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viernes, 15 de julio de 2016

LAS CARRERAS DE MONTAÑA EN LA SIERRA DE GUADARRAMA

Uno de los más notables fenómenos sociales de los últimos años en el mundo de deporte ha sido la eclosión del running, una variante modernizada y adaptada al mercado actual de lo que no hace tantos años se denominaba footing, o lo que en román paladino se llama simplemente «correr». En muy poco tiempo ha sido abrumadora la proliferación de las clásicas carreras populares que transcurren por las principales avenidas de las más importantes ciudades del mundo, ya sean maratones, medias maratones o millas urbanas, llegándose a concentrar en algunas de ellas cantidades desorbitadas de corredores. También se ha puesto de moda correr en muchedumbre por las laderas del Mont Blanc donde se congregan unos siete mil corredores y más de treinta mil espectadores en el Ultra Trail que se celebra allí todos los años, a través del desierto del Sahara, en las selvas de Costa Rica, por la tundra de Alaska, sobre la Gran Muralla china, o incluso echando los bofes cuesta arriba por las escaleras de algunos grandes rascacielos, como el Empire State Building. Y es que cuanto más renombrados, mediáticos, remotos, sorprendentes e inaccesibles sean los escenarios de las carreras más demanda hay para correr en ellas y más beneficios reportan a los organizadores con la venta de dorsales. Por decirlo de otra forma, y ya que hablamos de correr, las empresas relacionadas con el running sí que corren que se las pelan en pos de este apetitoso pastel, y la que no corre vuela en la creación de nuevos y cada vez más sofisticados productos que permitan ampliar su cuota de mercado. Un buen ejemplo de ello es la última moda que han implantado los técnicos en marketing de este deporte: nada menos que correr hacia atrás, lo que en inglés se denomina reverse running. Al imaginar a los corredores de esta modalidad deportiva en pleno esfuerzo, con el cuello girado hacia la espalda y el rostro congestionado por la falta de aire, surge inevitable la pregunta sobre cuál será la próxima genialidad que se sacarán de la manga los que manejan la mercadotecnia del running en su empeño de ganar adeptos para este deporte convertido casi en religión.
          La organización de estas carreras populares suele correr por cuenta de empresas privadas, sociedades y federaciones deportivas, ayuntamientos, franquicias e incluso organizaciones no gubernamentales de carácter solidario, y están patrocinadas casi siempre por conocidas marcas comerciales. A su alrededor se mueve todo un entramado de empresas, unas dedicadas a la fabricación y venta de ropa, calzado y alimentación especializada para runners, y otras a la organización de las competiciones y los viajes asociados a ellas, al entrenamiento físico, al marketing... El negocio mueve en España muchos cientos de millones de euros anuales, cifra que se va incrementando anualmente a medida que crece el número de aficionados.

Elegir los escenarios más renombrados y simbólicos es una de las claves para el éxito en el negocio del running. En la foto, dos corredores en el Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama con el fondo del macizo de Peñalara 

