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lunes, 23 de abril de 2018

OBJECIONES A UN PROYECTO QUE AFECTA AL PARQUE NACIONAL DE LA SIERRA DE GUADARRAMA: LA RECUPERACIÓN DEL PASEO DE LA FUENTE DEL CURA

El asunto que hoy traigo a debate en esta entrada, el denominado oficialmente «Proyecto de recuperación del paseo de la Fuente del Cura», en Miraflores de la Sierra, quizá podría acarrearme la acusación de caer en un exceso de localismo impropio de esta bitácora, pero nada más fuera de la realidad, pues en ella quiero hacer visible la situación de inseguridad ambiental que crea este proyecto sobre importantes valores naturales y patrimoniales de esta localidad serrana que trascienden más allá del ámbito local, con una más que probable influencia negativa sobre la imagen del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama. Esta actuación, de enorme importancia para el municipio, va a ser iniciada próximamente por el Programa de Inversión Regional (antes PRISMA) de la Comunidad de Madrid en el antiguo camino de la Fuente del Cura, un concurrido lugar de tránsito para miles de excursionistas, ciclistas y corredores de montaña madrileños en su acceso al parque nacional y recorrido habitual en el paseo cotidiano de los vecinos de la localidad, y que tal como está concebida no resuelve algunas necesidades urgentes del municipio e introducirá elementos de estética urbana completamente inapropiados en un paisaje natural sobresaliente. Pero la importancia de esta vía va más allá de su uso recreativo, pues es un camino histórico de mucha trascendencia para la memoria colectiva de la Sierra de Guadarrama, como veremos. 
          Denominado antaño como «camino de la sierra» hasta que fue inaugurada en 1932 la carretera de Rascafría, sirvió de vía de paso al valle de Lozoya por el puerto de la Morcuera para los pastores, carboneros y carreteros de esta villa y otras cercanas, uniéndose a la altura de los Llanos de la Matanza con el Camino Real del Paular procedente de Madrid, por donde los reyes de España hacían sus jornadas desde la corte hasta la cartuja fundada en el valle de Lozoya en 1390. Por este camino transitaron durante siglos los vecinos de Miraflores en sus recorridos diarios de ida y vuelta a las numerosas huertas que lo jalonaban, en las que se cultivaban manzanas, fresones, judías, tomates y otros productos hortícolas que dieron fama a esta localidad hasta bien entrado el siglo XX, y por donde regresaban las carretas de bueyes cargadas de leña a su vuelta de las suertes del robledal de la Raya. Ya son pocos los que recuerdan todo aquello, pero esta humilde función del camino constituye un importante acervo cultural para esta antigua y hermosa villa de la Sierra de Guadarrama. 
          Para argumentar las líneas que siguen a continuación, además de la información objetiva y rigurosa sobre aspectos históricos, culturales y urbanísticos, se traen a esta bitácora algunas fotografías del archivo familiar del autor que acompañan a opiniones estrictamente personales, aunque coincidan, necesariamente, con sus criterios como concejal de Medio Ambiente y Urbanismo del Ayuntamiento de Miraflores de la Sierra. 
          
El camino de la Fuente del Cura rodeado por su paisaje rural original (fotografía tomada por
Julio Vías Macías, padre del autor, durante las vacaciones de Semana Santa de 1942)
Detalle de la foto anterior donde se aprecian el molino Viejo, el puente medieval, el prado
y las casillas de Genaro González, la vaquería de Valentín Herrero y los bancales de las huertas
inmediatas. Al fondo, el 
«camino de la sierra» serpentea hacia el puerto de la Morcuera
Antigua tarjeta postal de Miraflores de la Sierra en la que aparece Julio Vías Sáenz-Díez, abuelo del autor (de pie entre dos amigos vecinos del pueblo), sobre el puente del molino Viejo, en la Fuente del Cura, hacia 1910. Abajo, en el ángulo inferior derecho, he añadido un retrato suyo tomado por la misma época

