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martes, 29 de noviembre de 2016

LOS CALEROS DE VEGAS DE MATUTE

En Vegas de Matute (Segovia) viven algunos personajes imprescindibles para la recuperación de la historia rural reciente de la sierra de Guadarrama, de los que venimos hablando regularmente en esta bitácora. En esta ocasión son Eugenio Moreno y Cesáreo Orejudo, dos de los últimos caleros supervivientes entre los muchos que antaño fabricaron cal en la sierra segoviana. Para quien no tenga muy clara su localización en el mapa, esta pequeña localidad serrana de apenas trescientos habitantes está situada al suroeste de la provincia, muy cerca de El Espinar y justo al pie de los Calocos, los tres característicos cerros aislados que se levantan formando una suave y ondulada loma tricéfala cubierta de encinares en mitad del piedemonte de esta parte de la sierra: el Caloco, el Caloco Mediano y el Caloquillo o Tomillarón.
          Población cargada de historia por su vinculación con algunos antiguos y nobles linajes segovianos, como la poderosa familia de los Segovia, su economía se apoyó tradicionalmente en la ganadería ovina trashumante unida a unos pobres cultivos de trigo y centeno, aunque otro aprovechamiento de importancia fue la elaboración de cal, actividad que cobró un gran impulso a partir del siglo XVI con la construcción del cercano monasterio de San Lorenzo de El Escorial y que perduró hasta mediados del siglo XX. Como testimonio de esta vieja actividad, Vegas de Matute es hoy el municipio con mayor concentración de antiguos hornos de cal de toda España, lo que se traduce en más de una veintena de caleras que en conjunto constituyen un patrimonio de arquitectura industrial muy valioso.

Una de las calles principales de Vegas de Matute, cuyo antiguo caserío está, en general, muy bien conservado 
          
          La cal viva obtenida por la calcinación de la roca caliza se ha utilizado profusamente desde la más remota antigüedad. Su principal utilidad era, hasta hace apenas sesenta años, la de servir para la elaboración del mortero para la construcción mezclada con arena, pero tradicionalmente también tuvo otros múltiples usos domésticos, industriales y agrícolas, como el blanqueo o enjalbegado de muros y fachadas, la desinfección de las habitaciones y los enterramientos tras las epidemias de peste, el curtido de pieles o la corrección de la acidez de las tierras de cultivo. En la sierra de Guadarrama, montañas formadas fundamentalmente por rocas metamórficas como gneis y granitos no son abundantes los afloramientos de rocas calizas. Antaño sólo se encontraba piedra caliza de calidad para elaborar cal en unos cuantos lugares aislados y dispersos de la vertiente madrileña de la sierra, como Valdemorillo, Cerceda, Chozas de la Sierra (hoy Soto del Real) y Guadalix, y ya más frecuentemente en otras localidades de la vertiente septentrional situadas a lo largo de la línea de contacto entre los materiales metamórficos hercínicos de las laderas segovianas de la sierra con las calizas mesozoicas de origen marino de la submeseta norte, como son Vegas de Matute, Ituero y Lama, Guijas Albas (explícito y revelador topónimo referido a la piedra caliza) y Valdeprados.

Cesáreo Orejudo y Eugenio Moreno, los últimos caleros de la Sierra Segoviana, en una taberna de Vegas de Matute

martes, 18 de marzo de 2014

POLI HERRANZ, EL ÚLTIMO GABARRERO DE SAN RAFAEL

La sierra de Guadarrama es más que naturaleza y hermosos paisajes. De estas montañas secularmente humanizadas, cuyas raíces históricas se van borrando cada vez más en un entorno ya casi periurbano, son también sus gentes. Y nos referimos, por supuesto, no a sus decenas de miles de habitantes, casi todos ellos ciudadanos urbanitas procedentes de Madrid, sino a los pocos supervivientes que quedan de la última generación auténticamente rural que habitó los pueblos serranos, algunos ya convertidos en verdaderas ciudades-dormitorio. Ellos son los depositarios de un legado inapreciable de saberes ancestrales transmitidos de padres a hijos y hoy a punto de perderse, como son las técnicas empleadas en unos oficios practicados en estas tierras desde hace dos mil años, o el conocimiento riguroso de la sierra y de su antigua toponimia. 
          Hace ya unos cuantos meses, en compañía de mi amigo Javier Sánchez, uno de los mejores fotógrafos de Naturaleza que tenemos en España, tuve la oportunidad de entrevistar a uno de estos personajes que sobreviven heroicamente a un mundo que desaparece: Hipólito Herranz, Poli para los amigos, el último gabarrero de San Rafael (Segovia). Poli, un hombre cabal donde los haya, tiene 67 años y lleva ejerciendo el oficio desde que lo aprendió de su padre, también gabarrero. Pero antes que nada habrá que aclarar a los profanos en terminología forestal que la gabarrería era la industria que se encargaba de la corta, la saca y la venta de las leñas de los pinares de la sierra de Guadarrama, una actividad practicada desde tiempos medievales en localidades segovianas como Valsaín, El Espinar y San Rafael y algunas otras de la vertiente madrileña de la sierra. 
          Nuestro amigo nos cuenta cómo, hasta hace cincuenta años, la gabarrería era el oficio más extendido entre los vecinos de San Rafael y su municipio matriz de El Espinar, desde donde bajaban a Madrid cientos de camiones cargados de leña para ser utilizada en fábricas, fundiciones y talleres de todo tipo o vendida al público en las carbonerías como inapreciable combustible para la calefacción en los gélidos inviernos de la posguerra. Otro medio de expedición de las leñas de la localidad era el ferrocarril a través de la estación de El Espinar, de donde partía cargada en vagones hacia más lejanos destinos.

Poli partiendo leña en el monte de Aguas Vertientes. Al fondo, su yegua 
espera pacientemente a ser cargada (fotografía de Javier Sánchez)