domingo, 6 de septiembre de 2026

EL VERANEO HISTÓRICO COMO PATRIMONIO CULTURAL DE LA SIERRA DE GUADARRAMA

Hemos dedicado ya muchas páginas en este Cuaderno de Bitácora a la conservación del patrimonio cultural de la Sierra de Guadarrama, pero no es posible seguir haciéndolo sin referirse al veraneo, el fenómeno histórico y social que allá por la segunda mitad del siglo XIX comenzó a cambiar el destino de sus pueblos y de sus gentes. Y ello nos obliga a hablar de un nuevo tipo humano que irrumpió de repente, buscando descanso y temperaturas estivales soportables, en una sociedad rural curtida por un modo de vida que apenas había cambiado desde tiempos medievales. Al veraneante de la época hay que considerarlo como un arquetipo social tan importante en la cultura del Guadarrama como lo fueron, por ejemplo, el pastor, el carbonero, el cantero o el ganadero, de los que hemos escrito extensamente. Las relaciones entre unos y otros, que no siempre fueron fáciles, es un asunto de gran interés sociológico para la pequeña historia de las montañas sin duda más veraneadas de toda la geografía ibérica. La implantación definitiva de la sociedad urbana a partir de los años 70 y 80 del siglo pasado, y la aparición de un incipiente turismo de masas que ya quisiéramos para hoy dieron fin a la etapa histórica del veraneo tradicional en el Guadarrama. Fueron apenas cien años, pero que lo cambiaron todo. 
          Un chovinismo un tanto cerril que todavía pervive en algunos pueblos de la sierra desde aquella época ha mantenido en el lenguaje local el participio activo «veraneante» como adjetivo o sustantivo con cierta carga despectiva asociada a la holganza, a la futilidad e incluso a la prepotencia, que tiene sus variantes y equivalencias en otros destinos tradicionales de veraneo, como por ejemplo «papardo» en las playas de Comillas y la Magdalena, en Cantabria, y parisien en la de Biarritz. Así, para los naturales de Miraflores de la Sierra, que es el caso que mejor conozco, hasta no hace tanto tiempo, antes de que la actual realidad migratoria lo cambiara todo, todavía había tres grados en la escala genealógica local, por así llamarla: en primer lugar los mirafloreños con arraigo demostrado; después los «carrilanos», gentes que llegaron al pueblo en los años de la posguerra para trabajar en la construcción de la vía del ferrocarril Madrid-Burgos, no pocos de ellos reos acogidos al sistema de redención de penas por el trabajo, que se allí se afincaron y cuyos hijos y nietos todavía sobrellevan el apelativo; y los veraneantes y sus descendientes, siempre advenedizos aunque lleven mucho más de cien años vinculados a una localidad que fundó su colonia de veraneo a finales del siglo XIX. De este modo, por ejemplo, carrilano sería mi buen amigo Pedro Nicolás, destacado guadarramista y expresidente de la Sociedad Española de Alpinismo Peñalara, cuyo abuelo paterno Manuel se estableció en Miraflores después de la guerra civil como contratista de las obras del ferrocarril, y allí se casó con Pilar Arroyo, mirafloreña por los cuatro costados. Mi caso es más grave, por así decirlo: a Miraflores de la Sierra llevaron de niña a mi bisabuela, Concepción Sáenz-Díez, a curarse una tuberculosis en tiempos de Amadeo de Saboya. Casi tres décadas después, en 1899, recordando los felices veranos de su infancia pasados allí, regresó ya casada aunque se presentaba siempre como viuda por motivos que no vienen al caso con sus tres hijos Julio, Isabel y Manuel. Más de 150 años de arraigo familiar a lo largo de cuatro generaciones no bastan para que a uno dejen de colgarle el fastidioso sambenito de «veraneante». No basta tampoco el hecho a mi favor de que con mis libros he ayudado a dar a conocer sus orígenes a las nuevas generaciones de serranos «de pura cepa», ya plenamente urbanas. Por ello me siento moralmente autorizado a publicar estas líneas, y que salga el sol por Antequera...

Los veraneantes constituyeron un nuevo tipo humano característico en los pueblos de la
Sierra de Guadarrama, como estos de San Lorenzo de El Escorial a finales del siglo XIX
(Archivo del CENEAM)
   
De la «colonización» al veraneo. La cuestión social
Los primeros veraneantes en la Sierra de Guadarrama fueron los reyes a partir del establecimiento de la corte en Madrid por Felipe II en 1565, monarca que construyó en los pinares de Valsaín su palacio de El Bosque antes de elegir definitivamente El Escorial como su lugar favorito de retiro. En el reinado de Carlos III el ciclo anual del ocio real establecía pasar la primavera en el Real Sitio de Aranjuez, el verano en el de La Granja de San Ildefonso y el otoño en el de San Lorenzo de El Escorial, en conjunto más de la mitad del año de recreo en la Sierra de Guadarrama.   
          A comienzos de la década de 1860, la construcción de la línea ferroviaria Madrid-El Escorial, primer tramo de la línea del Norte que conectó Madrid con Francia a través de la frontera de Irún, cambió el destino de los pueblos cercanos al trazado de la vía, y afectó igualmente al régimen de propiedad de las tierras inmediatas, que por su proximidad al ferrocarril se revalorizaron enormemente. Inicialmente, las estaciones establecidas a lo largo del trayecto fueron las de Pozuelo de Alarcón, Las Rozas, Torrelodones y Villalba, pero poco después hubo que construir numerosos apeaderos intermedios para dar servicio a los trabajadores que se encargaban del mantenimiento de la línea y a los nuevos propietarios de las extensas superficies de baldíos y encinares que jalonaban la vía, convertidas muchas de ellas en grandes cotos de caza. Estas tierras habían constituido hasta hacía poco tiempo parte de los antiguos montes comunales de los pueblos de Torrelodones y Villalba, y parte también de las posesiones reales de El Escorial, pero a partir de 1855, como consecuencia de la desamortización de Madoz y la enajenación de los bienes de la corona tras la revolución de 1868, salieron a la venta en el mercado de bienes nacionales, lo que constituyó una auténtica bicoca para la nobleza y la alta burguesía madrileñas, siempre ansiosas del prestigio social que otorgaba la posesión de extensos cotos de caza. Este fue el origen de las grandes fincas situadas en los términos de Torrelodones, Galapagar, Villalba y El Escorial, como Las Marías, Cerrolén, La Berzosa, El Pendolero, El Canto del Pico, La Navata, Suertes Nuevas, Las Zorreras, La Granjilla, Campillo, Monesterio y otras, en las que sus nuevos propietarios edificaron lujosas residencias. No en vano llevaban los más sonoros apellidos y ostentaban los más altos títulos y más importantes cargos de la corte: Joaquín Ruiz-Jiménez, ministro de Instrucción Pública con el gobierno de Romanones y alcalde de Madrid en cuatro ocasiones; Gabriel Maura y Gamazo, duque de Maura y también ministro; José María del Palacio y Abárzuza, conde de las Almenas, y unos cuantos prebostes más. Algunas de estas fincas hoy están total o parcialmente urbanizadas, o amenazadas de ello a causa de la especulación urbanística ininterrumpida que se ha cebado en ellas desde entonces por intereses de sus propietarios y los ayuntamientos de los que dependen.
          Pero el efecto poblador del ferrocarril no se limitó a la adquisición de grandes fincas por la alta burguesía de Madrid. El 29 de junio de 1888 se inauguraba el ramal ferroviario Villalba-Segovia, que cruzaba la sierra bajo el Alto del León por un túnel de más de dos kilómetros de longitud, el primero que se construyó para atravesar el Guadarrama. El tren hacía parada en las estaciones de Collado Mediano, Cercedilla, El Espinar, Otero de Herreros y La Losa, y alrededor de las estaciones principales y de algunos apeaderos muy pronto comenzaron a edificarse colonias de veraneo formadas por sencillos «hotelitos» de una planta construidos en los más variopintos estilos y con un jardín rodeado por enrejado de hierro, como los que se edificarían poco después en Madrid, en la Ciudad Lineal y en otras colonias de tipo ciudad-jardín que propició la Ley de Casas Baratas de 1911. Eran los chalets, como por esnobismo empezaba a conocerse ya entonces a toda vivienda unifamiliar construida en el campo, se pareciese o no a las cabañas de los pastores de los Alpes llamadas así, un galicismo que hoy, como herencia del pertinaz estereotipo inmobiliario español, se ha instalado definitivamente en nuestro lenguaje. Con más medios económicos y por tanto con mejores materiales de construcción se edificaban también pequeños palacetes de estilo vasco o suizo que revelaban las pretensiones sociales y preferencias estéticas de sus dueños. Ya por entonces el ilustre arquitecto vinculado a la Institución Libre de Enseñanza Leopoldo Torres Balbás, en un artículo publicado en el Anuario del Club Alpino Español de 1919 titulado «La arquitectura moderna en la Sierra de Guadarrama», criticaba esta abigarrada variedad de estilos y materiales constructivos de las colonias de veraneo, sobre todo el ladrillo rojo y la teja plana, ajenos, según decía, al estilo tradicional de las construcciones serranas tan integradas en el paisaje. Y no le faltaba razón, aunque hoy esas construcciones las tenemos muy valoradas y muchas de ellas catalogadas y protegidas. Podemos imaginar lo que pensaría hoy si pudiera ver las urbanizaciones construidas a partir de los años sesenta y setenta, de las que vamos a ocuparnos más adelante. 
 