martes, 25 de febrero de 2014

EL VENTORRILLO

Después de tres meses de silencio forzoso retomo con verdadero placer la escritura de esta bitácora para ocuparme de uno de los lugares más olvidados de la sierra de Guadarrama, antaño muy frecuentado y citado profusamente en las crónicas deportivas y científicas a comienzos del siglo XX, pero hoy abandonado a su suerte por las administraciones y desconocido para la mayor parte de los aficionados a estas montañas. 
          Me refiero al Ventorrillo, un paraje situado junto a la carretera M-601, a mitad de subida al puerto de Navacerrada, lugar que tuvo una importancia decisiva en el fenómeno que se ha dado en llamar «descubrimiento del Guadarrama». Hace ya más de un siglo allí se concentraban los cientos de madrileños que subían a la sierra en invierno para patinar, como así se decía entonces, todavía un inocente juego que consistía en deslizarse por la nieve sobre unas tablas de madera y que fue importado directamente desde Suiza y Escandinavia a la sierra de Guadarrama por Manuel González de Amezúa y el noruego Birger Sörensen. En estos cien años, el esquí ha pasado de ser una simple diversión para las clases más pudientes a un verdadero deporte de masas practicado en todas las montañas del mundo. Es por ello que la importancia del Ventorrillo trasciende más allá de la simple historia del Guadarrama, ya que fue en este lugar donde nació en España la afición a este deporte, al convertirse en su primer campo de prácticas muchos años antes de que se construyera la la primera de las enormes y agresivas estaciones de esquí que hoy proliferan en nuestras montañas. No voy a hablar en esta ocasión del enorme coste ambiental que el deporte del esquí ha tenido en esta zona de la sierra de Guadarrama, pues es un asunto del que traté extensamente en un ensayo titulado El puerto de Navacerrada: pasado, presente y futuro de un «no lugar», publicado hace ya algunos años en la web de Castellarnau, Sociedad de Amigos de Valsaín, La Granja y su entorno, pero sí quiero referirme al olvido al que ha sido condenado este pequeño paraje tan cargado de historia, que es consecuencia del abandono y la decadencia que sufren el puerto de Navacerrada y su entorno inmediato desde hace décadas. 
          Los orígenes y la historia del Ventorrillo están indisolublemente unidos a la carretera de Villalba a La Granja, construida a finales del siglo XVIII según proyecto de Juan de Villanueva y por expreso deseo de Carlos III. Fue este célebre arquitecto, al que se deben todas las obras de infraestructura de este camino real, como el puente de la Cantina que cruza el río Eresma en la vertiente segoviana, quien emplazó en este lugar una casa de peones camineros y una venta o parador para arrieros y carreteros en donde cambiar los tiros de mulas y encuartar las carretas de bueyes antes de emprender las duras pendientes del puerto.

Uno de los primitivos edificios del Ventorrillo, abandonado y casi en ruinas en 1905. La colonia
del Club Alpino Español no estaba todavía construida en la explanada situada enfrente y la
carretera del puerto de Navacerrada, que aparece en segundo plano, era de macadám, es decir
de tierra apisonada (Archivo de Alfonso Ceballos-Escalera)

jueves, 3 de octubre de 2013

PROPUESTA DE HERMANAMIENTO ENTRE EL PARQUE NACIONAL DE LA SIERRA DE GUADARRAMA Y EL FIORDLAND NATIONAL PARK DE NUEVA ZELANDA

Dentro de los círculos relacionados con la conservación de la Naturaleza a nadie se le escapa que no corren buenos tiempos para la Red Española de Parques Nacionales. Por una parte, la polémica sentencia dictada en 2004 por el Tribunal Constitucional, que otorgó la gestión de estos espacios a las comunidades autónomas, y por otro, la nueva política emprendida por las administraciones, que da prioridad a los usos turísticos y recreativos en los espacios naturales protegidos, ignorando criterios de conservación hasta ahora aceptados por consenso, son factores que provocan el escepticismo en muchos de los que nos movemos dentro del agitado mundo de la conservación. Pero a pesar del desánimo que nos invade, uno se resiste a dar por periclitada a una red que incluye a los espacios más valiosos de la Naturaleza española, cuya funcionalidad y viabilidad a largo plazo podrán estar en entredicho pero que goza todavía de un gran prestigio en todo el mundo bajo los auspicios de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).
          Transcurridos ya tres meses desde la declaración del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama, leo en una reciente noticia publicada en el diario ABC que el Organismo Autónomo de Parques Nacionales (OAPN) y la Comunidad de Madrid quieren dar visibilidad al nuevo espacio protegido con la colocación de carteles indicadores en las autovías A-1 y A-6, que invitarán a disfrutar al visitante de los «alicientes gastronómicos, culturales e históricos que ofrece»
          Lo de los «alicientes gastronómicos» no merece ni siquiera un comentario en esta bitácora, pero ya que hablamos de «visibilidad», respecto a lo cultural y a lo histórico me voy a permitir proponer aquí al OAPN, a la Comunidad de Madrid y a la Junta de Castilla y León una iniciativa mucho más ambiciosa que la quizá obligada pero poco imaginativa instalación de carteles indicadores en las autovías de acceso. Como verá quien tenga la paciencia de seguir leyendo, la idea que voy a sugerir a continuación tiene muchas ventajas: es sumamente atrayente, nos viene casi impuesta por razones culturales, históricas e incluso diplomáticas, y puede hacer visible al Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama mucho más allá de Collado Villalba o San Agustín de Guadalix, prácticamente en la otra punta del planeta. 
          Dentro de unos pocos meses, el 17 de febrero de 2014, se cumplirá el 250 aniversario del nacimiento de Felipe Bauzá y Cañas (1764-1834), un marino y geógrafo ilustrado que en tiempos de Carlos IV participó en la famosa Expedición Malaspina y que, curiosamente, fue explorador y descubridor de lo que hoy son dos parques nacionales situados en las mismísimas antípodas el uno del otro: el Fiordland National Park de Nueva Zelanda y nuestro recién estrenado Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama. Para una aproximación a la apasionante biografía de este personaje histórico, remito a este artículo que publiqué hace tres años en la revista Peñalara y en la web de la Sociedad Castellarnau de Amigos de Valsaín La Granja y su entorno, en el que doy cuenta de la sorprendente vinculación que tienen estos dos importantes espacios naturales protegidos a través de la figura de Bauzá y destaco el importante papel que éste desempeñó directa o indirectamente en la obra gigantesca de los dos naturalistas más influyentes de la historia: Alexander von Humboldt y Charles Darwin; nada menos...

Felipe Bauzá y Cañas en un retrato anónimo pintado hacia 
el año 1800 (Museo Naval de Madrid)