lunes, 12 de octubre de 2026

EL MADRID DE LA POSPANDEMIA: DEL CONFINAMIENTO A LA DISTOPÍA

A la memoria de Miguel Tébar, mi editor y amigo 

Los madrileños solemos ser muy cáusticos en nuestro trato con la ciudad que nos ha visto nacer o venir desde fuera, y sin la cual no podemos concebir nuestras vidas. En la literatura y en el saber popular encontramos proverbios y frases hechas que son verdaderos improperios contra la urbe mesetaria y a menudo hostil que ocupa nuestros desvelos. Un ejemplo es el dicho castizo y popular «Madrid me mata», que dio nombre a una célebre revista en los tiempos de la Movida madrileña y que expresa perfectamente esa relación vitriólica que los madrileños tenemos con nuestra ciudad, relación que sólo se puede tener con aquello que se ama y se conoce, con lo que nos duele.
          Escribir sobre Madrid en el Madrid de la pospandemia es agravar estas quemaduras. Intento imaginar lo que hubiera escrito Ramón Gómez de la Serna si hubiera vivido el sobrecogedor vacío de las calles de la ciudad durante el confinamiento, o visto la enorme masificación humana no menos dramática venida inmediatamente después, tras abrirse la puerta de chiqueros a millones de turistas furiosos por salir. Qué greguerías habría inventado sobre el Madrid de la libertad y las cañitas, sobre la hostelería como dogma de fe, o sobre los pisos turísticos que proliferan tanto en las corralas de Lavapiés como en los grandes y señoriales edificios propiedad de la casa de Alba inmediatos al Palacio de Liria.

El confinamiento por la pandemia nos mostró un Madrid fantasmal imposible de imaginar

          Como Ramón en su tiempo, como cada quisque en el suyo, he visto nacer y desaparecer unos cuantos Madriles desde el tardofranquismo de mi juventud hasta la realidad actual, y he vivido los grandes cambios sociales, culturales y urbanísticos que ha experimentado la ciudad a lo largo de más de sesenta años. Contra lo que es usual, mi trayectoria vital en el mapa urbano ha sido centrípeta en vez de centrífuga. Siempre he vivido en el Madrid más histórico, primero en uno de los barrios del Ensanche de Castro y desde hace dos décadas todavía más en el centro, entre la Plaza Mayor y La Latina, en plena vorágine del turismo más rugiente y agresivo. A diferencia de lo mucho que he escrito sobre la Sierra de Guadarrama, el magnífico horizonte madrileño que se vislumbra hacia el norte, tengo publicadas pocas líneas sobre la ciudad de Madrid, si exceptuamos los miles de posts de 280 caracteres que le he dedicado a lo largo de quince años en una red social de cuyo nombre no quiero acordarme. Quizá ha sido así porque no he sentido tanta necesidad de hacerlo, al haber empleado más de un cuarto de siglo de mi vida para dar a conocer la historia, el arte y la cultura de Madrid en mis clases en centros culturales y en la universidad.
          El nombre de Madrid deriva de madre, la madre de las aguas que conducían los musulmanes hasta la ciudadela islámica, hace más de mil años. Pero nuestra ciudad madre siempre acogedora, quizá queriéndonos devolver el maltrato al que la sometemos, se está transformando en madrastra hostil para muchos madrileños, en un remedo de Miami, según ha publicado recientemente el diario francés Le Monde. La entrada en el mercado inmobiliario de poderosos fondos de inversión y la llegada de nuevos inmigrantes de alto nivel económico desde el otro lado del Atlántico, que invierten en sectores como el de la vivienda y el lujo, está dando un vuelco a la dinámica socioeconómica de la ciudad y provocando la subida desorbitada del precio de los alquileres, lo que afecta ya a todos los distritos, pero muy especialmente a mi antiguo y ya irreconocible barrio de Salamanca. Madrid ha acogido siempre sin preguntar a todos los que llegan desde fuera, haciéndoles madrileños de adopción, pero esta nueva élite inmigrante y el turismo masivo están expulsando a los vecinos de siempre, como primera y más dolorosa consecuencia de una pandemia social también virulenta que se está extendiendo por otras muchas ciudades del mundo y de la que hasta no hace tanto tiempo ni habíamos oído hablar: la gentrificación.

La gentrificación es sólo una parte de la distopía que se está haciendo realidad en Madrid
y en las grandes ciudades turísticas del planeta

          En lo ambiental también nos vienen mal dadas. El calentamiento global roba meses al invierno del proverbio madrileño para dárselos al infierno, haciendo de Madrid una ciudad mortal en plena canícula. Y ello agravado por la tala de muchos árboles que aliviaban algo el calor en nuestras plazas y espacios verdes con el fin de construir aparcamientos subterráneos, al igual que hace sesenta años se hicieron desaparecer los amplios bulevares arbolados de los barrios del ensanche para convertirlos en desoladas pistas de asfalto. Todavía hoy se sigue permitiendo el derribo de edificios de indudable valor patrimonial y se hace la vista gorda ante el cierre de muchos comercios tradicionales que son parte de la historia y la cultura de Madrid. En la ciudad, como en toda la región, se incumple el compromiso asumido en 2019 con la firma de la Declaración Starlight en Defensa del Cielo Nocturno por parte de la Asamblea de Madrid. Ello contribuye a la desaparición definitiva de la oscuridad de la noche con la instalación de millones de deslumbrantes puntos de luz en los parques públicos e incluso en el mismo cauce del río Manzanares, sin respeto alguno al ciclo circadiano de los madrileños y a la biodiversidad urbana. Y todo en aras del turismo. Vemos también como Madrid apuesta todavía más por el ruido con la construcción de un circuito para carreras de Fórmula 1, priorizando los llamados deportes de élite que tanto fascinan al neoliberalismo sobre las políticas sociales, pongo por caso.
          Me pregunto qué pintamos los madrileños en esta nueva Miami carpetovetónica, en este gran parque temático visitado por cerca de 20 millones de turistas cada año, en el que se ven rodar por las calles más maletas de equipaje que carritos de la compra y donde se derriban edificios que figuran en el Plano de Teixeira para construir hoteles-cápsula. ¿A dónde iremos cuando, hecha realidad la distopía, no podamos vivir en nuestra ciudad tan amada y denostada porque somos unos extraños en nuestros propios barrios?

Artículo incluido en el libro colectivo "Madrid en 40 voces", recientemente publicado
con motivo del cuadragésimo aniversario de la fundación de 
Ediciones La Librería por Miguel Tébar

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