Hotelito o chalet de veraneo en la Colonia del doctor Rubio, en Guadarrama (Madrid)
El veraneo en Villalba. Revista "Nuevo Mundo", nº 501. Madrid 1903

         En 1883 se empezó a construir la colonia de la estación de Torrelodones por iniciativa de Antonio Briones, un rico terrateniente que se convertiría en uno de los primeros promotores de la historia del urbanismo en la Sierra de Guadarrama. Contaba entonces con siete casas de veraneo ocupadas por apenas veinte residentes, entre ellos el torero Salvador Sánchez, Frascuelo, a quien la infanta Isabel de Borbón, la Chata, acostumbraba a pasar a saludar haciendo detener el tren cuando salía de viaje hacia las playas del norte, antes de establecer su lugar definitivo de veraneo en el palacio de La Granja de San Ildefonso. Por los mismos años se empezó a construir la colonia de la estación de Villalba, con medio centenar de viviendas para los empleados del ferrocarril y numerosos hotelitos de verano. Se construyeron también colonias de veraneo alrededor del apeadero de Las Matas Altas (hoy Las Matas), en el lugar que ocupaba una antigua venta y casa de postas que desde finales del siglo XVIII daba servicio a los viajeros que transitaban por la antigua carretera de Castilla. En 1900 la colonia de veraneo de Los Molinos ya contaba con diez viviendas construidas al lado del pequeño apeadero del ferrocarril, y en 1914 ya se estaban edificando las de las estaciones de Mataespesa-Alpedrete, Galapagar y Zarzalejo. 
          La colonia de veraneo más importante fue la de San Lorenzo de El Escorial, que como real sitio era uno de los destinos tradicionales de los reyes y que por obvias razones de «distinción» social se convirtió también en la favorita de las clases medias más acomodadas. Ya a finales del reinado de Alfonso XII, comprar allí un pequeño terreno para edificar un hotelito de veraneo era el objetivo de no pocas familias madrileñas, aunque fuera a costa de ímprobos ahorros y sacrificios. Una guía de viaje de la época, destinada a los pasajeros que realizaban por primera vez el trayecto a El Escorial, anunciaba en 1885 que «en el paseo de los Terreros, huerta de Janer, se venden solares muy propios para edificar casitas de recreo»(1). En Las Navas del Marqués, siguiente parada de la línea, surgió otra importante colonia de veraneo alrededor de la estación de ferrocarril, donde a finales del siglo XIX ya se habían edificado numerosos hotelitos de veraneo en el gran solar de las antiguas Eras del Bolo. El mercado inmobiliario, que vivía momentos de esplendor en Madrid con la venta de terrenos e inmuebles en los recién trazados barrios del Ensanche y de los numerosos solares procedentes de los conventos derribados tras la desamortización de Mendizábal y la revolución de 1868, acababa de descubrir un filón de oro inagotable en la Sierra de Guadarrama. A la salida del túnel de la Tablada, ya en la vertiente segoviana, surgió en los primeros años del siglo la colonia de San Rafael, en el lugar de la antigua venta del mismo nombre situada en la carretera de Castilla, para la que hubo que construir un apeadero. Allí se establecieron varias familias madrileñas muy conocidas, entre ellas la de Ramón Menéndez Pidal, que hasta entonces había pasado los veranos en El Paular, a donde no quiso volver nunca más tras la muerte en el monasterio de su pequeño hijo Ramón, de cuatro años de edad, en el verano de 1908.

Veraneantes de la colonia de San Rafael. Tarjeta postal de comienzos del siglo XX (BNE)

           A diferencia de la conservadora y elitista colonia veraniega de El Escorial, en El Paular se concentró un pequeño grupo de veraneantes formado por intelectuales progresistas y artistas vinculados a la Institución Libre de Enseñanza, que encontraban alojamiento en las celdas abandonadas del ruinoso monasterio. Allí no buscaban ambiente elegante ni comodidades. No tenían luz eléctrica y se alumbraban con velas de sebo de vaca, y en el mejor de los casos con lámparas de petróleo. Para lavarse usaban las aguas cogidas con cántaros de las numerosas fuentes de los patios de la cartuja, y como aseo un simple agujero en el suelo tapado con un cajón de madera, como cuenta en sus memorias manuscritas Fernanda Troyano de los Ríos, hija de uno de aquellos veraneantes, entonces una niña. El viaje hasta El Paular era muy largo e incómodo, «mucho más viaje que si ahora fuéramos a Rusia», según describe en las mismas, pues había que hacerlo en diligencia por la carretera de Francia y después recorrer en toda su longitud el valle de Lozoya, o viajar hasta Colmenar Viejo en un pequeño ferrocarril de vía estrecha, después tomar un carricoche tirado por mulas hasta Miraflores de la Sierra, donde se hacía noche en la fonda de Alejo Aragón, quien al día siguiente hacía las veces de guía para cruzar a pie o a caballo el puerto de la Morcuera por el camino viejo de El Paular. Aquellos primeros veraneantes en el entonces recóndito monasterio llevaban sus colchones, mantas, ajuar de cocina y otros enseres aprovechando el viaje de vuelta de las carretas de bueyes que por la carretera de Francia transportaban hasta Madrid sacos de patatas de las huertas del valle o vigas y tablones de madera del aserradero de los Belgas. En El Paular coincidieron, además del ya mencionado Ramón Menéndez Pidal y su mujer María Goyri, un grupo reducido y selecto de escritores, poetas, periodistas, pintores y autores teatrales formado por José Ibáñez Marín, Pío Baroja, Rafael Cansinos Assens, Rafael Troyano, padre de la niña Fernanda cuyo testimonio hemos traído aquí, Francisco Fernández Villegas, Enrique de Mesa, Enrique de la Vega, y Enrique Simonet, entre otros menos conocidos.
          En 1901, por iniciativa del doctor Federico Rubio y Galí, impulsor en España de los últimos avances de la cirugía y de la higiene y amigo muy cercano de Francisco Giner de los Ríos, con quien había participado en la fundación de la Sociedad para el Estudio del Guadarrama en 1886, se construyó el balneario de La Porqueriza sobre un manantial de aguas sulfuro-sódicas descubierto pocos años antes a un kilómetro escaso de la localidad de Guadarrama y por cuyas propiedades curativas y medicinales este ilustre galeno sentía verdadero entusiasmo. La moda del higienismo, venida desde Europa en gran parte de su mano y de la de otros renombrados médicos españoles que divulgaban las bondades de la hidroterapia y la vida al aire libre, convirtió a este establecimiento en uno de los más renombrados y rentables del país. En apenas unos años se construyó a su alrededor la llamada Colonia del Doctor Rubio, que contaba con instalaciones para la toma de aguas, un hotel, un casino, una iglesia y numerosos chalecitos de veraneo.

Comedor de la Colonia del doctor Rubio, en Guadarrama. Tarjeta postal de comienzos
del siglo XX (BNE)

          Al poco tiempo, para dar servicio a este balneario y a otro que fue construido poco después en la subida al Alto del León, sobre el manantial de aguas «radioactivas» de La Alameda, se construyó el apeadero de Tablada, última parada del tren antes de cruzar la sierra por el túnel excavado bajo el puerto. La afluencia de veraneantes a las cada vez más numerosas colonias surgidas a la sombra de estos dos balnearios obligó a construir la estación de Los Molinos, alrededor de la cual se construirían decenas de chalets en los años siguientes en las colonias de Matalaguna y Las Eras. Gracias a su privilegiado emplazamiento entre espesos pinares al mismo pie del puerto de la Fuenfría, la localidad de Cercedilla comenzó a rivalizar con San Lorenzo de El Escorial como colonia de veraneo. En 1909 estaba constituida por unas ciento cincuenta familias que habitaban en un segundo núcleo urbano construido alrededor de la estación del ferrocarril y formado por hermosos hoteles, algunos de ellos verdaderamente suntuosos. Por su elegancia un valor prioritario entre las clases pudientes y sus espléndidas vistas, atrajo en esta época a destacados miembros de la alta sociedad madrileña, como el jefe de gobierno José Canalejas, el Premio Nobel de Medicina Santiago Ramón y Cajal, que había veraneado años antes en Miraflores de la Sierra, y el pintor Joaquín Sorolla, que moriría allí, en su residencia Casa Coliti, en 1923. En ese mismo año se inauguró el Ferrocarril Eléctrico del Guadarrama, cuyos promotores construyeron la Colonia de Camorritos, hoy de plena actualidad mediática por haber quedado en un limbo legal tras vencer la concesión de los terrenos en los que fue levantada. 
          Hubo otro proyecto de un ramal ferroviario que comunicaría Cercedilla con La Granja de San Ildefonso a través de un túnel bajo el puerto de la Fuenfría, pero se desistió de su construcción por la oposición del rey Alfonso XII, quien no quería ver convertido este real sitio en un lugar de veraneo tan frecuentado como El Escorial. Eso que le debemos a su breve majestad.