viernes, 27 de noviembre de 2015

IN MEMORIAM: ENRIQUE DE LA VEGA Y LAS INDUMENTARIAS DEPORTIVAS EN LA SIERRA DE GUADARRAMA HACE CIEN AÑOS

Este año 2015 que toca a su fin ha sido pródigo en efemérides relacionadas con la sierra de Guadarrama y con el recientemente declarado parque nacional que lleva su nombre. La más importante ha sido el centenario de la muerte de Francisco Giner de los Ríos (1839-1915), fundador de la Institución Libre de Enseñanza y uno de los más destacados precursores del movimiento guadarramista, acontecimiento que ha merecido la atención de los medios de comunicación y ha sido conmemorado con cursos, exposiciones, ciclos de conferencias e incluso en la tradicional marcha anual del Aurrulaque. Pero como contrapunto a estas celebraciones, hay otra figura del guadarramismo de la primera época que ha sido olvidada al cumplirse, también en este año, el centenario de su fallecimiento, por lo que no quiero dejar que acabe sin dedicarle unas líneas en su recuerdo. Me refiero a Enrique de la Vega, uno de los personajes menos conocidos y al mismo tiempo más atrayentes de la pequeña historia reciente de nuestra sierra, un joven poeta y dramaturgo que jugó un importante aunque fugaz papel en el proceso histórico del llamado descubrimiento del Guadarrama, allá por los primeros años del siglo XX.
          Nunca he podido averiguar la fecha de nacimiento del protagonista de estas líneas, pese a mi insistente búsqueda durante mucho tiempo, aunque sabemos que sobrepasaba de largo la treintena cuando murió. Hijo del conocido autor dramático Ricardo de la Vega y nieto del también escritor Ventura de la Vega ‒el primero recordado en el monumento a los saineteros madrileños de la calle de Luchana, y el segundo con la calle que lleva su nombre, Enrique de la Vega quiso seguir la brillante tradición literaria familiar estrenando algunas comedias y publicando otras obras hoy casi olvidadas, como su libro de versos en dos tomos titulado Madroños (1913), en el que recopiló su producción poética. Sin duda fue su temprana muerte la que le impidió pasar a la posteridad como miembro de una relevante generación de escritores y poetas coetáneos, en la que destacaron figuras como Jacinto Benavente, Rubén Darío, Enrique Díez Canedo, Juan Ramón Jiménez, Enrique de Mesa, Emilio Carrere y otros. Desde luego, virtudes literarias no le faltaban para haberlo conseguido de haber llegado hasta la madurez de su vidaDe su padre, uno de los más célebres autores de libretos de zarzuelas, como La verbena de la Paloma y El año pasado por agua, heredó su ingenio chispeante y su sentido del humor, aspecto en el que quiero centrar estas líneas como sencillo recuerdo en el centenario de su muerte, una muerte trágica e injusta en plena juventud si es que la muerte alguna vez pudiera ser justa‒ causada por la plaga mortal de la época: la tuberculosis.  
          
Enrique de la Vega poco antes de su muerte en una de las escasas fotografías
que 
de él se conservan. Las huellas de la enfermedad son evidentes en
su rostro demacrado 
(RSEA Peñalara)

Enrique de la Vega y el monasterio de El Paular
Pero si Enrique de la Vega es hoy apenas recordado por algo no es por su actividad literaria, sino por haber formado parte del recientemente denominado por algunos estudiosos «grupo de los cinco», constituido en compañía de cuatro amigos: Enrique de Mesa, Constancio Bernaldo de Quirós, Enrique García Herreros y Luis de Gorostizaga. Asiduos todos del Ateneo y aficionados al excursionismo, en septiembre de 1902 hicieron algo que hoy a nadie se le ocurriría ni siquiera intentar por innecesario: llegar caminando hasta el valle de Lozoya desde Madrid, una excursión que significaría un hito trascendente para el grupo por su descubrimiento del monasterio de El Paular. Años más tarde, en 1913, junto a otros siete jóvenes también aficionados a la sierra, constituirían el núcleo fundacional de la asociación que denominaron como «los doce amigos de Peñalara», que muy pronto, tras alcanzar el éxito social y asociativo, sería rebautizada como Real Sociedad de Alpinismo Peñalara, la entidad pionera en los orígenes y el desarrollo del montañismo español. 
          Este grupo de jóvenes ateneístas, junto con otras pequeñas agrupaciones excursionistas de la época que también transitaban por los alrededores de El Paular, como fueron el denominado «grupo de los alemanes» dirigido por el relojero Carlos Coppel, los profesores y alumnos de la Institución Libre de Enseñanza que recorrían la sierra guiados por Manuel Bartolómé Cossío, y los integrantes de la Sociedad Militar de Excursiones, fundada en 1900 por el comandante José Ibáñez Marín, marcaron los inicios del guadarramismo tal y como hoy entendemos este movimiento.

El monasterio de El Paular con su torre mocha, hacia 1910 (RSEA Peñalara)
Ambiente de veraneo en El Paular a comienzos del siglo XX: mujeres recogiendo
agua y niños jugando en las antiguas dependencias del monasterio
(Archivo de Juan Miguel Sánchez Vigil)
Los idílicos alrededores de la cartuja de El Paular, como el llamado Prado
Grande, atrajeron a este lugar a no pocos poetas, entre ellos a Melchor
Gaspar de Jovellanos, Enrique de Mesa y Enrique de la Vega

