Se cumple hoy el segundo aniversario de la muerte de un buen amigo, al que conocí hace ya catorce años en unas circunstancias que recuerdo con especial emoción y que por su interés humano paso a detallar seguidamente como necesario preámbulo a esta entrada. En la mañana del 5 de mayo de 2003, durante una de mis excursiones fotográficas en la que paseaba por las inmediaciones del paraje conocido como Los Linares, cerca de Alameda del Valle, tras uno de los viejos muros de piedra que bordean el antiguo camino que comunica esta pequeña localidad serrana con la vecina de Pinilla del Valle contemplé una escena fascinante: dos paisanos labrando un campo de patatas con una yunta de vacas y un arado romano. Siendo niño, a mediados de la década de los sesenta, tuve ocasión de contemplar alguna vez en el valle de Bustarviejo ese mismo cuadro virgiliano de la labranza ancestral de campos y huertos, pero en pleno siglo XXI aquello resultaba maravillosamente anacrónico y seguramente irrepetible. Sin pensarlo dos veces, salté la tapia de piedra y me acerqué a ellos: ‒Buenos días, y perdonen que les interrumpa ‒les saludé‒, ¿sería posible hacerles unas fotos mientras trabajan? El paisano que manejaba el arado detuvo la faena, y mirándome con aire socarrón me respondió: ‒Hágalas usted sin apuro, que nosotros cuando vamos a Madrid también les hacemos fotos... Aquel hombre era Luis Blázquez, y a su contestación aguda e insuperable respondí, como disculpándome, que el motivo de mi interés por ellos y por su trabajo no era otro que el de ilustrar un libro que estaba escribiendo, tras lo cual pude hacerles algunas fotografías, unas en plena labor y otras posando serios y circunspectos ante la cámara, todas con el fondo magnífico del macizo de Peñalara, Hoyo Cerrado y el puerto del Reventón cubiertos de grandes neveros. A aquel atrevimiento de saltar la tapia de Los Linares le debo hoy no sólo unas preciosas diapositivas de gran valor documental y sentimental, sino también una buena amistad convertida ya en grato recuerdo.
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viernes, 16 de junio de 2017
viernes, 15 de julio de 2016
LAS CARRERAS DE MONTAÑA EN LA SIERRA DE GUADARRAMA
Uno de los más notables fenómenos sociales de los últimos años en el mundo de deporte ha sido la eclosión del running, una variante modernizada y adaptada al mercado actual de lo que no hace tantos años se denominaba footing, o lo que en román paladino se llama simplemente «correr». En muy poco tiempo ha sido abrumadora la proliferación de las clásicas carreras populares que transcurren por las principales avenidas de las más importantes ciudades del mundo, ya sean maratones, medias maratones o millas urbanas, llegándose a concentrar en algunas de ellas cantidades desorbitadas de corredores. También se ha puesto de moda correr en muchedumbre por las laderas del Mont Blanc ‒donde se congregan unos siete mil corredores y más de treinta mil espectadores en el Ultra Trail que se celebra allí todos los años‒, a través del desierto del Sahara, en las selvas de Costa Rica, por la tundra de Alaska, sobre la Gran Muralla china, o incluso echando los bofes cuesta arriba por las escaleras de algunos grandes rascacielos, como el Empire State Building. Y es que cuanto más renombrados, mediáticos, remotos, sorprendentes e inaccesibles sean los escenarios de las carreras más demanda hay para correr en ellas y más beneficios reportan a los organizadores con la venta de dorsales. Por decirlo de otra forma, y ya que hablamos de correr, las empresas relacionadas con el running sí que corren que se las pelan en pos de este apetitoso pastel, y la que no corre vuela en la creación de nuevos y cada vez más sofisticados productos que permitan ampliar su cuota de mercado. Un buen ejemplo de ello es la última moda que han implantado los técnicos en marketing de este deporte: nada menos que correr hacia atrás, lo que en inglés se denomina reverse running. Al imaginar a los corredores de esta modalidad deportiva en pleno esfuerzo, con el cuello girado hacia la espalda y el rostro congestionado por la falta de aire, surge inevitable la pregunta sobre cuál será la próxima genialidad que se sacarán de la manga los que manejan la mercadotecnia del running en su empeño de ganar adeptos para este deporte convertido casi en religión.