Joaquín Sorolla rodeado de su familia en su casa de Cercedilla con motivo de
la boda de su hija Elena en 1922, un año antes de su muerte (Archivo Ragel)

          En la parte oriental de la sierra, muy alejada de la línea del Ferrocarril del Norte, la línea Madrid-Burgos no se inauguraría hasta 1968 habría que esperar a los años posteriores a la guerra civil para que la mayor parte de los pueblos empezaran a fundar sus colonias de veraneo, en esta zona mucho más humildes. Sólo la localidad de Miraflores de la Sierra, privilegiada por sus hermosos alrededores y sus agradables temperaturas veraniegas, había podido establecer en los últimos años del siglo XIX una nutrida colonia de veraneo que ya en la primera década del siglo XX casi podía competir por su importancia con la de Cercedilla, aunque en aquellos años hasta allí solo se podía llegar en diligencia después de un viaje de casi seis horas, hasta que alrededor de 1915 se estableció un servicio de traqueteantes camionetas ‒llamadas entonces omnibus que redujeron la duración a poco más de dos. Allí veranearon a principios de siglo el ya mencionado Santiago Ramón y Cajal y su colega Federico Olóriz, y ya en la década de los años 30 el que fue presidente de la Segunda República, Niceto Alcalá Zamora. Además de veraneantes ilustres, en Miraflores hubo también, por así llamarle, un «invernante» no menos insigne que iba a contracorriente y buscaba lo mucho que ofrecía ya entonces el invierno en la Sierra de Guadarrama. Era el pintor catalán Jaime Morera, que pasó allí los inviernos de 1891 y 1892 buscando paisajes para sus cuadros acompañado de un guía del pueblo llamado Anselmo.

Santiago Ramón y Cajal y Federico Olóriz jugando al ajedrez en la casa del primero,
en Miraflores de la Sierra, durante el verano de 1898 (AGA)
Recorte de prensa del año 1964 en el que mi abuelo describe, entre
otros aspectos del veraneo en Miraflores de la Sierra a
comienzos del siglo XX, el viaje en diligencia desde Madrid
(Archivo familiar del autor)
Llegada de la diligencia a Miraflores de la Sierra a comienzos del siglo XX. Fotografía
de Emilio Martínez Passapera (Archivo municipal de Lloret de Mar)

          Pero no todo era tan elegante y prometedor. Otros pueblos, por su situación desabrigada y expuesta o por no gozar de un entorno acorde con los gustos paisajísticos de la época, más inclinados hacia el patrón usual que marcaban las postales de los Alpes suizos, no merecieron la atención de los veraneantes. A pesar del empleo de la palabra «colonia» para denominar a estos asentamientos veraniegos, en el sentido civilizador que se le daba entonces al poblamiento de estas zonas del país que en la práctica estaban tan olvidadas como algunas junglas de las recién perdidas provincias de Filipinas, las condiciones sanitarias de sus habitantes no preocupaban demasiado a la mayoría de los divulgadores de las excelencias del veraneo en la sierra y de las propiedades curativas de las aguas de sus balnearios. Baltasar Hernández Briz, otro ilustre médico de la época que escribió una célebre guía sobre las bondades higiénicas de la zona, refiriéndose a Zarzalejo, a apenas unos kilómetros de la elegante colonia de veraneo de San Lorenzo de El Escorial, decía que «su población está en un estado primitivo y sus casas parecen algunas de la edad de piedra»
(2)
. Constancio Bernaldo de Quirós, fundador de la Sociedad de Alpinismo Peñalara, en el relato de una excursión realizada a principios de otoño de 1904 por las montañas que rodean el Real Sitio de San Lorenzo se refería en términos mucho más explícitos al pueblo de Robledondo:

«Casas mezquinas, decrépitas, de una construcción casi paleolítica, se derrumbaban en callejuelas tortuosas convertidas en muladares, por las cuales vagábamos sin encontrar un ser viviente. Tan sólo algunas viejas, horribles viejas atacadas del bocio se congregaban bajo sórdidos umbrales, volviéndose al rayo de sol que rompía a veces la cerrazón de una tarde de otoño. Y aquella aldea, perdida en la entraña de la sierra, daba así la impresión de un lugar ingrato abandonado por sus moradores y en el cual hubiera anidado una legión de malas hechiceras. El paisaje quebrado y frío ponía un fondo adecuado a estas figuras. Con su corte fantástico, profundo, el cerro de San Benito se erguía en uno de los términos primeros, tal cual Doré le hubiera dibujado en un país de brujas»(3). 

          Este aspecto de la entonces llamada «cuestión social» relativa al veraneo de las clases pudientes no le interesaba a casi nadie dentro del ámbito del guadarramismo, exceptuando a tres miembros de la entonces elitista Sociedad de Alpinismo Peñalara que escribieron sobre ello: el ya mencionado Constancio Bernaldo de Quirós, su fundador, que trabajaba en el Instituto de Reformas Sociales, Alberto de Segovia, uno de sus socios posicionados más a la izquierda, y Juan Almela Meliá, socialista militante prohijado por Pablo Iglesias. En otros países más alejados pero que todavía formaban parte de la acomodada y ya decadente Europa de las playas veraniegas y los balnearios, como la Rusia de los zares, el veraneo estaba en el punto de mira del anarquismo y el bolchevismo. En 1904, el mismo año en el que Bernaldo de Quirós escribía sobre las míseras condiciones en las que vivían los habitantes de Robledondo, el escritor, político y dramaturgo ruso Máximo Gorki estrenaba su obra teatral Veraneantes, en la que ponía el dedo sobre esta llaga y anunciaba tensiones revolucionarias. En España, pocos años antes, el 8 de agosto de 1897, había sido asesinado el veraneante más importante y conocido del país, Antonio Cánovas del Castillo, jefe de gobierno y artífice de la restauración monárquica en la persona de Alfonso XII, mientras tomaba las aguas en el balneario guipuzcoano de Santa Águeda. La guerra civil y la posterior represión durante el régimen de Franco no hicieron sino ahondar este abismo. Así, en el número 5 del semanario anarcosindicalista Campo Libre, órgano oficial de la Federación Regional de Campesinos del Centro, de la CNT, el columnista que firmaba como El Reporter escribía el 21 de agosto de 1937 refiriéndose a Miraflores de la Sierra:

«Las calles del lugar son estrechas, retorcidas y empinadas; las casas pequeñitas y limpias, con una higuera, una parra o un zarzal al pie, como son las viviendas de todas las serranías. De trecho en trecho destaca un palacete, un hotel, chalet o casa veraniega, que desdice, mejor dicho, que dice la poca vergüenza que debieron tener sus dueños. Si yo hubiera sido capitalista y concupiscente no hubiera motivado estos contrastes, porque habría hecho mi residencia a cien leguas de la última choza. Este año no hay veraneantes, y yo conjeturo que por eso mismo no ha habido peste».


Mujeres de Robledondo a comienzos del siglo XX (Anuario CAE, 1919)

          Aunque los veraneantes de la clase media madrileña eran mucho menos engolados y exigentes que los de la rancia aristocracia de la corte, ello no impedía que fueran vistos por los curtidos y recelosos habitantes de los pueblos como unos señoritos extravagantes que se apeaban de los trenes o las diligencias al comenzar cada verano, siempre con su pesado equipaje de colchones, mantas y todo tipo de ajuar doméstico y al cargo de ruidosos tropeles de chiquillería. Sin embargo, a pesar de la desconfianza que creaba la marcada conciencia de clase de la época, eran bien recibidos por las gentes de la sierra, porque se abastecían de todo lo necesario en los humildes establecimientos de los pueblos, y porque durante los tres meses de verano alquilaban muchas casas y los carros y caballerías con los que realizaban sus bulliciosas excursiones y comidas campestres. No era de extrañar que cuando llegaba el otoño y regresaban a Madrid, la tristeza se apoderara del vecindario durante el largo invierno hasta el verano siguiente. Sin embargo, el clasismo exacerbado de algunos veraneantes y la cerrazón y el chovinismo de una parte de la población local abrió a veces un abismo insalvable de enemistad entre dos mundos separados entonces por enormes diferencias sociales, económicas y culturales, lo que no impedía en ocasiones los matrimonios entre veraneantes y vecinas de los pueblos. Este enfrentamiento, casi siempre latente y encubierto, estallaba de vez en cuando en conflictos violentos y perduró, aunque de forma residual, hasta los años 60-70 del siglo XX(4).
          Por otros motivos menos importantes, los veraneantes tampoco eran bien vistos por algunos avezados excursionistas madrileños con cierto eco público, como el ya mencionado miembro de la Sociedad de Alpinismo Peñalara Alberto de Segovia, quien en 1910, sin nombrarla, se refería a los veraneantes de la colonia de Miraflores de la Sierra como ejemplo de frivolidad e indolencia. Dado que soy miembro de esta centenaria sociedad deportiva y que mi familia ha veraneado en Miraflores desde hace más de 150 años, me arrogo el derecho a rebatir un poco más adelante las antiguas acusaciones del descontentadizo «alpinista», que transcribo a continuación:

            «Da lástima contemplar el uso estético que hacen de la Sierra la mayoría de las “distinguidas”, de las “respetables” familias que veranean en sus distintos pueblecitos. Me explicaré con un ejemplo que citaré a modo de historia clínica, para estudiar la patología de las “colonias veraniegas”. En el valle del Manzanares hay un pueblo bastante bonito que antes tuvo nombre relacionado con cerdos y hoy lo tiene relacionado con flores. En este pueblo veranean una serie de familias de bastante buena posición social y económica. Hay varios hoteles, algunos muy elegantes y valiosos. En fin, que es un pueblo, si no de la importancia veraniega de Cercedilla, El Escorial, Las Navas, ni otros así, de una importancia poco más o menos como la de Villalba, Torrelodones, Robledo de Chavela, etc., etcétera. ¿Quiere saber el lector en qué consiste el género de vida que hacen estas familias durante los meses de estío? Yo lo sé de buena tinta, porque lo he presenciado las veces que he ido a ese pueblo en mis correrías por la Sierra. Se levantan de la cama al mediodía, almuerzan, duermen la siesta, dan un paseíto minúsculo ―inferior al menor que podrían dar y que darán en Madrid― hasta una fuente próxima o sitio determinado de igual manera, y al Casino a bailar hasta la hora de comer. Terminada la comida, otra vez al salón de baile hasta bien avanzada la madrugada. ¿Qué le parece al lector esto? Y tenga en cuenta que ese pueblo tiene alrededores magníficos para hermosos paseos y excursiones para interesantes ascensiones; pero esos alrededores permanecen vírgenes de la exploración de los veraneantes...»(5). 