          El descubrimiento del monasterio de El Paular cambió completamente la vida de Enrique de la Vega. Como tantos otros jóvenes de la generación de nuestros abuelos, era uno de los últimos depositarios de aquella apasionada mentalidad romántica que había llenado de ruinas y leyendas medievales todo el panorama cultural europeo desde la primera mitad del siglo XIX. Impresionado por la belleza del lugar, decidió alquilar una de las abandonadas celdas de los monjes cartujos que aún quedaban en propiedad de la familia Sánchez Corona, que había adquirido el monasterio tras la desamortización de Mendizábal. Allí compartió las humildes y destartaladas dependencias monacales con otros ilustres enamorados de El Paular que solían pasar el verano con sus familias en este apartado lugar, todos ellos vinculados de una u otra forma con la Institución Libre de Enseñanza, como fueron Ramón Menéndez Pidal y su mujer María Goyri, Rafael Troyano y Concha de los Ríos, y el ya mencionado José Ibáñez Marín y Carmen Gallardo. Entre ellos no podía faltar su querido amigo, compañero de excursiones y también poeta Enrique de Mesa (1878-1929), quien a la sazón había buscado también romántico refugio en las ruinas de la cartuja tras un intento de suicidio al que le empujó el rechazo de La Fornarina, una célebre cupletista madrileña de la que se había enamorado perdidamente.

Los «Murmullos de la sierra»
A partir de entonces, Vega o «Veguita», como así era llamado cariñosamente por sus amigos, no quiso ni oír hablar de otro lugar de la sierra que no fuera El Paular y pronto perdió el interés por las excursiones de carácter deportivo que solía hacer con ellos por otras zonas del Guadarrama. Como buen poeta y apasionado amante de todo lo rural y pastoril, prefería el trato con las sencillas gentes de la sierra y se sentía más a gusto en las fiestas y romerías de las aldeas del valle de Lozoya, vestido con sencillez, armado de una garrota y con una bota de vino colgada del hombro. Algunos miembros de las sociedades alpinas madrileñas, en especial del exclusivo y aristocrático Club Alpino Español, debieron escandalizarse: ¡una bota de vino! ese utensilio ordinario y soez impropio de deportistas, que incluso su íntimo y en todo afín amigo Constancio Bernaldo de Quirós denostaría años después en su libro La Pedriza del Real de Manzanares (1921), al referirse a la «vulgaridad repulsiva» del topónimo «Risco de la Bota». Hoy un puritanismo parecido nos invade a causa de una hipertrofia absurda de la corrección política. 
          Disfrutador de la montaña en el sentido más amplio, libre e independiente, Enrique de la Vega ignoró las críticas, se apartó de las multitudes y proclamó su poca simpatía hacia las modas foráneas que se imponían entre los «alpinistas» y los skieurs madrileños, llegando a decir abiertamente que no le gustaban los deportes de montaña. Siendo como era uno de los miembros fundadores de la Real Sociedad de Alpinismo Peñalara, sus palabras no debieron causar mucho agrado entre algunos deportistas poco transigentes, miembros de esta sociedad y del también recién fundado Club Alpino Español.
          La masa nunca perdona a los desafectos con las normas sociales establecidas por los grupos influyentes, y en los círculos deportivos un tanto elitistas y esnobs del Madrid pequeño y provinciano de principios del siglo XX se acusó a Enrique de la Vega de ser un «droguero», término despectivo que hoy equivaldría a «dominguero». Lucas Fernández Navarro, un conocido geólogo y guadarramista de aquella época, en una monografía que publicó en 1915 sobre el Valle de Lozoya nos dejó una curiosa definición del droguero de comienzos del siglo XX, descripción que anticipa en medio siglo al dominguero ya motorizado de la década de los sesenta: «llamánse "drogueros", entre los habituales concurrentes a la sierra, a los excursionistas comodones o poco sensibles al paisaje, que complican sus siempre breves correrías con fuerte rocín que les soporte, quitasol que les proteja y pantagruélica provisión que les conforte».

Variopinto grupo de "drogueros" a comienzos del siglo XX en la Silla de Felipe II,
cerca de El Escorial (Archivo Municipal de San Lorenzo de El Escorial)
    
          No se podía haber buscado remoquete más despectivo para un poeta tan sensible y enamorado de la Naturaleza como era Enrique de la Vega. Tras llegar a sus oídos las murmuraciones que corrían por Madrid, en las que se le calificaba con mofa como «presidente de los drogueros del Guadarrama», se defendió sin la menor muestra de rencor y como mejor sabía: utilizando su pluma genial, su bondad innata y un agudo e inteligente sentido del humor. En 1913, en el segundo tomo de su libro de versos Madroños, publicó los Murmullos de la sierra, un largo y jocoso poema que dedicó a sus acusadores, dándoles con sutil ironía una lección de libertad de espíritu frente al gregarismo y el estrafalario atuendo de los deportistas de la época, entre los que citaba a destacados e ilustres miembros del Club Alpino Español y de la Sociedad Peñalara, algunos de ellos buenos amigos suyos, como Joaquín Aguilera, José Fernández Zabala, Ignacio Corujo, Alberto Vivanco, José María Rotaeche, Fungairiño, Feduchi, Torreinsunza, Pombo, Prast... Valga como muestra esta graciosa estrofa, que como la totalidad del poema no tiene desperdicio:
                                           