La organización de estas carreras populares suele correr por cuenta de empresas privadas, sociedades y federaciones deportivas, ayuntamientos, franquicias e incluso organizaciones no gubernamentales de carácter solidario, y están patrocinadas casi siempre por conocidas marcas comerciales. A su alrededor se mueve todo un entramado de empresas, unas dedicadas a la fabricación y venta de ropa, calzado y alimentación especializada para runners, y otras a la organización de las competiciones y los viajes asociados a ellas, al entrenamiento físico, al marketing... El negocio mueve en España muchos cientos de millones de euros anuales, cifra que se va incrementando anualmente a medida que crece el número de aficionados.
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lunes, 2 de mayo de 2016
UN COMPROMISO INELUDIBLE: RECUPERAR LOS CIELOS NOCTURNOS DEL GUADARRAMA
El impacto de la iluminación artificial sobre el medio ambiente se ha convertido en una preocupación de alcance mundial por sus efectos negativos sobre la biodiversidad, el paisaje natural e incluso la salud humana. Entre los grandes problemas que afectan a la sierra de Guadarrama como espacio natural protegido, quizá éste sea el menos debatido dentro del ámbito de la conservación, razón por la cual quiero dedicarle aquí unas líneas aprovechando que los trabajos de redacción del Plan Rector de Uso y Gestión del Parque Nacional declarado en 2013 se están desarrollando a buen ritmo.
La contaminación lumínica en la Comunidad de Madrid se ha incrementado en un cincuenta por ciento durante la última década, un dato que resulta sencillamente apabullante y que es el resultado del tremendo crecimiento urbano en toda la región durante los años del boom de la construcción, lo que agrava la inexistencia de una normativa regional sobre este tipo de contaminación con la que sí cuentan otras comunidades autónomas. La magnitud del problema se aprecia echando un simple vistazo al mapa del brillo nocturno del área metropolitana madrileña que reproducimos más abajo, elaborado por Jaime Zamorano, Alejandro Sánchez de Miguel y Jesús Gallego, tres investigadores del Departamento de Astrofísica y Ciencias de la Atmósfera de la Universidad Complutense de Madrid. Según estos astrónomos, desde las calles de la capital de España se podrían ver más de siete mil estrellas en condiciones de ausencia de contaminación lumínica, pero apenas se divisan con claridad medio centenar. Un dato fácil de comprender si consideramos, por poner un ejemplo, que el entorno urbano formado por la Puerta del Sol, la plaza de Cibeles y el eje Alcalá-GranVía es la zona más intensamente iluminada de toda España, lo que ilustra esta fotografía de Stellarium que también reproducimos aquí. Madrid ostenta el poco honroso título de ser la capital de la Unión Europea que extiende su halo luminoso contaminante a más largas distancias, y la primera víctima de ello es la sierra de Guadarrama con todos sus espacios naturales protegidos, con su biodiversidad, sus paisajes y su enorme carga cultural.
La contaminación lumínica en la Comunidad de Madrid se ha incrementado en un cincuenta por ciento durante la última década, un dato que resulta sencillamente apabullante y que es el resultado del tremendo crecimiento urbano en toda la región durante los años del boom de la construcción, lo que agrava la inexistencia de una normativa regional sobre este tipo de contaminación con la que sí cuentan otras comunidades autónomas. La magnitud del problema se aprecia echando un simple vistazo al mapa del brillo nocturno del área metropolitana madrileña que reproducimos más abajo, elaborado por Jaime Zamorano, Alejandro Sánchez de Miguel y Jesús Gallego, tres investigadores del Departamento de Astrofísica y Ciencias de la Atmósfera de la Universidad Complutense de Madrid. Según estos astrónomos, desde las calles de la capital de España se podrían ver más de siete mil estrellas en condiciones de ausencia de contaminación lumínica, pero apenas se divisan con claridad medio centenar. Un dato fácil de comprender si consideramos, por poner un ejemplo, que el entorno urbano formado por la Puerta del Sol, la plaza de Cibeles y el eje Alcalá-GranVía es la zona más intensamente iluminada de toda España, lo que ilustra esta fotografía de Stellarium que también reproducimos aquí. Madrid ostenta el poco honroso título de ser la capital de la Unión Europea que extiende su halo luminoso contaminante a más largas distancias, y la primera víctima de ello es la sierra de Guadarrama con todos sus espacios naturales protegidos, con su biodiversidad, sus paisajes y su enorme carga cultural.
