto seguro. Por ello la fuente es, en realidad, un simple abrevadero para las caballerías y la yuntas de bueyes utilizadas como tiro de los numerosos carruajes que transitaban por esta carretera, pero rematado por una delicada estela trilobulada labrada en granito, 
como si fuera el ático de un retablo barroco, desde la cual se vierte el agua a través de dos tazas de factura más rústica también labradas en piedra berroqueña.
          Al contemplar esta hermosa fuente surgen inevitablemente las preguntas sobre su origen y quién la diseñó. No es fácil encontrar las respuestas, pues apenas existen datos ni referencias sobre ello y sólo cabe aventurar hipótesis; su situación en una explanada junto al
puente de la Cantina, construido en el siglo XVIII por el arquitecto Juan de Villanueva para cruzar el arroyo del puerto del Paular
(1) como parte de la infraestructura de la carretera de Villalba a La Granja (hoy M-601 o CL-601 según la vertiente de la sierra por la que transcurre), podría hacer pensar en la misma autoría, aunque ello es, como veremos, demasiado suponer. 
          Sería muy atractiva y sugerente esa hipótesis de que la Fuente del Peñón pudiera ser obra de Villanueva, pero queda completamente descartada, porque tal como la vemos hoy la fuente parece ser el resultado de una serie de añadidos improvisados muy posteriores a la construcción del puente y la carretera, obras que se iniciaron en 1778, durante el reinado de Carlos III, para sustituir el milenario camino de la Fuenfría como vía de acceso a Segovia desde la vertiente meridional de la sierra. Incluso si se pudiera dar por cierto que la fuente se construyó al principio de las obras en otro emplazamiento, como parte de las infraestructuras de la carretera, sería imposible atribuirla al gran arquitecto neoclásico tan sobrio y elegante en su estilo y sus formas, que por supuesto no se ocuparía directamente de estos elementos arquitectónicos menores como son las fuentes y abrevaderos, y que además estaba en aquellos años sobrecargado de trabajo, no sólo por las obras que realizaba como arquitecto de los Reales Sitios, sino también por los innumerables proyectos que estaba ejecutando en la Corte, como el gran edificio destinado a Real Gabinete de Historia Natural, hoy Museo del Prado. Ni siquiera sería aceptable la otra hipótesis de que fuera diseñada por alguno de sus colaboradores más cercanos, como fueron por ejemplo Juan de la Milla y Pedro Fraga, que trabajaron en el gabinete de Villanueva durante muchos años como delineantes.
          No hay referencia alguna a esta fuente en la Descripción de los Reales Sitios de San Ildefonso, Valsaín y Riofrío, publicada por José Fagoaga en 1845. Tampoco se menciona en la relación de fuentes naturales del Pinar y las Matas incluida en la Guía y Descripción del Real Sitio de San Ildefonso, publicada en 1884 por los ingenieros de Montes Rafael Breñosa y Joaquín María de Castellarnau. Por todo ello, lo más probable es que la Fuente del Peñón sustituyera a comienzos del siglo XX a la primitiva de la Canaleja, de la que, como ya hemos visto, tomó su vieja denominación además del agua ‒una verdadera suplantación de identidad‒, conduciéndose parte de su caudal a través de una tubería hasta su emplazamiento actual junto al puente de la Cantina, y dotándola entonces del gran pilón de granito para servir de abrevadero a los tiros de los carruajes y las caballerías de los muchos viajeros que se detenían en la inmediata Venta de los Mosquitos. Así lo confirma el hecho de que no figure en la relación de fuentes del pinar en la mencionada guía de Breñosa y Castellarnau publicada en 1884, y que en el Plano geométrico del término municipal de San Ildefonso de 1905 aparezca todavía con su nombre y su primitiva ubicación. La estela y las dos rústicas copas de granito que la coronan como ornamento serían también añadidas entonces, aprovechando quizá los restos de otras fuentes preexistentes, hipótesis que avalan las diferentes facturas de las piezas y la distinta técnica con que fueron labradas. Estos añadidos improvisados y sin demasiadas pretensiones artísticas sorprendentemente dieron magia y verdadero encanto al conjunto de la fuente, al lograr su perfecta integración en el paisaje visual y sonoro circundante, aunque hoy el sonido del agua que cae al pilón desde las dos copas de piedra esté apagado a menudo por la contaminación acústica de una carretera cada vez más saturada por el tráfico.