                                            ...Yo no repruebo que Fungairiño
                                            vista en los montes traje de niño;
                                            ni que Feduchi ni Rotaeche
                                            lleven pastillas café con leche...

          Como sensible y apasionado poeta y esteta de la sierra, y frente a la exótica indumentaria puesta de moda entre los mismos que le hacían objeto de sus chanzas, Enrique de la Vega, defendía su traje de «humilde pana», su bufanda y su bota de vino con un argumento de mucho peso:                

                                             ...y como dice Galdós, soy parte,
                                             soy complemento del campo así;
                                             no un añadido o aditamento
                                             discorde, feo y extraño allí...

          Poco han cambiado las cosas tras cien años de modas en la montaña, y hoy los «trajes de niño» a los que se refería Enrique de la Vega, con todos sus complementos indumentarios, como aquellas vendas de tela que se enrollaban en las pantorrillas los primeros deportistas que frecuentaban la sierra de Guadarrama, o el jersey, esa entonces extraña prenda venida desde Inglaterra con la moda de los sports, tienen su equivalente en los variopintos y abigarrados pero siempre uniformes atuendos que lucen nuestros nuevos deportistas de montaña, hoy mucho más numerosos, exigentes e influyentes que los de entonces: las primitivas vendas de las piernas se han convertido en musleras y tobilleras de compresión, y el tan jocosamente denominado «jersey blanco» en ceñidos y multicolores maillots ciclistas y chaquetas ultra trail que pueden alcanzar precios prohibitivos si son de las marcas más exclusivas. Quién sabe si con el tiempo algunas de estas novedosas prendas, denominadas «técnicas» de forma un tanto altisonante, se convertirán simplemente en clásicas, como ha ocurrido con el jersey al cabo de cien años; las menos afortunadas estéticamente y estoy ahora mismo pensando en unas cuantas‒ seguramente no tendrán esa suerte y desaparecerán con el tiempo de nuestra vista. Uno, que fumaba en pipa y usaba boina negra en sus excursiones por la sierra de Guadarrama a mediados de los años setenta del siglo pasado, ha visto nacer y acabarse muchas modas en los ambientes deportivos de montaña a lo largo de cuatro décadas.        
          En cuanto a la dieta, las «pastillas café con leche» de los sportmans carpetovetónicos de comienzos del siglo XX se han visto sustituidas por los geles y barritas energéticas que hoy consumen con vigoréxico frenesí muchos de los bikers y trailrunners celtibéricos del siglo XXI, cuyos envases vacíos al autor le gustaría no encontrarse tan a menudo tirados por los senderos y las carreteras de la sierra...
          
Esquiadores a la moda de comienzos del siglo XX en la pradera de la
Vaqueriza (Cercedilla), ellas con falda larga y ellos con "jersey blanco".
Los más conservadores con americana y corbata (CAE) 
Jóvenes deportistas en la Pedriza de Manzanares hacia 1915 "escalando picos
con calzón corto, como los chicos", según la jocosa expresión de
Enrique de la Vega en sus "Murmullos de la sierra" (RSEA Peñalara)

          Hasta que el implacable avance de su enfermedad se lo impidió, Veguita continuó frecuentando su celda del monasterio de El Paular. Murió el 21 de febrero de 1915, apenas un año y medio después de la publicación de los Murmullos de la sierra. Su desaparición en plena juventud dejó desolados a sus amigos más cercanos, con los que había llegado por primera vez al valle de Lozoya trece años antes, a otros muchos que le querían y a todos aquellos que habían intentado ridiculizarle. En la primavera de ese mismo año, al cruzar el puerto de los Cotos por el viejo camino de El Paular y recordar las muchas veces que lo había atravesado en compañía de su amigo muerto, Enrique de Mesa compuso su Elegía de Abril, uno de sus poemas más hondos y sentidos, que encabezó con la dedicatoria «A la noble memoria del poeta Enrique de la Vega, mi inolvidable compañero de andanzas»:

                                                      ...Pero el buen hermano
                                                      de la añeja andanza
                                                      se pudrió en el llano,
                                                      viva su esperanza.