Excursiones y paseos campestres 
Estas acusaciones de Alberto de Segovia tachando a los veraneantes de ociosos y dormilones estaban en gran parte infundadas. A comienzos del siglo XX el excursionismo se imponía entre las clases acomodadas madrileñas que frecuentaban la Sierra de Guadarrama, desde que la Institución Libre de Enseñanza introdujera en España la corriente pedagógica que pretendía armonizar al hombre con la naturaleza a través de las salidas al campo y la montaña. Quizá la excepción en esta tendencia estaba representada por la conservadora colonia escurialense, cuyo ocio se ajustaba a un ritmo estático y sedentario casi invariable: por la mañana misa en la basílica, seguida del obligado paseo por la lonja para dejarse ver en sociedad, y al mediodía tomar el aperitivo en las terrazas. Solamente por la tarde, tras la siesta, se daban paseos a la fresca por el Jardín del Príncipe y La Herrería, hasta la Silla de Felipe II. Los más aventureros subían al pinar de La Jurisdicción y hasta la cima de Abantos, como había hecho casi hasta su muerte en 1898 el médico y famoso entomólogo Mariano de la Paz Graells, quien hasta la edad de ochenta años salió de excursión regularmente en busca de nuevas especies de mariposas, pero predominaba, aquí sí, el prototipo de veraneante ocioso tan criticado por Alberto de Segovia.
 
Veraneantes de excursión en la Silla de Felipe II, y por la tarde en 
el jardín de Villa María. Verano de 1898 (Revista "Nuevo Mundo")

          No era el caso de las colonias de otras localidades serranas, como Navacerrada, Cercedilla, El Paular y Miraflores de la Sierra, que organizaban numerosas excursiones a los parajes más destacados de sus alrededores. Los hermanos Juan y Alberto Clot fueron los iniciadores de las giras y caminatas que hacían los veraneantes de Cercedilla hasta el puerto la Fuenfría y a las cumbres que lo flanquean. Por su parte, el filólogo Ramón Menéndez Pidal, veraneante en el monasterio de El Paular desde 1901, realizaba junto a su mujer María Goyri y al también filólogo francés Jean Ducamin, autor de la primera edición paleográfica del Libro de Buen Amor del arcipreste de Hita, frecuentes recorridos por las montañas que rodean el valle de Lozoya recopilando de boca de los pastores viejos romances y canciones medievales. Dentro del pequeño grupo de veraneantes que frecuentaban el monasterio estuvo hasta 1909, año en que murió en la guerra de Melilla, el comandante José Ibáñez Marín, fundador de la Sociedad Militar de Excursiones. También frecuentó El Paular durante algún tiempo, como ya hemos mencionado, el joven y aún no consagrado escritor Pío Baroja, que se inspiró en estos paisajes para ambientar una de sus primeras novelas, Camino de Perfección (1902), en la que describe una excursión a la cumbre de Peñalara. Allí acudía igualmente el poeta Enrique de Mesa, que en 1902 descubrió junto a Constancio Bernaldo de Quirós y otros jóvenes amigos las abandonadas ruinas de la antigua cartuja y se convirtió en el más sentido y entusiasta divulgador de las bellezas del valle del Paular. Colaborador con la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas desde su creación, publicó en 1910 sus Andanzas Serranas, un libro de impresiones inspiradas por sus excursiones por la sierra de Guadarrama, seguido en 1916 por El silencio de la cartuja, al que la Real Academia Española otorgaría un año después el premio Fastenrath de poesía. Aquel pequeño grupo de jóvenes que formaban Enrique de Mesa, Enrique de la Vega, Enrique García Herreros, Luis de Gorostizaga y Constancio Bernaldo de Quirós, éste último discípulo de Giner de los Ríos en la Universidad Central, se convertiría en el núcleo fundacional de la Sociedad Española de Alpinismo Peñalara.

Excursionistas y su guía en el puerto de los Cotos, hacia 1910 (Archivo de José Antonio Vallejo)

          En Miraflores de la Sierra, localidad en la que centraba sus críticas Alberto de Segovia, los veraneantes organizaban a comienzos del siglo XX numerosas excursiones a pie o a caballo cruzando el puerto de la Morcuera hasta el monasterio de El Paular. De ellas, como de otros varios aspectos del veraneo en la época, se ha conservado una excepcional colección fotográfica en el archivo municipal de Lloret de Mar, original de Emilio Martínez Passapera, pariente de Mariano Passapera, uno de los veraneantes de la época. Muchas de las fotografías que hizo durante los veranos que pasaba en Miraflores junto a su familia fueron objeto de una interesante exposición organizada hace tres años por la Asociación Cultural Villa de Miraflores 1523. Hemos reproducido tres de ellas para ilustrar esta entrada.

Excursión a caballo desde Miraflores de la Sierra al puerto de la Morcuera, hacia 1910
Fotografía de Emilio Martínez Passapera (Archivo municipal de Lloret de Mar)
La Cartuja de El Paular en 1878, dibujo del natural de José María Riudavets. Este
conocido ilustrador de la segunda mitad del siglo XIX transmitió a sus hijos Julio y
María su amor por El Paular. Veraneantes ambos junto a su madre en Miraflores de
la Sierra a comienzos del siglo XX, participaron en numerosas excursiones a este lugar
(La Ilustración Española y Americana)

          En las excursiones a la Morcuera y El Paular eran habituales, entre otros miembros de la colonia mirafloreña, Vicente Portillo, Julio Danvila, Remigio Ramírez, Juan Cervantes, José García Benítez, Mariano Passapera, José Nicolás Serrano, Federico Olóriz (hijo), los hermanos Julio y María Riudavets y Julio Vías Sáenz-Díez, mi abuelo, quien junto a su hermano Manuel hizo esta excursión durante años y al menos dos veces en el verano de 1913, una de ellas con ascensión a la cumbre de Peñalara, como relataba en dos tarjetas postales que escribió durante aquellas vacaciones estivales a la que sería mi abuela muchos años después. Según contaba mi padre, a mi abuelo Julio le horrorizaba ver como la guardesa del monasterio, La Justa, vendía a los excursionistas quesos de cabra envueltos en páginas arrancadas de viejos legajos manuscritos en el mismo papel fabricado en el batán de El Paular con el que se imprimió la edición príncipe del Quijote, últimos restos de la biblioteca y el archivo monásticos expoliados tras la desamortización de 1836. La sensibilidad artística y la inquietud cultural eran algunas de sus virtudes, y aprovecho para insistir aquí que no era de esos veraneantes que se levantaban al mediodía para enseguida echarse a dormir la siesta, a los que acusaba sin muchas pruebas el ínclito guadarramista Alberto de Segovia. En aquellos años estudiaba medicina en la facultad de San Carlos y tenía como profesores a Santiago Ramón y Cajal y a Federico Olóriz, también veraneantes en Miraflores de la Sierra aunque Cajal ya había trasladado su lugar de veraneo a Cercedilla‒, y a Gregorio Marañón como amigo y condiscípulo de su misma promoción, la de 1909. Al igual que ellos, como médico de su tiempo era defensor del higienismo y la vida al aire libre. La tradición excursionista familiar en la Sierra de Guadarrama y la devoción por El Paular tuvieron continuidad con mis padres durante las décadas de los años 40 y 50, y hasta hoy las hemos mantenido sus hijos. Por ello, aprovecho este párrafo para incluir algunas fotografías de mi archivo familiar que vienen al caso y reivindicar el uso de la hermosa palabra «excursión», generalizada por la pedagogía de la Institución Libre de Enseñanza, frente a la insulsa expresión «actividad» tan empleada hoy día por las asociaciones deportivas y senderistas.