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miércoles, 25 de febrero de 2015
LAS ANTENAS DE LA BOLA DEL MUNDO Y EL CENTENARIO DE FRANCISCO GINER DE LOS RÍOS
Tras la declaración del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama, se ha reavivado mucho el debate sobre la conservación de algunos de los parajes más sensibles y amenazados incluidos dentro de su ámbito territorial o de su zona periférica de protección, y hoy voy a echar leña al fuego a una antigua controversia retomada recientemente por algunos medios de comunicación alrededor de una de las cumbres más renombradas entre todas las que accidentan la vieja y desgastada orografía española. Como el lector informado ya sabrá por el título de esta entrada, me estoy refiriendo a Las
Guarramillas, más popularmente conocida como «la Bola del Mundo», una montaña cuya redondeada cima erizada de grandes antenas de telecomunicaciones constituye una visión habitual para los habitantes de Madrid y Segovia, que diariamente la pueden contemplar, cada cual desde su propia lejanía, según estén situados a uno u otro lado de la sierra de Guadarrama.
Una montaña simbólica
Una montaña simbólica
Pero esta montaña tiene una relevancia que va mucho más allá de esta cotidianidad visual o de su destacado y conocido papel como escenario de actividades deportivas y de ocio. Por una parte está su gran importancia geográfica, pues no en vano constituye un verdadero nudo orográfico e hidrográfico en el que confluyen los dos grandes cordales que forman la Sierra de Guadarrama y donde tienen sus más altas fuentes
los cuatro principales ríos de todos los que nacen en ella: el Guadarrama, el Manzanares, el Lozoya y el Eresma. Por si fuera poco, en sus vertientes meridionales se abren los valles de dos de estos ríos que
indistintamente se llamaron Guadarrama durante la Edad Media: el antiguo «Guadarrama
de Madrid», el actual Manzanares, que tiene sus fuentes en el ventisquero de
las Guarramillas o de la Condesa, y el «Guadarrama de Calatalifa», hoy el
verdadero Guadarrama, que tiene el punto más elevado de su cabecera en las
altas vertientes occidentales
de esta cumbre, allí donde se forman las escorrentías que dan origen al arroyo del Regajo del Puerto. Es en el hecho del
nacimiento de estos dos Guadarramas medievales, que se distinguían por el
nombre de las dos fortalezas musulmanas que defendían el paso por sus cauces, donde hay que buscar el origen del antiguo nombre de esta montaña, que ya aparece denominada como «Las
Guadarramiellas» en el Libro de la Montería que mandó escribir el rey Alfonso XI de Castilla a mediados del siglo XIV.
Pero además de esta relevancia geográfica e histórica, la cumbre de Las Guarramillas es un lugar cargado de un profundo significado cultural. En este año se cumple el centenario de la muerte de Francisco Giner de los Ríos, por lo que es muy oportuno también destacar aquí la carga simbólica que adquirió esta montaña a raíz de su contemplación desde la cima, junto a un grupo de alumnos de la Institución Libre de Enseñanza, de una puesta de sol que le inspiraría su artículo "Paisaje", un hito estético fundamental para el posterior descubrimiento del paisaje de Castilla por parte de los escritores de la generación del 98. Publicado en marzo de 1886 en La Ilustración Artística, este conocido artículo dio origen a una corriente cultural científica y deportiva de acercamiento hacia la sierra de Guadarrama que hoy denominamos como «guadarramismo», de la cual deriva en gran parte el moderno movimiento conservacionista vinculado a estas montañas.