                                                     ¡Pobre hermano mío! 
                                                      Trochas y veredas,
                                                      robles, sol y río,
                                                      puertos y roquedas,

                                                      dicen a mi paso
                                                      (¡Tus amados viejos!)
                                                      -Nuestro amigo, acaso
                                                      ya florece lejos...

          Antes de terminar estas ya largas líneas y aun a riesgo de abrumar al lector, he querido transcribir aquí en su integridad los memorables Murmullos de la sierra de Enrique de la Vega, como homenaje a este personaje entrañable y casi olvidado de la pequeña historia del descubrimiento del Guadarrama. Pido disculpas de antemano por tamaño abuso de su tiempo y su atención, pero es del todo imprescindible para completar esta entrada. Quien tenga la paciencia de seguir leyendo apreciará cómo, al cabo de todo un siglo, no han perdido un ápice de gracia, emoción y actualidad. Sea in memoriam. 

Según dice la gente,
los «montañeros»
de justa fama
me han hecho «Presidente
de los Drogueros
del Guadarrama»
(No es esto que yo venda
ningún menjurje
para excursión.
Y a fin de que se entienda,
yo creo que urge
la explicación).

Es un droguero
todo el que amante de nuestras cumbres,
va a visitarlas, y no hace alarde
de resistente ni de ligero,
y ante los riesgos es un cobarde.
Y como nadie me ha visto nunca
salvando a brincos ningún barranco
con camiseta de puro blanco,
ni dando al aire mis pantorrillas,
ni mucho menos con los skis,
me califican (según hablillas)
de «Presidente de los Drogueros»
los «montañeros»,
los alpinistas de este país.

No me incomodo
por el apodo;
pero, señores, déjenme hablar:
¿He presumido yo de alpinista?
 ¿He sido nunca del Club Alpino?
Yo voy a solas por mi camino
a mi casita que ofrezco a ustedes en el Paular.
¿Por qué se empeñan en que yo marche
sobre la nieve de la invernada
como Aguilera, Zabala o Arche?
¡Si no me gusta la nieve nada!
Ya pasé apuros en una helada;
Ya vi la muerte de cerca. ¡Horror!
Basta de bromas. Que otro se escarche.

Y más no gusto
de una caída que, sobre el susto, 
me haga ir luciendo después un parche,
o un cabestrillo, 
o unas muletas
o algo peor.
Y sobre todo:
llevo con gusto mi nuevo apodo,
porque declaro
que no me gusta ningún sport.

Yo no repruebo que Fungairiño
luzca en los montes traje de niño;
ni que Feduchi ni Rotaeche
lleven pastillas café con leche,
y si el deseo
de ir en trineo
a Torreisunza tal vez le punza,
¿por qué meterse con Torreisunza?
Y si lo mismo desea Pombo,
con mucho gusto le doy un bombo.
Yo me hago cargo. Por el influjo
del extranjero, Sastago, Ray,
Roldán, Corujo,
Borrell, Morales, Norzagaray,
Echegaray,
Prast y Adeok
usan vestido de sierra «ad hoc»;
Y Huría, Vivanco,
Ruiz e Ivanrey
llevan las vendas y el jersey blanco;
Y yo, soy franco,
gusto de verlos con el jersey.

Pero señores, si a mi me aburre
pisar la nieve y escalar picos
con calzón corto, como los chicos.
¿Por qué, decid,
de los drogueros me hacéis el jefe?
¡Ya se ha enterado medio Madrid!

Yo amo la sierra por ella misma;
por eso tengo casa alquilada
(aunque a la fecha desamueblada,
pues solo guarda mi pobre ajuar)
de alta techumbre y albas paredes,
y grandes rejas a mediodía
que ofrezco a ustedes
en el Paular

Y a él voy en traje de humilde pana,
viejas polainas de cuero, bota
llena de vino,
bufanda al cuello y una garrota;
Completamente de campesino.
Y, como dice Galdós, soy parte,
soy complemento
del campo así;
no un añadido o aditamento
discorde, feo y extraño allí.
Y en este terno,
con los serranos rondo y alterno,
con las mozuelas bailo ceñido,
y andando entre ellos, inadvertido,
realizo cuanto me da la gana.
Yo entre los brazos de una serrana
con el jersey,
decid, señores, ¿no haría el buey?