Mi abuela Ana María Macías en Miraflores de la Sierra durante
un paseo vespertino en el verano de 1917. La fotografía está
tomada exactamente en el lugar donde mi abuelo Julio construiría
su casa muchos años más tarde (Archivo familiar del autor)
Tarjeta postal escrita por Julio Vías Sáenz-Díez con la técnica de escritura cruzada al
uso en la época, en la que da cuenta de una excursión a caballo que hizo desde
Miraflores de la Sierra hasta El Paular en julio de 1913 (Archivo familiar del autor)
Anverso de la anterior con fotografía de Ricardo Font, también destacado
miembro de la colonia de veraneantes a comienzos del siglo XX (Archivo familiar del autor)
 
Tarjeta postal escrita por Julio Vías Sáenz-Díez en la que se da cuenta de la
segunda excursión realizada a El Paular en el verano de 1913, esta vez con subida
a la cima de Peñalara (Archivo familiar del autor) 
Anverso de la anterior con fotografía de Ricardo Font, fechada y firmada
(Archivo familiar del autor)
Julio Vías Sáenz-Díez con dos amigos del pueblo en el puente del Molino de
Salustiano, en Miraflores de la Sierra. Fotografía de Ricardo Font que ilustra una tarjeta
postal a la que he añadido un retrato suyo de la misma época. ca. 1910
(Archivo familiar del autor)
Julio Vías Macías en la Parada del Rey, paraje histórico de Miraflores de la
Sierra situado al pie de la Najarra. Fotografía tomada por Raimundo de Miguel
Acero el 14 de diciembre de 1941, día en que cumplía 20 años (Archivo familiar del autor)
Clara Alonso, mi madre, sentada ante la puerta del todavía ruinoso monasterio
de El Paular con mi tía Isabel Vías y el joven compositor Cristóbal Halffter.
Fotografía tomada por mi padre durante una excursión realizada desde Miraflores
de la sierra en el verano de 1946 (Archivo familiar del autor)
El Paular siempre cercano: el autor junto a su madre, hermanos y una prima en el
patio del Ave María del monasterio. Fotografía tomada por mi padre durante
una excursión realizada desde Miraflores en verano de 1967 (Archivo familiar del autor)

          
Al otro lado de la sierra, en la colonia de veraneo del Real Sitio de La Granja de San Ildefonso gobernaba con aires de reina la infanta Isabel de Borbón, desde que en 1891 la reina regente María Cristina de Habsburgo decidió trasladar su lugar de veraneo al palacio de Miramar, en San Sebastián. La Chata, como así era conocida popularmente, había sido Princesa de Asturias y heredera del trono hasta el nacimiento de su hermano Alfonso XII, y seguramente no quería compartir el protagonismo palaciego con su cuñada. Ella era la figura central de los veranos en La Granja y la anfitriona de las animadas excursiones que la casa real organizaba todos los años a la cima de Peñalara, al puerto de la Fuenfría, a las cumbres de Siete Picos y Montón de Trigo o al monasterio de El Paular. En ellas hacía de guía el ingeniero jefe del Pinar de Valsaín Joaquín María de Castellarnau, a quien el rey había encomendado la organización y dirección de las mismas y la comprometida tarea de ilustrar sobre la historia, el paisaje, la vegetación y las aves del pinar al nutrido cortejo de veraneantes que seguían a los reyes y a otros miembros de la familia real. Estas excursiones se hacían siempre a caballo, a lomos de los magníficos corceles de las caballerizas de palacio y de las cuadras de la aristocracia, o cuando el terreno era muy accidentado y abrupto en humildes «blases», como se denominaban a las mulas y pequeños caballos de raza serrana que alquilaba el tío Blas, un vecino de La Granja muy popular en la época que desde mediados del siglo XIX regentó este negocio aprovechando la gran demanda de cabalgaduras por parte de los veraneantes. Entre los innumerables personajes de la alta sociedad que participaban en estas excursiones, destacaban otros expertos conocedores de la historia y las ciencias naturales en el Guadarrama, entre otros el también ingeniero de Montes y naturalista Rafael Breñosa, y el astrónomo y meteorólogo Augusto Arcimís, autor de algunas de las fotografías que se reproducen a continuación.
 
Excursionistas posando ante el Risco de los Pájaros, en el macizo de Peñalara, durante
una marcha realizada por la colonia de veraneantes de La Granja hacia 1885. Fotografía
tomada por el ingeniero de Montes Joaquín María de Castellarnau (Archivo Peñalosa)
La infanta Isabel de Borbón montada a la amazona en un humilde y desventurado
«blas» durante una excursión por el pinar de Valsaín en 1902. Fotografía de
Augusto Arcimís (IPCE Ministerio de Cultura)
Un grupo de señoras veraneantes disponiéndose a comer en el pinar de Valsaín
durante la misma excursión. Fotografía de Augusto Arcimís (IPCE Ministerio de Cultura)

Bailes y representaciones teatrales. El Hotel y Casino Julia, en Miraflores de la Sierra. 
La diversión de los veraneantes más criticada por Alberto de Segovia era, como hemos visto, la de acudir al casino para jugar al billar, bailar al ritmo de valses, polcas y rigodones o asistir a la representación de piezas teatrales breves, generalmente comedias o sainetes en un acto de autores de moda, que buscaban la risa fácil y el entretenimiento rápido. Los casinos más exclusivos y elegantes de la sierra estaban en San Lorenzo de El Escorial. El más antiguo era el Casino de la Peña de San Lorenzo, junto al Laberinto, y el más elitista el del Hotel Miranda & Suizo de la calle Floridablanca, lugar de tertulia para los políticos e intelectuales de la época que veraneaban en el real sitio. Las representaciones teatrales se celebraban en el Teatro Lope de Vega hoy Real Coliseo de Carlos III, en el Paraninfo o en la Casita del Príncipe, organizados casi siempre por dos conocidos veraneantes de la época: el autor teatral Javier Cabello Lapiedra, que componía sainetes y otras piezas festivas para ser representadas por los miembros de la colonia, y la entonces célebre actriz aficionada Rosario Muro.

La actriz y veraneante Rosario Muro en la
representación de un sainete durante las fiestas de San
Lorenzo de El Escorial de 1917 (Semanario La Esfera) 
      
                    En otros lugares de veraneo no tan exclusivos y renombrados como El Escorial y La Granja, la función social de los elegantes casinos se improvisaba como se podía y sin apenas medios. En El Paular, según el testimonio insustituible de Fernanda Troyano de los Ríos, el dramaturgo y autor de sainetes Enrique de la Vega, Veguita, y Francisco Fernández Villegas, Zeda, periodista y crítico teatral, eran los animadores de los veraneos en la primera década del siglo XX, organizando juegos florales y pequeñas representaciones teatrales en las que intervenía la famosa actriz Amparo Villegas, hija de este último. Según recordaba esta antigua veraneante de niña en El Paular, fue inolvidable el sarao organizado durante el verano de 1912 en mitad del jardín del claustro gótico del monasterio, con el templete que cubre la fuente adornado con guirnaldas de colores y farolillos a la veneciana. En algunos otros pueblos de la vertiente madrileña  de la sierra se abrieron sencillos salones de baile de carácter popular por iniciativa de asociaciones locales con fines benéficos, educativos o de recreo, y que estaban adornados con nombres salutíferos y relajantes. Fueron muy conocidos El Paraíso, en Villalba, La Armonía en Manzanares el Real, La Alegría Serrana, en Moralzarzal, La Paz de Los Molinos, en Los Molinos y la Brisa de Guadarrama, en Guadarrama, estudiados en profundidad por mi buen amigo Miguel Ángel, Nanqui Soto. En Miraflores de la Sierra, por iniciativa de Felipe Carazo y su mujer Julia Altozano, se abrió en 1902 el Hotel y Casino Julia en un bonito edificio de estilo neomudéjar con fachada de aparejo toledano situado al comienzo de la carretera de Rascafría, que todavía se conserva en buen estado. Por su valor histórico y arquitectónico está incluido en el Catálogo de Bienes y Espacios Protegidos de Miraflores de la Sierra, y sobre su historia puedo aportar algunos datos inéditos gracias a los testimonios de antiguos veraneantes y a viejos papeles y documentos de mi archivo familiar y del de mi primo José Manuel López-Romero Carazo, su actual propietario. Tras conseguir recuperarlo después de un largo y accidentado arrendamiento, José Manuel lo ha destinado a un uso completamente al margen del mercado inmobiliario: servir como lugar de reunión familiar para rememorar y celebrar in situ aquellos animados y alegres veranos de nuestros abuelos a comienzos del siglo XX. Un acto quijotesco, o al menos a mí me lo parece.
 
