martes, 28 de mayo de 2019

EL «ALGODÓN» DEL GUADARRAMA: LOS VENTISQUEROS Y LOS POZOS DE NIEVE COMO PATRIMONIO NATURAL, CULTURAL Y CIENTÍFICO

Este artículo se publicó como capítulo del libro colectivo «El Parque Nacional 
de la Sierra de Guadarrama: cumbres, paisaje y gente», editado en 2015 por el 
Instituto Geológico y Minero de España y el Parque Nacional de la Sierra de 
Guadarrama. Su autor lo transcribe aquí íntegro y actualizado, sin los
añadidos pequeñas supresiones que se le hicieron, con motivo de la
excursión realizada al ventisquero del Ratón el pasado 21 de mayo 
con su amigo el periodista ambiental Joaquín Fernández

La nieve en la Sierra de Guadarrama: historia, ciencia y paisaje
Los ventisqueros de la Sierra de Guadarrama constituyen algunos de los espacios más fascinantes y atractivos entre todos los que conforman la alta montaña mediterránea de la Península Ibérica. No en vano en ellos se combinan tres ingredientes fundamentales a la hora de llamar la atención del caminante curioso o del aficionado a la naturaleza: sus notables valores naturales y paisajísticos, su interés científico y su atractivo como patrimonio histórico-cultural poco conocido. Por ello, aunque sea desde el punto de vista divulgativo, resulta imprescindible tratarlos aquí bajo estas tres perspectivas.
          La apreciación del paisaje es una experiencia cultural en gran parte subjetiva. Como naturalista y comunicador ambiental, el autor de estas líneas ya ha dejado reflejada en alguna otra ocasión su predilección por la visión primaveral de esos fugaces retazos blancos y brillantes que deja en su retirada el larguísimo invierno de las cumbres, a su juicio mucho más sutil y delicada que el alarde de prepotencia que hace la nieve en invierno cubriéndolo todo y borrando colores y matices. Los ventisqueros son las pinceladas que completan el efímero pero efectista decorado de las cimas de la sierra a finales de la primavera, dando lugar más tarde a esa paradoja paisajística que siempre supone en nuestras latitudes la nieve en pleno verano realzando en nuestro subconsciente el valor de lo perecedero y lo escaso, pues no otra cosa es la nieve en la alta montaña mediterránea, como bien sabían los hombres que hacían el duro trabajo de recogerla y venderla en siglos pasados.

Los retazos blancos y brillantes que deja en su retirada el largo invierno de las cumbres son pinceladas que completan el efímero pero efectista decorado de las cimas de la sierra a comienzos del verano 
          
          Las formas y dimensiones que pueden adoptar estas manchas residuales de nieve según avanza la primavera son cambiantes y variadísimas: redondeadas, alargadas, triangulares, quebradas, acorazonadas o extrañamente simétricas. Lo mismo se podría decir de su superficie, que a veces es lisa y regular o en ocasiones aparece surcada pasajeramente por estrías y montículos, a modo de pequeñas olas formadas por el viento y solidificadas inmediatamente después por el intenso frío de las cumbres al caer el sol. Según la meteorología de cada año o lo avanzado de la estación, pueden tener desde varias hectáreas de extensión a apenas unos metros cuadrados de superficie. En aquellos que se forman en las vaguadas de las cabeceras de los arroyos, la corriente producida por las aguas del deshielo abre pequeñas cavernas de formas casi fantásticas en cuyo interior la luz del sol se filtra tenuemente a través de la capa de nieve, adoptando extraños tonos verdosos y azulados. La creatividad de la Naturaleza no tiene límites para dar a los neveros en fusión los diseños más fantásticos, tallando arcos y puentes de formas quebradas e irregulares con largas luces y frágiles apoyos que desafían a la gravedad en el más inverosímil equilibrio, y perfilando el contorno de las aristas de nieve con líneas oscuras que dejan marcadas las aguas de lluvia al arrastrar sedimentos de polvo atmosférico y restos orgánicos depositados por el viento... En definitiva, un complejo proceso de creación artística que deja admirado al atento contemplador del paisaje y que no escapa a la observación de la ciencia, siempre inquisitiva y minuciosa en su empeño por explicar y sistematizar el aparente caos del mundo natural.