Amo a esta sierra que está en mi tierra
con el sencillo traje de sierra;
y voy al valle por algún puerto,
que es o los Cotos o la Morcuera
o el Reventón;
Y cuando hay nieve voy en el coche,
que siempre sale rayando el día
y a Rascafría
llega muy cerca de medianoche.
¿Qué soy droguero?
No discutamos: tenéis razón.
Pero a la sierra yo así la quiero;
Sin llevar drogas ni piolets;
Durmiendo en casa de una guardesa,
y huyendo de esa
visión horrible de los chalets.

El alpinista no ama a la tierra,
sino a sí mismo;
Que esto es lo que hacen en nuestra sierra
muchos amantes del alpinismo.
Sepan ustedes que soy muy ágil,
que soy muy fuerte,
que el alpinismo no me divierte
y que amo al campo con frenesí.

Si mi memoria no me es muy frágil,
sabed (porque esto me importa a mí)
que hace diez años
(¡tiempos remotos!)
yo por los Cotos
me iba al Paular
sin carretera ni trocha alguna.
Quirós y Mesa me acompañaban,
ya por la cuerda,
ya serpeando por el pinar.
También conozco la Peñalara
donde he pasado mis ratos de ocio.
Y hay más de un socio
que aún no ha intentado ni ver su cara.
¡Cosa más rara!
...Y ahora dáos pisto
porque en las cumbres no me hayáis visto.
Yo al Club Alpino sincero alabo;
que al fin y al cabo
por él millares de madrileños
han aprendido que hay aquí al Norte,
y a cuatro pasos, junto a la corte,
valles preciosos, montes risueños,
donde en agosto la nieve brilla,
más saludables que la Bombilla...
Y no imagino
labor más noble;
Ya muchos llaman hermano al pino
y hermano al roble...
¡Viva mil años el Club Alpino!
Basta, alpinistas. No me incomodo.
Y aunque no es justo,
bajo mi nombre pongo mi apodo
con mucho gusto.

El «Presidente de los Drogueros»
ofrece a todos los «montañeros»
(así se vistan traje talar)
un gran refugio para unos cuantos
una casita llena de encantos
en el Paular

jueves, 9 de abril de 2015

UN RETO DE CONSERVACIÓN PARA EL FUTURO: EL REGRESO DEL LOBO A LA SIERRA DE GUADARRAMA

A mi amigo el naturalista Carlos de Hita, 
que ha reflejado como nadie los sonidos de 
la naturaleza ibérica en sus archivos sonoros,
y a quien le debo un lobo...


Hoy quiero hablar en esta bitácora de un polémico asunto relativo a la gestión y a la conservación de la sierra de Guadarrama como espacio natural protegido, sin duda uno de los que más pasiones levanta y desencuentros produce entre tres grupos de presión implicados en él llamémoslos así‒, que son ganaderos, cazadores y conservacionistas. Me estoy refiriendo al regreso del lobo a nuestras montañas tras una ausencia que se ha alargado durante más de medio siglo, asunto del que ya traté hace seis años en un artículo publicado en la revista Peñalara y en la web de la Sociedad Castellarnau. 
          Para evitar equívocos y confusiones entre los lectores menos informados, voy a iniciar estas líneas partiendo de la premisa incontrovertible de que el lobo ibérico (Canis lupus signatus) es una especie autóctona de las montañas del Sistema Central, a las que ha regresado de forma completamente natural por la expansión de sus poblaciones del norte de la península, y no por pretendidas reintroducciones artificiales, como sostiene una opinión muy extendida entre el sector ganadero. El lobo es tan consustancial a los ecosistemas, al paisaje, a la cultura y a las tradiciones de la sierra de Guadarrama como lo pueden ser, pongamos por caso, el buitre negro, los pinares de Pinus sylvestris o la vaca avileña. Prueba de ello son las numerosas referencias que existen sobre la pasada abundancia de lobos en la antaño denominada cordillera Carpetovetónica, y sobre la lucha que los pastores de la sierra mantuvieron durante siglos contra la entonces temida fiera que destrozaba sus rebaños.