El antiguo casino Julia en 2017, cuando todavía era un bar de copas muy conocido.
El horrendo tejadillo de madera colocado sobre la puerta fue retirado por requerimiento
del autor de estas líneas, siendo concejal de Medio Ambiente y Urbanismo
en el Ayuntamiento de Miraflores de la Sierra
Mi abuela Ana María Macías, sentada junto a sus padres a la puerta del
Casino Julia de Miraflores de la Sierra, en el verano de 1917,
exactamente cien años antes de tomarse la fotografía anterior
(Archivo familiar del autor)
Publicidad del Hotel Julia a comienzos del siglo XX
(recorte de prensa de procedencia desconocida bajado de internet)

          En el Casino Julia se creó en los primeros años del siglo XX la llamada Compañía Colonial de Miraflores de la Sierra, constituida por un nutrido grupo de veraneantes de la época con el fin de representar obras teatrales y celebrar fiestas, bailes y sorteos de carácter benéfico, labores en las que participaban casi todos los miembros de la colonia. A lo largo de tres décadas destacaron en esta tarea, entre otros muchos, el conocido dramaturgo y empresario teatral Gregorio Martínez Sierra y su mujer María Lejárraga, también destacada autora de piezas teatrales; el todavía casi desconocido poeta y después Premio Nobel Vicente Aleixandre, Honorio Valentín Gamazo, Juan Cervantes, Luis Argüelles, José Cerruti, Manuel Nicolás y por supuesto mi abuelo Julio. Entre los viejos papeles que dejó este último a su muerte en 1966 conservo un poema manuscrito compuesto en versos hexasílabos a modo de romance para las fiestas patronales de 1905, que nos puede dar información para identificar a algunos de los primeros integrantes de aquella colonia veraniega de principios del siglo XX. Gracias a antiguas referencias y testimonios familiares he podido reconocer a algunos de ellos ya casi olvidados en Miraflores, como Remigio Ramírez Menéndez, uno de los mejores amigos de mi abuelo ‒el Julio que se nombra al final del poema con vivas entusiastas a su madre y su abuela, María Riudavets Ferreiro, hija del conocido dibujante e ilustrador José Riudavets Monjó y también amiga muy cercana de mi familia, quien regaló a mi padre por su nacimiento en diciembre de 1921 «un gabancito y una capuchita de punto», según consta en uno de los diarios manuscritos de mi abuelo; igualmente Andrés Avelino del Valle y algunos otros, como las nombradas en los versos «niñas de Cerruti», Jacoba y Natividad, de las que recuerdo haber oído hablar refiriéndose a ellas como las más finolis de la colonia. Hay otros nombres que se me escapan completamente y cuya identificación dejo en manos de mis buenos amigos y competentes investigadores, el archivero y bibliotecario municipal Manuel Lafuente y los miembros de la Asociación Cultural Villa de Miraflores 1525. El poema, firmado por cuatro personas no identificadas, fue recitado públicamente en el Casino Julia el 29 de agosto de aquel año de 1905, y por su indudable gracia e interés para la historia local lo reproduzco a continuación:
 
"A la Compañía Colonial de Miraflores de la Sierra", poesía
recitada el 29 de agosto de 1905 en el Casino Julia y conservada
 entre los viejos papeles de mi abuelo Julio Vías Sáenz-Díez
(Archivo familiar del autor)
 
Recital de poesía o actuación en el Casino Julia de Miraflores de la Sierra, hacia 1910.
Fotografía de Emilio Martínez Passapera (Archivo municipal de Lloret de Mar)
El periódico "El Liberal" del 17 de julio de
1912 informaba que la colonia de veraneantes
 de Miraflores de la Sierra ha contratado a
una compañía teatral cómico-lírica
          
          Estas representaciones teatrales montadas por la Compañía Colonial de Miraflores de la Sierra para hacer más divertida la estancia veraniega a sus miembros eran casi siempre de carácter benéfico a favor de los «pobres» de la localidad, que debían ser no pocos y con muchas necesidades, como ya he mencionado. En ellas actuaban los mismos veraneantes o en ocasiones actores profesionales de pequeñas compañías cómico-líricas contratadas para ello, como se lee en el recorte de prensa de El Liberal reproducido más arriba. De una de estas representaciones, organizada como parte de las fiestas patronales del verano de 1917, se conserva el programa de mano en el archivo de mi primo José Manuel López-Romero Carazo, programa que hace no mucho tiempo fue motivo de polémica en las redes sociales(6). En el reparto figuraba, junto a otros actores aficionados entre ellos mi abuelo Julio, el joven poeta de 19 años Vicente Aleixandre, quien en 1910 había pasado con sus padres y su hermana Conchita su primer verano en Miraflores, aunque después la familia cambió su lugar de veraneo a Las Navas del Marqués hasta 1918. Sin embargo, durante ese período intermedio pasado en esa localidad de la sierra abulense no perdieron el vínculo con Miraflores ni el círculo de amistades que crearon allí durante aquel primer verano, y prueba de ello es que en 1925 el poeta se estableció definitivamente como veraneante en Miraflores hasta el final de su vida, al principio en alquiler y a partir de 1932 en Vistalegre, la casa construida por su padre Cirilo para ayudarle en la curación de la tuberculosis que padecía.
 
Programa de mano de una función teatral organizada por la colonia
de veraneantes de Miraflores de la Sierra, que tuvo lugar el 18 de
agosto de 
1917 y en la que participó el poeta Vicente Aleixandre
(Archivo familiar de José Manuel 
López-Romero Carazo) 
Vicente Aleixandre en el conocido paraje de la Fuente
del Cura, en Miraflores de la Sierra, durante un paseo
veraniego en los años sesenta del siglo XX
 (AAVA)
Dedicatoria de Vicente Aleixandre a Luis Nicolás Isasa
de sus obras completas editadas en 1968 por Aguilar,
 recordando los veraneos en Miraflores de la Sierra
 (Archivo familiar de Pepe Nicolás Rodríguez)

          No hace falta decir que también lo fue hasta el final de su vida mi abuelo Julio, como acredita la carta de pésame enviada el mismo día de su muerte a su viuda por el entonces alcalde de Miraflores, Gonzalo Perales, en la que no se le exime de la consabida condición de «veraneante» a pesar del sentimiento de afecto que transmite. No en vano su trato llano y cercano le ganó la amistad y el respeto de todos los vecinos del pueblo, hasta el punto de que no hacía falta escribir su nombre ni su dirección en el sobre de una carta para que esta llegara a su destino.

Carta de pésame enviada por el alcalde de Miraflores de la Sierra, Gonzalo Perales, tras
la muerte de mi abuelo el 5 de mayo de 1966 (archivo familiar del autor)
Sobre con la dirección de Julio Vías Sáenz-Díez en Miraflores de la Sierra, en escritura
 jeroglífica, fechado el 19 de agosto de 1944 (archivo familiar del autor)
  

De las colonias a las urbanizaciones. Fin de una época. El legado del veraneo como patrimonio cultural y arquitectónico
Ya hemos visto cómo, en unos pocos años, el veraneo hizo cambiar casi todo en la Sierra de Guadarrama, pero especialmente el urbanismo, y consecuentemente el paisaje, tanto natural como urbano. La demanda de chalés y hotelitos para pasar el verano abrió nuevas oportunidades de negocio para la iniciativa privada, además de la que suponía la construcción de balnearios y sanatorios. Los mismos ayuntamientos, rivalizando por tener las mejores colonias de veraneo, comenzaron a parcelar terrenos de sus montes comunales y dehesas boyales, asignando parcelas gratuitamente a los futuros propietarios con la única condición de edificar casas de veraneo en el plazo de uno o dos años. La demanda hizo que también se multiplicasen los pequeños promotores que buscaban terrenos, los adquirían a muy bajo precio, trazaban ellos mismos según su propio criterio las calles y las parcelas y urbanizaban sin ninguna traba por parte de los ayuntamientos. A diferencia de hoy día, cuando la figura del promotor inmobiliario no goza precisamente de una merecida fama de honradez, en los humildes pueblos de la sierra estos constructores eran considerados como benefactores de la localidad y algunas de sus calles llevan sus nombres, como la del ya mencionado Antonio Briones, promotor de la colonia de la Estación de Torrelodones. Hay que recordar aquí a algunos otros prácticamente olvidados, como el coronel de Ingenieros Eligio Souza, constructor de la Colonia del Doctor Rubio, en Guadarrama, Pedro Fornoza en Los Molinos, casado con mi tía abuela Luisa Macías, que veraneaba allí desde niña, y Manuel Brea en Miraflores de la Sierra, padre del pintor paisajista y restaurador de arte en el Museo del Prado Gonzalo Perales, alcalde de esta localidad entre 1961y 1973, el más culto, sensible y preocupado por la conservación del paisaje y el patrimonio que ha tenido el municipio en toda su historia, pese a lo cual no tiene dedicada una calle. De la Colonia del Doctor Rubio no se conserva prácticamente nada, pues quedó destruida junto a la casi totalidad del casco urbano de Guadarrama por los violentos bombardeos sufridos durante la batalla del Alto del León, en los últimos días de julio de 1936. La magnífica colonia histórica de Los Molinos, maltratada por décadas de política urbanística poco respetuosa con la conservación del patrimonio, fue incluida en su totalidad en el Catálogo Municipal de Bienes y Espacios Protegidos en marzo de 2014 para su aprobación definitiva, pero intereses de todo tipo contrarios a su protección obraron en contra y lo impidieron. Lo que pasa siempre, como veremos más adelante... 