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miércoles, 7 de enero de 2015
ALESSANDRO TAIANA
Es sabido que la sierra de Guadarrama es una de las montañas más pintadas entre todas las que accidentan nuestra geografía. Desde que Velázquez comenzara a reflejarla como fondo de sus retratos reales escenificados en el monte de El Pardo, sus paisajes han sido un constante leitmotiv en la pintura española, como igualmente lo fueron y lo siguen siendo en la literatura. No en vano el naturalismo, esa corriente artística que empezó a pintar el paisaje directamente del natural abandonando la comodidad del estudio y desafiando intemperies, encontró en el Guadarrama uno de sus primeros escenarios pictóricos cuando los alumnos de la Cátedra de Paisaje de la Academia de San Fernando, dirigidos por el pintor de origen belga Carlos de Häes, comenzaron a pintar en la sierra a partir de 1857. El llamado guadarramismo, un movimiento de apego hacia la sierra que eclosionó en Madrid ya bastante avanzada la segunda mitad del siglo XIX, tuvo en la pintura de paisaje uno de sus orígenes.
Con estos antecedentes, no es extraño que los paisajes de la sierra de Guadarrama sigan siendo fuente de inspiración para cientos de pintores, ya sean consagrados por la crítica, poco conocidos o simplemente anónimos. He tenido trato con algunos de ellos a lo largo del tiempo y uno de los que más me han sorprendido ha sido Alessandro Taiana, un artista italiano afincado en Madrid desde 2001 al que conocí hace casi tres años durante una comida en Los Merachos, la casa que nuestro común amigo Antonio Sáenz de Miera tiene en Cercedilla. Es muy difícil pintar paisajes de montaña y no caer en los tópicos de mayor o menor alcance a los que tan fácilmente se presta este tipo de pintura, pero Alessandro lo consigue con su gran maestría para sacar partido del potencial estético que guarda en su interior la más pura y estricta realidad, sólo accesible para artistas que, como él, son capaces de pintar el aire.
Bajo el título genérico de Peñalara, nuestro pintor está exponiendo estos días, hasta finales de enero de 2015, una pequeña serie de sus cuadros en la galería Gurriarán, y hasta allí me he acercado para hablar con él de su vida, de su trabajo y de su obra. Al calor del acogedor espacio de la galería, situada en el piso principal de un hermoso edificio alfonsino de la madrileña calle de Argensola, entablamos una animada conversación con la insustituible y experta compañía de Luis Gurriarán en la que Alessandro me va explicando, con su hablar pausado y reflexivo, sus comienzos como pintor, cómo descubrió los paisajes del Guadarrama y cuál es la técnica con la que consigue plasmarlos en sus lienzos.
Con estos antecedentes, no es extraño que los paisajes de la sierra de Guadarrama sigan siendo fuente de inspiración para cientos de pintores, ya sean consagrados por la crítica, poco conocidos o simplemente anónimos. He tenido trato con algunos de ellos a lo largo del tiempo y uno de los que más me han sorprendido ha sido Alessandro Taiana, un artista italiano afincado en Madrid desde 2001 al que conocí hace casi tres años durante una comida en Los Merachos, la casa que nuestro común amigo Antonio Sáenz de Miera tiene en Cercedilla. Es muy difícil pintar paisajes de montaña y no caer en los tópicos de mayor o menor alcance a los que tan fácilmente se presta este tipo de pintura, pero Alessandro lo consigue con su gran maestría para sacar partido del potencial estético que guarda en su interior la más pura y estricta realidad, sólo accesible para artistas que, como él, son capaces de pintar el aire.
Bajo el título genérico de Peñalara, nuestro pintor está exponiendo estos días, hasta finales de enero de 2015, una pequeña serie de sus cuadros en la galería Gurriarán, y hasta allí me he acercado para hablar con él de su vida, de su trabajo y de su obra. Al calor del acogedor espacio de la galería, situada en el piso principal de un hermoso edificio alfonsino de la madrileña calle de Argensola, entablamos una animada conversación con la insustituible y experta compañía de Luis Gurriarán en la que Alessandro me va explicando, con su hablar pausado y reflexivo, sus comienzos como pintor, cómo descubrió los paisajes del Guadarrama y cuál es la técnica con la que consigue plasmarlos en sus lienzos.