Enorme ejemplar de lobo cazado en los montes de Valsaín (Segovia) a finales de los años
cuarenta del siglo pasado. El joven que aparece en la fotografía es Pedro Montes, vecino
del pueblo ya fallecido (Crónicas gabarreras)

lunes, 21 de abril de 2014

ANTONIO NAVACERRADA, EL ÚLTIMO CABRERO DE BUSTARVIEJO

Continuando con la serie de entradas que estamos dedicando a algunos personajes populares de los pueblos de la sierra de Guadarrama, que ejercen todavía viejos oficios a punto de desaparecer, y aprovechando que el diario El País publicó ayer mismo un reportaje sobre ellos titulado "La sierra que se apaga" hablaremos hoy de Antonio Navacerrada, el último cabrero de Bustarviejo, una localidad de arraigada tradición agrícola y pastoril situada en la vertiente madrileña de la sierra, aunque formó parte de las tierras de Segovia hasta la división provincial de 1833. Hace ya unos meses que acudimos a entrevistarnos con él cerca de la abandonada estación de ferrocarril de Bustarviejo-Valdemanco, en una hermosa fresneda adehesada rodeada de tapias de piedra y con los sempiternos y al parecer inevitables somieres de cama sirviendo de zarzos en los portillos de los prados. 
          Antonio nos recibió con aire socarrón, quizá dudando del verdadero motivo que nos había llevado hasta allí para hablar con él. Aunque el autor de estas líneas es un exfumador empedernido desde hace años, aceptó con no disimulado placer un "Celta" que le ofreció el protagonista de nuestra historia ‒todavía existe esta mítica y popular marca de tabaco pues sabe por larga experiencia que el ritual de echar un pitillo es casi obligado entre los pastores y otras gentes del monte para romper recelos y desconfianzas, y más aún en este caso, en el que nuestro anfitrión e interlocutor nos iba a contar gran parte de su vida. 
          Antonio Navacerrada tiene 71 años y lleva trabajando en el campo desde niño, cuando comenzó ayudando a su padre a cultivar patatas y judías en las afamadas huertas de esta localidad serrana, para más tarde dedicarse al cuidado del ganado, tanto vacuno como cabrío. Presume de conocer bien el oficio, y no sin motivo pues desde muy joven viajaba hasta el valle cántabro de Pas para comprar vacas lecheras que luego traía en camiones a Bustarviejo. Hasta no hace muchos años se dedicó junto a sus hermanos a producir y vender leche de vaca, aunque, según asegura, los buenos tiempos de este negocio terminaron a finales de los años sesenta del siglo pasado con el cierre de las lecherías de Madrid y la imposición por ley del consumo de leche industrial, ese insípido brebaje al que está acostumbrado el consumidor urbano y que no se puede comparar con la leche de verdad, aun con el reclamo tan de moda de Omega 3.

Antonio con Manuela, una de sus cabras (fotografía de Javier Sánchez)

viernes, 19 de julio de 2013

EL JUNCIANAL DE LA NAJARRA

Mediados de julio. Estamos en la época en que los juncianales lucen todo su esplendor... Pero antes de iniciar estas líneas pido disculpas por emplear este término de origen pastoril, ya en desuso, y me apresuro a explicar que un "juncianal" no es otra cosa que un lugar donde crece en abundancia la genciana o junciana (Gentiana lutea), una vistosa planta herbácea de espectacular floración amarilla (luteo es "amarillo" en latín), que puede alcanzar un metro y medio de altura y que en las montañas del Sistema Central crece siempre por encima de los 1.700 metros de altitud, sobre todo en cervunales y piornales aclarados, al pie de los ventisqueros y en las cabeceras de los arroyos. Hay una variedad de flores anaranjadas (aurantiaca) que abunda más según se avanza hacia el oeste en las montañas del norte y centro de la península, aunque se pueden encontrar individuos aislados casi en cualquier lugar de su hábitat natural.

Gencianas en flor con el fondo todavía nevado del macizo de Peñalara (11 de julio de 2013)

          La genciana es una planta casi mítica, una de las más buscadas de la historia de la humanidad desde que Gentio, rey de Iliria y primer divulgador de sus virtudes medicinales en el siglo II antes de nuestra era, mandara recolectarla en las montañas de lo que hoy son Croacia, Eslovenia y Albania. Por ello, los romanos, conquistadores de Iliria en el año 168 antes de Cristo, ya le dieron la denominación alusiva a este personaje histórico, que nombra también a toda la familia de las Gencianáceas, un extenso grupo de plantas que cuenta con cientos de especies repartidas por todo el mundo y cerca de una treintena en Europa.