La colonia de la carretera de Rascafría, en Miraflores de la Sierra, edificada en su mayor
parte por Manuel Brea. Las casas que aparecen en la fotografía de izquierda a derecha
fueron construidas para Gabriel Sémelas, José Nicolás, Remigio Ramírez y Ricardo
Morana. Vista aérea tomada en 1935 por Manuel Nicolás, piloto militar y veraneante
en la segunda de ellas (archivo familiar de Pepe Nicolás Rodríguez)
Vistalegre, la casa construida en 1930 por Manuel Brea en Miraflores de la Sierra, en
la que veraneó hasta su muerte el poeta Vicente Aleixandre (fotografía del autor)

          Gracias a la construcción de colonias de veraneo pequeñas aldeas como Alpedrete, Galapagar, Collado Mediano, Colmenarejo o San Rafael, que hasta entonces habían vivido humildemente de la explotación de canteras, el pastoreo de cabras o la saca de madera, pero que disponían del recurso en apariencia inagotable de un hermoso entorno de pinares, prados y dehesas al pie de la sierra, conocieron por primera vez desde su fundación a finales del siglo XIII, una mejora en las duras condiciones de vida de sus habitantes. Las facilidades para ganar dinero hicieron aparecer muy pronto empresas urbanizadoras que, previa concesión de terrenos sin muchos miramientos por parte del Estado o de los ayuntamientos, parcelaban y construían en las zonas de más demanda. Ya hemos mencionado la colonia de Camorritos promovida por los mismos impulsores del Ferrocarril Eléctrico del Guadarrama. El vínculo de varios de ellos con la Institución Libre de Enseñanza dio a esta colonia una inconfundible impronta culta y avanzada que mantiene hasta hoy. Allí proyectaron y construyeron chalets y casas de veraneo algunos de los mejores arquitectos de la época, como Luis Gutiérrez Soto, Fernando Higueras, Ramón Bescós, José María Rivas Eulate, José Luis Durán de Cotes, José Luis Subirana y César Manrique, entre otros, por lo que la colonia en su conjunto constituye hoy un importante patrimonio de gran valor arquitectónico. El apeadero del ferrocarril a sus mismas puertas hizo aparecer ya un nuevo concepto residencial y de ocio para las clases adineradas que iba más allá del veraneo tradicional de tres meses: la casa de fin semana, como anunciaba la prestigiosa revista Arquitectura en época tan temprana como es el año 1934, y que se generalizaría en la Sierra de Guadarrama después de la guerra civil.

El concepto de casa de fin de semana aparece ya en la colonia de
Camorritos (Cercedilla). Revista "Arquitectura" nº 4. Mayo de 1934)
         
           Por la misma época hubo otro proyecto urbanístico todavía más ambicioso, como fue la construcción de una ciudad de veraneo que se iba a denominar pomposamente «Nuevo Escorial». La promotora fue Abantos S.A., también llamada Compañía Constructora del Real Sitio de San Lorenzo, que para ello adquirió más de doscientas hectáreas de terreno procedentes de una permuta de montes municipales por otros pertenecientes al patrimonio de la corona, una operación organizada con el fin de urbanizar gran parte de las laderas del monte Abantos que conforman el telón de fondo de la basílica y el monasterio, una zona de enorme valor paisajístico repoblada de pinos tres décadas antes por iniciativa de la Escuela Especial de Montes. La quiebra de esta empresa, provocada por la gran crisis económica mundial de 1929 y los convulsos años siguientes, dio al traste con la construcción de centenares de lujosos chalets de veraneo y la de una línea de tranvía y un funicular que ascendería hasta la misma cumbre de Abantos, donde se pensaba levantar un gran casino y un restaurante. 
          Este entonces nuevo modelo de urbanismo, que se anunciaba como paradigma de modernidad en las más prestigiosas revistas de arquitectura de los años veinte y treinta del siglo pasado y que hoy llamamos «difuso» cuando no «salvaje», independientemente de la calidad de sus construcciones, sería el patrón a seguir a partir de los sesenta y setenta, ya en pleno desarrollismo de la España de Franco. 

Fachada del Gran Casino proyectado en la cima de Abantos por la Sociedad
Abantos S.A. (Miguel Ángel Baldellou. "Francisco Javier Ferrero Llusiá: Vida y obra")
Acción de la Sociedad Abantos S.A. Lleva el sello de la comisión liquidadora tras
su quiebra en la primera mitad de la década de los años 30 (archivo familiar del autor)

          La quiebra de la empresa promotora Abantos S.A. y el estallido de la guerra civil marcaron un punto de inflexión en el veraneo tradicional en la Sierra de Guadarrama. En plenas vacaciones de verano de 1936 el frente de combate entre los dos bandos en lucha quedó establecido en las cumbres que dominaban las principales colonias de veraneo de algunos pueblos, como Guadarrama, Los Molinos y Cercedilla, por lo que los veraneantes fueron evacuados y muchas de sus casas incautadas, cuando no destruidas por la artillería. No fue hasta bien avanzados los años de la posguerra cuando llegaron otra vez tiempos de bonanza para los negocios inmobiliarios en la Sierra de Guadarrama, propiciados por la política urbanística del régimen de Franco. La nueva realidad socioeconómica cambió usos, modas y gustos colectivos, y las pequeñas colonias de veraneo de principios de siglo dejaron su lugar a las «urbanizaciones» de los años sesenta y setenta, el nuevo concepto urbanístico adaptado a la cultura y las aspiraciones sociales de la época del desarrollismo. Para no ahuyentar al posible comprador de parcelas algún que otro pueblo llegó incluso a renunciar a su nombre de origen medieval, como fue el caso de Chozas de la Sierra, una pequeña aldea de pastores y ganaderos rebautizada en 1959 como Soto del Real, pocos años antes de la inauguración del ferrocarril Madrid-Burgos, que tenía proyectada allí una de sus estaciones. Las expectativas económicas pesaron más que un informe en contra del cambio de nombre emitido por la Real Academia de la Historia. Quién iba a querer construir su segunda residencia en un lugar con ese nombre tan humilde y tan poco acogedor para el veraneo, del cual, como el de La Mancha natal de don Quijote, ya nadie quiere acordarse. En las urbanizaciones la función de los antiguos casinos pasó a ser desempeñada por esos clubes sociales al estilo inglés, con barra de bar, sillones de cuero chester y grabados de hípica decorando las paredes que se pusieron tan de moda entre la nueva clase media de la sociedad española de la época, acomplejada y cansada de ser pobre. Las representaciones teatrales decimonónicas dejaron paso a las discotecas, y los paseos y excursiones en burro a la práctica del motocross. La sociedad urbana trajo de la mano el uso generalizado del automóvil, acercando definitivamente la ciudad a una Sierra de Guadarrama que antes estaba a la distancia justa para beneficiarse del turismo y del veraneo sin llegar a ser engullida. Como anunciaba una empresa promotora de la época, los apartamentos que ofrecía en venta en una de las urbanizaciones más exclusivas de San Lorenzo de El Escorial estaban sólo «a tres litros de Madrid». El viaje de seis horas en diligencia para veranear en la sierra quedaba ya muy lejano en el tiempo. 

Urbanización "Los Escoriales", promovida en 1966 por José Luis Aguirre
Martos, abuelo que fue de la expresidenta de la Comunidad de Madrid
Esperanza Aguirre. Revista "Arquitectura" nº 149. Mayo de 1971)
"A tres litros de Madrid", "Viva como un rey", eslóganes publicitarios
típicos 
del mercado inmobiliario en la Sierra de Guadarrama durante
los años 60 y 70 del siglo XX (Hemeroteca Municipal de Madrid)

 
          El veraneo histórico de la primera mitad del siglo XX ha dejado en muchos pueblos de la Sierra de Guadarrama una impronta cultural de gran valor, un legado en gran parte intangible pero que se materializa como patrimonio arquitectónico en un conjunto de colonias de veraneo muy maltratadas a lo largo de los últimos cincuenta años, y que debemos conservar. Y para ello hay que tomar medidas valientes y obligadas por ley, como la actualización de los catálogos municipales de bienes protegidos, lo que hicimos nosotros en 2019 desde el Ayuntamiento de Miraflores de la Sierra al estar entonces sin protección una parte muy considerable de las edificaciones de la colonia histórica de este municipio, entre ellas, por poner un ejemplo, Vistalegre, la casa de veraneo del poeta y Premio Nobel Vicente Aleixandre. Lamentablemente, a pesar de que el grupo del Partido Popular votó entonces a favor de la aprobación del Catálogo en un pleno municipal celebrado el 1 de febrero de 2019, el actual equipo de gobierno de este mismo partido acaba de retirar del mismo numerosos elementos patrimoniales por motivos ajenos a la obligación de preservar la cultura y el patrimonio, plegándose a presiones particulares y ajustándolo así a las exigencias desreguladoras en materia de política urbanística que va a traer consigo la aprobación de la Ley LIDER (Ley de Impulso y Desarrollo Equilibrado de la Región) por el Gobierno de la Comunidad de Madrid.
          Más allá de lo social y lo cultural, que son las dos perspectivas desde las que hemos tratado el asunto, y con todas sus luces y sombras, en lo estrictamente personal el veraneo en la sierra marcó nuestras vidas. Los hoy llamados baby boomers fuimos los últimos niños en disfrutar aquellas largas vacaciones estivales de tres meses en los años sesenta del siglo XX, que en nuestro caso pasábamos completamente asilvestrados en un entorno todavía rural que nos parecía inmenso e inabarcable, compartiendo juegos, clases estivales de recuperación en las escuelas, afinidades, rivalidades y peleas con los niños del pueblo. Más de medio siglo después, ya casi viejos y superada la ancestral división por clase social y procedencias geográficas, mantenemos todos una amistad fraternal e imperecedera, aunque algunos nos sigan llamando con afectuoso retintín «veraneantes», como mi buen amigo Cándido Juez, bisnieto de Alejo Aragón, el fondista y guía de Miraflores que llevaba a los primeros excursionistas por el camino viejo del Paular hasta el puerto de la Morcuera a comienzos del siglo XX. Y por esta vez y sin que sirva de precedente, haciendo de la necesidad virtud, aceptaremos el sambenito que por injusta herencia llevamos colgado a la espalda para reivindicar el importante papel que jugaron nuestros abuelos y bisabuelos en este capítulo breve pero brillante de la larga y apasionante historia de la Sierra de Guadarrama, hoy convertida en un parque nacional cada vez más asediado por la urbanización y masificado por el turismo.