Oquedad formada por el arroyo de la Reguera bajo el ventisquero del mismo nombre, al pie del Pico del Nevero. Las gencianas (Gentiana lutea) brotan con dos meses de retraso tras quedar descubiertas por el deshielo (agosto de 2013)
Ventisquero en fusión formando un arbotante de equilibrio inverosímil y fantásticas formas en la vertiente suroriental de Peñalara, el metafórico «botalete» que mencionan los versos de Nicolás Fernández de Moratín reproducidos y comentados más abajo (fotografía tomada el 14 de septiembre de 2013) 

La escorrentía de las aguas de lluvia y de fusión de la nieve, arrastrando sedimentos de polvo atmosférico y restos orgánicos depositados por el viento perfila con líneas oscuras el contorno de las aristas de los ventisqueros en un sorprendente alarde de creación artística

          
          El interés de la ciencia por los ventisqueros de las montañas españolas experimentó un decidido impulso a partir de 1957, tras la celebración en Madrid y Barcelona del V Congreso Internacional del INQUA[1]. Hasta mediados de los años sesenta los trabajos geomorfológicos en España se centraron en el glaciarismo del Pleistoceno, pero enseguida se destacó la necesidad de abordar estudios sobre morfología periglaciar, es decir, la que se refiere al papel jugado por los procesos fríos más recientes como formadores de paisaje. En este sentido, el estudio pionero centrado en los ventisqueros de la Sierra de Guadarrama fue el del geógrafo y geólogo alemán Otto Fränzle, publicado en Bonn en 1959 y traducido al español dos décadas después en la revista Estudios Geográficos[2]. Hoy las investigaciones sobre esta parte de la geomorfología aplicada a estas montañas se enmarcan dentro del estudio general de la morfodinámica de las regiones frías, que vienen llevando a cabo distintos centros de investigación dependientes de algunas facultades universitarias madrileñas, como son las unidades de Geografía Física, Geomorfología Dinámica y Edafología de las universidades Autónoma y Complutense de Madrid, además de las secciones de Ciencias de la Tierra dependientes del CSIC.           
       Uno de los más destacados representantes actuales de esta línea de investigación, el doctor en Geografía Física de la Universidad Complutense de Madrid, Julio Muñoz Jiménez, que estudia desde hace años la relación entre el cambio climático y el retroceso de estas formaciones en la Sierra de Guadarrama[3], nos define los ventisqueros ‒también llamados neveros‒ como lugares donde se acumula nieve durante doscientos días o más al año en un periodo de diez años por término medio, alcanzando entre cinco y diez metros de espesor. Según esta descripción tan precisa, son muchos los lugares de la sierra donde se forman neveros más o menos persistentes. Abundan sobre todo en la cabecera del valle de Lozoya, en las altas laderas del macizo de Peñalara, Cabezas de Hierro y Valdemartín, en las dos vertientes de los Montes Carpetanos, singularmente en las inmediaciones del pico de El Nevero y Peñacabra, además de los que se forman en las cabeceras de los valles de Valsaín y del río Moros salpicando las cumbres de la Mujer Muerta, Montón de Trigo, Cerro Minguete, las Guarramillas y Peña Citores. Su situación en pleno ámbito geográfico mediterráneo, es decir, en primera línea de frente ante el calentamiento global, da a estos ventisqueros un interés científico de primer orden, por lo que algunos de ellos han sido y están siendo estudiados de forma exhaustiva con el fin de describir las variaciones registradas en el último medio siglo por la vegetación de las zonas supraforestales y analizar sus relaciones con el cambio climático. Y los resultados no ofrecen dudas: la progresión del calentamiento del clima en esta parte de la alta montaña mediterránea ha reducido significativamente las dimensiones de los ventisqueros, lo que se comprueba con suma precisión al analizar fotografías aéreas de la zona tomadas durante las últimas cinco décadas. En ellas se aprecia la colonización gradual de los piornales del espacio antes ocupado por jabinales y cervunales, invadiendo incluso piornos (Cytisus balansae) y jabinos (Juniperus communis subsp. nana) los mismos nichos de nivación donde se forman los ventisqueros, enclaves antaño rasos y despejados de vegetación por la mayor acción erosiva de las masas de nieve amuladas en ellos.