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| "Valsaín" (2012). Óleo sobre lienzo. 76x116 cm (fotografía de Unidad Móvil) |
jueves, 3 de octubre de 2013
PROPUESTA DE HERMANAMIENTO ENTRE EL PARQUE NACIONAL DE LA SIERRA DE GUADARRAMA Y EL FIORDLAND NATIONAL PARK DE NUEVA ZELANDA
Dentro de los círculos relacionados con la conservación de la Naturaleza a nadie se le escapa que no corren buenos tiempos para la Red Española de Parques Nacionales. Por una parte, la polémica sentencia dictada en 2004 por el Tribunal Constitucional, que otorgó la gestión de estos espacios a las comunidades autónomas, y por otro, la nueva política emprendida por las administraciones, que da prioridad a los usos turísticos y recreativos en los espacios naturales protegidos, ignorando criterios de conservación hasta ahora aceptados por consenso, son factores que provocan el escepticismo en muchos de los que nos movemos dentro del agitado mundo de la conservación. Pero a pesar del desánimo que nos invade, uno se resiste a dar por periclitada a una red que incluye a los espacios más valiosos de la Naturaleza española, cuya funcionalidad y viabilidad a largo plazo podrán estar en entredicho pero que goza todavía de un gran prestigio en todo el mundo bajo los auspicios de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).
Transcurridos ya tres meses desde la declaración del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama, leo en una reciente noticia publicada en el diario ABC que el Organismo Autónomo de Parques Nacionales (OAPN) y la Comunidad de Madrid quieren dar visibilidad al nuevo espacio protegido con la colocación de carteles indicadores en las autovías A-1 y A-6, que invitarán a disfrutar al visitante de los «alicientes gastronómicos, culturales e históricos que ofrece».
Lo de los «alicientes gastronómicos» no merece ni siquiera un comentario en esta bitácora, pero ya que hablamos de «visibilidad», respecto a lo cultural y a lo histórico me voy a permitir proponer aquí al OAPN, a la Comunidad de Madrid y a la Junta de Castilla y León una iniciativa mucho más ambiciosa que la quizá obligada pero poco imaginativa instalación de carteles indicadores en las autovías de acceso. Como verá quien tenga la paciencia de seguir leyendo, la idea que voy a sugerir a continuación tiene muchas ventajas: es sumamente atrayente, nos viene casi impuesta por razones culturales, históricas e incluso diplomáticas, y puede hacer visible al Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama mucho más allá de Collado Villalba o San Agustín de Guadalix, prácticamente en la otra punta del planeta.
Dentro de unos pocos meses, el 17 de febrero de 2014, se cumplirá el 250 aniversario del nacimiento de Felipe Bauzá y Cañas (1764-1834), un marino y geógrafo ilustrado que en tiempos de Carlos IV participó en la famosa Expedición Malaspina y que, curiosamente, fue explorador y descubridor de lo que hoy son dos parques nacionales situados en las mismísimas antípodas el uno del otro: el Fiordland National Park de Nueva Zelanda y nuestro recién estrenado Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama. Para una aproximación a la apasionante biografía de este personaje histórico, remito a este artículo que publiqué hace tres años en la revista Peñalara y en la web de la Sociedad Castellarnau de Amigos de Valsaín La Granja y su entorno, en el que doy cuenta de la sorprendente vinculación que tienen estos dos importantes espacios naturales protegidos a través de la figura de Bauzá y destaco el importante papel que éste desempeñó directa o indirectamente en la obra gigantesca de los dos naturalistas más influyentes de la historia: Alexander von Humboldt y Charles Darwin; nada menos...
Transcurridos ya tres meses desde la declaración del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama, leo en una reciente noticia publicada en el diario ABC que el Organismo Autónomo de Parques Nacionales (OAPN) y la Comunidad de Madrid quieren dar visibilidad al nuevo espacio protegido con la colocación de carteles indicadores en las autovías A-1 y A-6, que invitarán a disfrutar al visitante de los «alicientes gastronómicos, culturales e históricos que ofrece».