El amor por la Sierra de Guadarrama marcó la vida de muchos veraneantes: el niño
José Manuel Nicolás estudiando en Miraflores de la Sierra durante el verano de 1947.
Muchos años después fue el primer y mejor director del Parque Regional de la
Cuenca Alta del Manzanares (archivo familiar de Pepe Nicolás Rodríguez)
El veraneo en Miraflores de la Sierra en los años 50 del siglo XX.
Diario Informaciones, 13 de agosto de 1958
(Archivo familiar del autor)
    

Mi agradecimiento por su colaboración para escribir e ilustrar estas líneas a mis viejos amigos veraneantes en Miraflores de la Sierra Pepe Nicolás Rodríguez, ingeniero de Montes, que entre otros documentos me ha facilitado la correspondencia familiar inédita con el poeta Vicente Aleixandre; a Pedro Nicolás Martínez, geógrafo y expresidente de la RSEA Peñalara, que como «carrilano» me ha proporcionado información de primera mano sobre la construcción encargada a su abuelo del tramo del Ferrocarril Madrid-Burgos comprendido entre Miraflores y Valdemanco; a José Manuel López-Romero Carazo, mi primo, por la cesión de documentos de su archivo familiar; y a Alfredo Sémelas Ledesma, al igual que los anteriores compañero de excursiones durante toda la vida, cuyo abuelo francés se afincó como veraneante en la segunda década del siglo XX y se casó con Pepita Arroyo, hija del entonces alcalde de Miraflores; a Marta Valentín Gamazo, más mirafloreña que el Álamo Viejo o la Fuente Nueva, con mis deseos de que no abandone el pueblo en el que su familia lleva afincada a lo largo de tres generaciones. Todos ellos arrastran junto al autor y a otros amigos de la infancia la pesada condición de «veraneante», aunque atenuada en tres de los casos mencionados por ser descendientes de abuelos casados en el pueblo. Por último, mi gratitud a mis también grandes amigos de la Asociación Cultural Villa de Miraflores 1523, por su ayuda para localizar información añeja incluida en esta larga saga.

___________________


(1). Francisco Martín y Santiago. Un viaje a El Escorial. Imprenta de P. Abienzo. Madrid. 1885. p. 162

(2). Baltasar Hernández Briz. Geografía o topografía médica de la Sierra del Guadarrama (Partido municipal de San Lorenzo). Imprenta Helénica. Madrid. 1909. p. 59

(3). Constancio Bernaldo de Quirós. Peña Lara. Viuda de Rodríguez Serra. Madrid. 1905. pp. 23-24.

(4). Muestra de este conflicto entre clases en los pueblos de la Sierra de Guadarrama son los conocidos como "Sucesos de El Escorial", ocurridos en 1914, cuando se enfrentaron violentamente mozos de este pueblo y alumnos de la Escuela Especial de Montes. Los hechos ocuparon muchos titulares en la prensa de la época y tuvieron como resultado la muerte de dos estudiantes, lo que, para evitar venganzas, obligó al traslado a Madrid de la Escuela, que llevaba cuarenta y tres años instalada en San Lorenzo de El Escorial. Las peleas más o menos violentas entre lugareños y veraneantes por rivalidades sentimentales, por el uso de espacios públicos en bailes y fiestas populares, e incluso por enemistades inveteradas entre los mismos vecinos de localidades serranas colindantes están todavía vivas en la memoria del autor. 
 
(5). Alberto de Segovia. Notas sobre la Sierra de Guadarrama (Aspectos y paisajes). Establecimiento Tipográfico de J. Pérez. Madrid. 1910. p. 106-107.

(6). Como he mencionado más arriba, este cartel fue motivo de polémica cuando lo hice público en la red social X el 18 de agosto de 2025, al cumplirse el 108 aniversario de aquella función teatral y con ocasión de una proyección en Miraflores de la Sierra del documental de Rafael Alcázar El poeta del corazón. Vicente Aleixandre. Al colgarlo en la red etiqueté en el post a la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre, y su presidente, Alejandro Sanz, me respondió negando que el poeta participara en aquella representación, pues en 1917 veraneó en las Navas del Marqués, y afirmando que «Alexandre», como así figura en el cartel, no es «Aleixandre». Yo le contesté que, ciertamente, pasó en Las Navas aquel verano, pero que ello no le impidió acudir a Miraflores para la ocasión, y que el hecho de que apareciera en el programa como «Alexandre», sin la «i», se debía sin duda a una omisión tipográfica sin importancia, pues es reconocido por la antroponimia que son dos variantes del mismo apellido. Le respondí, además, que en el primer tercio del siglo XX sólo hubo en Miraflores una familia veraneante con ese patronímico en cualquiera de sus dos variantes. Siendo, como es él, tan «alejandrino» por todos lados, es algo que debería saber de sobra. Alejandro Sanz insistió después en que Aleixandre pasó su primer verano en Miraflores en 1910 y no volvió a veranear regularmente allí hasta 1925. Yo por mi parte volví a responderle que eso no excluía que viajara a Miraflores en ocasiones puntuales durante ese largo período intermedio de 15 años, pues con toda probabilidad su padre Cirilo y él mismo tenían allí amistades hechas desde 1910. A mi sugerencia de incluir este dato de su participación en aquella función teatral para una futura reedición de la biografía del poeta publicada en 2016 por Emilio Calderón La memoria del hombre está en sus besos –de la que tengo un ejemplar dedicado por su autor el día de su presentación en el Ateneo de Madrid–, me contestó de forma desabrida acusándome de intentar manipular la biografía de Vicente Aleixandre, y añadiendo el comentario despectivo «si te hace ilusión pensar que tu abuelo actuó con ese tal "Alexandre", no te la quitaremos»
          He coincidido durante años con Alejandro Sanz en algunos actos organizados por la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre en la encomiable y exitosa campaña para la protección y recuperación de Velintonia, la casa madrileña del poeta. En junio de 2017, desde el Ayuntamiento de Miraflores de la Sierra, le invité personalmente a la inauguración del monumento al Álamo, el olmo centenario símbolo de la localidad hoy desaparecido, al que Aleixandre dedicó uno de sus poemas en su obra En un vasto dominio, publicada en 1962A aquel acto, en el que, con motivo del 40 aniversario de la concesión del Premio Nobel al poeta, recuperamos el gran tótem arbóreo que ha presidido el paisaje urbano de Miraflores desde hace trescientos años y bajo cuya sombra se sentó Vicente Aleixandre durante décadas, Alejandro no quiso acudir. Sí acudió, aunque no ocultaba hacerlo de muy mala gana, a la inauguración del monolito que también inauguramos año y medio después, en noviembre de 2018, en el Paseo de la Fuente del Cura, que recuerda la afición del poeta a la contemplación del cielo nocturno desde este paraje, hoy tan degradado. Alejandro Sanz nunca ha llevado nada bien que le quiten protagonismo en todo lo que se cuece alrededor de la figura de Vicente Aleixandre, y mucho menos que se le discuta, aunque sea en un ápice, la verdad oficial establecida en sus biografías. 
          El caso es que, con toda probabilidad, Vicente Aleixandre sí participó en aquella función teatral organizada el sábado 18 de agosto de 1917 en Miraflores de la Sierra, haciendo el papel de Luis en la comedia en un acto y en prosa La Reja, de los hermanos Álvarez Quintero. A mí me basta el viejo testimonio familiar transmitido por mi padre de que fue así, pero es evidente que no lo puedo traer aquí como argumento objetivo. En cambio, hay un dato que nos puede servir de prueba y que además muestra la afición del poeta en su juventud por estas funciones teatrales organizadas por las colonias de veraneantes: según leemos en el programa de mano de esta y otras representaciones en las fiestas patronales mirafloreñas de 1917, que hemos reproducido más arriba, Aleixandre compartió el elenco con varios actores y actrices aficionados amigos o conocidos suyos, entre ellos una joven llamada Antoñita Martínez Arnal que aparece nombrada en el programa de forma sucinta y abreviada como «Arnal. A.», haciendo el papel de Solita. Diez días después, el 27 y 28, según menciona una breve reseña aparecida en el periódico La Acción del 29 de agosto de 1917, vemos de nuevo a Vicente Aleixandre junto a la misma Antoñita actuando en otra función teatral organizada en la localidad serrana de Las Navas del Marqués con motivo de sus fiestas patronales, en la que, en compañía de otros amigos de la colonia de veraneantes de aquel municipio, representaron Canción de cuna, obra del célebre dramaturgo Gregorio Martínez Sierra, que como ya he mencionado veraneaba por aquel tiempo junto a su mujer María Lejárraga en Miraflores de la Sierra, y a quienes sin duda conocía el poeta de forma cercana. Años después se supo que esta última era la autora de aquella obra que representaron en Las Navas, como igualmente de la mayor parte de la creación teatral y literaria de su marido. Traigo aquí la referencia de aquella reseña para todo aquel que quiera interesarse por este asunto, quizá de poca importancia para la biografía del poeta pero no así para la historia de Miraflores de la Sierra: "De unas fiestas veraniegas". La Acción. nº 548. 29 de agosto de 1917. p. 3.