La Venta de los Mosquitos (tarjeta postal editada por Hauser y Menet a comienzos del siglo XX)
La Fuente de la Canaleja aparece en su primitiva ubicación en el Plano geométrico
del término municipal de La Granja, de 1905. También aparece el pilón que servía
como abrevadero, marcado como un rectángulo junto al Puente de la Cantina

          Este hermoso paraje, lugar de parada para todo tipo de viajeros a lo largo del tiempo, se ha ido cargando así de valores culturales hoy muy arraigados en el acervo sentimental del guadarramismo, y no sólo por la fuente, sino también, con más motivos, por el puente de
Villanueva, cuyas grandes proporciones y magnífica factura sólo pueden ser apreciadas desde su base en el cauce del río. Diremos además, como detalle curioso, que el gran puente conserva los huecos dejados por el arquitecto en la bóveda del arco para colocar cargas de pólvora y poder ser volado ante la hipotética amenaza del paso de un ejército enemigo. Una voladura que se planteó de forma real durante la invasión napoleónica, y más tarde, ya en la ficción, tras la guerra civil española, en la novela de Ernest Hemingway Por quién doblan las campanas. El gran novelista y Premio Nobel norteamericano pudo visitar y conocer tardíamente este paraje donde situó el relato principal de su novela en una excursión realizada a La Granja en junio de 1953, pues durante su estancia en el frente del Guadarrama en abril de 1937, siendo corresponsal de guerra, no pudo ver el puente ni la fuente, al estar situados tras las líneas del ejército rebelde, que cerraba el paso de aquel con un infranqueable nido de ametralladoras. A uno se le antoja pensar que en aquella visita posterior a la aparición de su novela ‒un auténtico best seller mundial publicado en 1940‒ quizá se le ocurriera refrescar en la Fuente del Peñón la botella de vino con la que brindó bebiendo a morro bajo el puente, sin ningún protocolo, con su amigo y chófer Adamo Simon, según nos muestra una curiosa y poco conocida fotografía perteneciente a una serie de varias muy similares tomadas en aquella ocasión.

Ernest Hemingway bajo el Puente de la Cantina en 1953
(Archivo de la John Fitzgerald Kennedy Presidential
Library and Museum. Boston)

          En su obra Fuentes de los montes de Valsaín y su entorno, ya mencionada, Ignacio Maderuelo cifró el caudal de la Fuente del Peñón, medido en pleno estiaje de finales de agosto de 2009, en 1 litro cada 4,5 segundos, y la temperatura del agua en 12°C. Lo suficientemente fresca y cristalina como para hacer detenerse allí a cientos de personas, que tienen que hacer cola para recogerla accediendo por unos escalones al chorro que cae rumoroso desde las copas de piedra. Hoy, perdida su función de abrevadero, la fuente del Peñón, o si se prefiere de la Canaleja, está defendida por grandes mojones de granito del acoso de los miles de motocicletas y automóviles que allí se detienen a lo largo del año. Esperemos que algún día, gracias a un largamente esperado Plan de movilidad para el Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama que ponga coto al uso desbocado del vehículo privado para atravesar los puertos con fines turísticos, se pueda recuperar lo mucho que pierde el paisaje sonoro creado por el rumor de la fuente en este lugar. Los sonidos del agua, desde el fragor de las cascadas, el eco lejano del fluir de los arroyos traído por el viento, hasta el murmullo cristalino de las fuentes, son sólo una pequeña parte del patrimonio sensorial de este entorno, un patrimonio propio de la que nuestro gran amigo el naturalista y sonidista Carlos de Hita denomina «la Sierra Manantial», y que él, habitante y caminante antiguo de estos parajes, ha catalogado, nos ha mostrado y nos ha enseñado a amar como nadie.
          Casi todos los visitantes que entran al corazón mismo del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama desde cualquiera de sus dos vertientes por esta su principal y quizá más espectacular vía de acceso ven esta fuente fugazmente, sin detenerse. Y del puente apenas pueden vislumbrar los robustos pretiles de piedra, rematados hace poco por una fea barandilla metálica en aras de la seguridad pública. Para conocer bien el paraje y no saturarlo todavía más hay que hacerlo caminando, como tantas veces han hecho los participantes en la Marcha de las X Horas. Y si se viaja en vehículo a motor, por ese mismo motivo, no seré yo quien diga que merece mucho la pena tomarse el tiempo alguna vez y pararse a contemplar detenidamente, si se puede, uno de los rincones cargados de historia más transitados pero a la vez menos conocidos de la Sierra de Guadarrama.

_______________

1. Aunque sobre el puente hay un cartel indicador que informa que se está cruzando el río Eresma, el arroyo del Puerto del Paular no se convierte en el río Eresma hasta unos cientos de metros aguas abajo, tras confluir con el arroyo del Telégrafo.