Lo de los «alicientes gastronómicos» no merece ni siquiera un comentario en esta bitácora, pero ya que hablamos de «visibilidad», respecto a lo cultural y a lo histórico me voy a permitir proponer aquí al OAPN, a la Comunidad de Madrid y a la Junta de Castilla y León una iniciativa mucho más ambiciosa que la quizá obligada pero poco imaginativa instalación de carteles indicadores en las autovías de acceso. Como verá quien tenga la paciencia de seguir leyendo, la idea que voy a sugerir a continuación tiene muchas ventajas: es sumamente atrayente, nos viene casi impuesta por razones culturales, históricas e incluso diplomáticas, y puede hacer visible al Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama mucho más allá de Collado Villalba o San Agustín de Guadalix, prácticamente en la otra punta del planeta.
Dentro de unos pocos meses, el 17 de febrero de 2014, se cumplirá el 250 aniversario del nacimiento de Felipe Bauzá y Cañas (1764-1834), un marino y geógrafo ilustrado que en tiempos de Carlos IV participó en la famosa Expedición Malaspina y que, curiosamente, fue explorador y descubridor de lo que hoy son dos parques nacionales situados en las mismísimas antípodas el uno del otro: el Fiordland National Park de Nueva Zelanda y nuestro recién estrenado Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama. Para una aproximación a la apasionante biografía de este personaje histórico, remito a este artículo que publiqué hace tres años en la revista Peñalara y en la web de la Sociedad Castellarnau de Amigos de Valsaín La Granja y su entorno, en el que doy cuenta de la sorprendente vinculación que tienen estos dos importantes espacios naturales protegidos a través de la figura de Bauzá y destaco el importante papel que éste desempeñó directa o indirectamente en la obra gigantesca de los dos naturalistas más influyentes de la historia: Alexander von Humboldt y Charles Darwin; nada menos...
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| Felipe Bauzá y Cañas en un retrato anónimo pintado hacia el año 1800 (Museo Naval de Madrid) |
jueves, 19 de septiembre de 2013
EL ÚLTIMO NEVERO DE PEÑALARA RESISTE HASTA EL OTOÑO
Esto de la fusión, semana arriba o semana abajo, de unos simples restos de las nieves del pasado invierno parece una cuestión menor y sin importancia, pero no es así, ni mucho menos. Además de la indudable belleza intrínseca al asunto, la ciencia está muy pendiente de estas diminutas manchas de nieve, y prueba de ello son los trabajos que Julio Muñoz, doctor en Geografía por la Universidad Complutense de Madrid y coautor de un importante estudio biogeográfico sobre los neveros de la sierra de Guadarrama, ha estado realizando sobre el terreno a lo largo de este verano. Estos trabajos consisten en analizar la evolución reciente de la cubierta vegetal (incluidas las especies quionófilas, es decir las querenciosas y adaptadas a la nieve) de estos parajes en donde se forman los neveros, que quedan literalmente sepultados por un denso y pesado manto nival la mayor parte del año. Posteriormente, los datos recogidos en el trabajo de campo se procesan y se confrontan con la información obtenida a través de las fotografías aéreas de la zona tomadas en los últimos 60 años, lo que permite valorar la influencia del calentamiento del clima en la dinámica colonizadora actual de la vegetación. Con la curiosidad propia del naturalista apasionado por estas cosas, me intriga pensar en los muchos secretos que va a desvelarnos mi sabio tocayo Julio sobre un paraje para mí tan especial como es el ventisquero del Ratón, donde ha centrado su trabajo a lo largo de este verano, ya que está completando otro exhaustivo estudio sobre el tema que verá la luz en poco tiempo.
Fuera ya del ámbito científico, en algunos reducidos círculos del guadarramismo más entusiasta por estas cuestiones, reunidos en habitual tertulia en las redes sociales alrededor del Twitter de la Venta Marcelino, incluso se cruzan apuestas sobre cuál será la fecha de la total desaparición de la nieve en la sierra de Guadarrama en este año crucial de su declaración como parque nacional. Los pocos neveros que hasta hace unos días se distinguían con nitidez en la cumbre más alta del Guadarrama apenas se divisan ya a simple vista, y el que tenga que hacer de juez en esta apasionante apuesta deberá hacer guardia junto a los ya insignificantes restos de nieve para dar fe del día y la hora de su completa desaparición.
miércoles, 28 de agosto de 2013
NIEVE A FINALES DE AGOSTO
Arde el cielo en llamas,
fulgen los neveros;
cruzan las retamas
trochas de cabreros...
Enrique de Mesa
"Elegía de abril". El silencio de la Cartuja (1916)
Aunque la fotografía que encabeza la página principal de esta bitácora pueda dar lugar a pensar lo contrario, debo reconocer aquí que los paisajes nevados no gozan de mi especial predilección. En general, pienso que la nieve cubriéndolo todo crea escenarios que abruman al contemplador y excluyen cualquier matiz en el paisaje, por lo que la moderación es mi pauta estética en lo que atañe a este meteoro. En consecuencia, de la nieve como elemento paisajístico en la Sierra de Guadarrama prefiero la sencilla visión de los neveros o ventisqueros, esos fugaces retazos blancos y brillantes que deja al retirarse el larguísimo invierno de las cumbres. Y esta preferencia se apoya no sólo en razones estéticas, sino también en cuestiones todavía más intangibles, ya que los neveros de la sierra realzan en nuestro subconsciente el valor de lo perecedero y lo escaso, que no otra cosa es la nieve en la alta montaña mediterránea.
fulgen los neveros;
cruzan las retamas
trochas de cabreros...
Enrique de Mesa
"Elegía de abril". El silencio de la Cartuja (1916)
Aunque la fotografía que encabeza la página principal de esta bitácora pueda dar lugar a pensar lo contrario, debo reconocer aquí que los paisajes nevados no gozan de mi especial predilección. En general, pienso que la nieve cubriéndolo todo crea escenarios que abruman al contemplador y excluyen cualquier matiz en el paisaje, por lo que la moderación es mi pauta estética en lo que atañe a este meteoro. En consecuencia, de la nieve como elemento paisajístico en la Sierra de Guadarrama prefiero la sencilla visión de los neveros o ventisqueros, esos fugaces retazos blancos y brillantes que deja al retirarse el larguísimo invierno de las cumbres. Y esta preferencia se apoya no sólo en razones estéticas, sino también en cuestiones todavía más intangibles, ya que los neveros de la sierra realzan en nuestro subconsciente el valor de lo perecedero y lo escaso, que no otra cosa es la nieve en la alta montaña mediterránea.
Así pienso desde que un día de agosto, a comienzos de los años sesenta del siglo pasado, con apenas cinco o seis años de edad, me subieron por primera vez al puerto de la Morcuera y descubrí brillando al sol el gran nevero de Hoyoclaveles, al pie del macizo de Peñalara. Desde entonces, esas pinceladas de blancura deslumbrante que forman el efímero pero efectista decorado de las cumbres de la sierra a inicios y mediados del verano, me parecieron, como todo lo fugaz en la Naturaleza, algo enigmático y misterioso, al igual que me siguen pareciendo hoy, pongo por ejemplo, las luciérnagas o "gusanos de luz" (Lampyris noctiluca), que por la misma época, avanzado el mes de julio, iluminan tenuemente durante unos pocos días los zarzales que cubren las tapias de los valles, para desvanecerse enseguida sin dejar rastro. Lo desmesuradamente grande y lo diminutamente pequeño tienen a menudo el mismo significado en nuestra percepción del paisaje.
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| Extraordinaria profusión de neveros en el macizo de Peñalara a comienzos de este verano (21 de junio de 2013) |
Y la prueba de ello es que, hace más de dos siglos, en las postrimerías del período climático frío que los paleoclimatólogos denominan Pequeña Edad del Hielo, los ventisqueros de Peñalara eran permanentes y no llegaban a desaparecer durante el verano, según se deduce inequívocamente de unos versos de Nicolás Fernández de Moratín que encontramos en su obra La Diana o arte de la caza (1765), en los que nos describió el paisaje de la laguna Grande rodeada entonces por pequeños restos de antiguas nieves perpetuas:
de agua dulce, y de allí como en tramoya
a probar de otros ríos la fortuna
baxa precipitándose el Lozoya
y botalete es ya petrificada
la nieve de mil siglos congelada...
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