Retroceso de la superficie ocupada por el ventisquero del Ratón, en la Cuerda Larga, entre 1946 y 2011. Los efectos del cambio climático son evidentes (tomado del trabajo del geógrafo Julio Muñoz citado más arriba)

          
          Sin embargo, a pesar del calentamiento actual del clima, los factores de los que depende la formación y el emplazamiento de estos ventisqueros siguen siendo los mismos que permitieron, hasta hace cerca de diez mil años, la existencia en estas mismas cumbres de pequeños glaciares durante el Cuaternario, lo que se puede explicar por una sutil combinación de condicionantes topográficos y meteorológicos que dan lugar a procesos de acumulación y fusión de nieve que en cada lugar determinado vienen repitiéndose desde hace miles de años, aunque supeditados a los vaivenes históricos del clima.
          La génesis y la tipología de los ventisqueros de la Sierra de Guadarrama son asuntos que han sido abordados de forma exhaustiva en numerosos estudios, algunos de ellos muy reveladores[4]. Los frentes atlánticos que cruzan la sierra durante el invierno descargan a su paso copiosas precipitaciones de nieve sobre las laderas situadas a barlovento de los vientos dominantes de componente NO, es decir en las orientadas al norte y a poniente. Los vientos huracanados que soplan por encima de los 1.800-2.000 metros de altitud «barren» literalmente la nieve de las altas laderas y las aplanadas cumbres, depositándola al socaire de las cimas más elevadas y formando en algunos lugares espectaculares cornisas y voladizos de nieve que se desploman en primavera causando pequeños aludes y avalanchas que han llegado a producir recientemente alguna víctima mortal. La nieve acumulada a sotavento de las cumbres lo hace especialmente sobre laderas y vaguadas de especial orientación y topografía, en parajes que la tradición popular ha conocido siempre como «neveros» o «ventisqueros» y la Geomorfología, mucho más modernamente, como «nichos de nivación». Estos enclaves son muy reconocibles incluso en verano, por su forma levemente ahondada y por la ausencia de vegetación en su interior, resultado de la erosión de las grandes masas de nieve depositadas en ellos a lo largo de milenios.

El autor junto a los restos de una avalancha producida en marzo de 1997 al desplomarse una parte de la enorme cornisa de más de diez metros de altura que suele formarse en años de fuertes nevadas a sotavento de la divisoria que domina el circo de la laguna grande de Peñalara




          
          En las vertientes meridionales de la sierra, por lo general mucho más abruptas que las septentrionales, situadas a sotavento de los frentes procedentes del Atlántico y a solana de unas cimas que siguen casi invariablemente la dirección NE-SO del Sistema Central, los ventisqueros se orientan hacia el este o el sureste buscando las umbrías en la medida de lo posible. Este es el caso, por ejemplo, de los ventisqueros de la Condesa y del Ratón, en la Cuerda Larga, que surtieron de nieve a la ciudad de Madrid durante siglos. 
          En las vertientes septentrionales más frías y expuestas, situadas a umbría y a barlovento pero con un relieve y una topografía más suaves, los ventisqueros admiten mayor variedad de situaciones y son mucho más frecuentes, en especial en orientaciones norte y nordeste. Un ejemplo de esto último lo constituye el gran ventisquero del Algodón, en la vertiente norte de la Cuerda Larga, que como los dos anteriormente citados abasteció de nieve a la corte madrileña durante los siglos XVII y XVIII.   
          Por su parte, en las laderas orientadas a poniente, es decir, a solana y a barlovento, como son las vertientes segovianas del macizo de Peñalara, los neveros no resisten tanto tiempo como los que se encajan tenazmente hasta bien entrado el verano al otro lado de la divisoria, mucho más favorecidos por su situación a umbría y a sotavento y por el abrupto relieve que forman los altos y verticales contrafuertes que se abren hacia los circos de origen glaciar que dominan la cabecera del valle de Lozoya. Es aquí donde se forman los neveros más potentes y duraderos, que en años excepcionales de especial climatología llegan a alcanzar más de diez metros de espesor y a mantenerse casi hasta comienzos del otoño, como ha ocurrido recientemente en 2013[5].

Pepe Nicolás y la periodista Esther Sánchez junto a un ventisquero a punto de desaparecer en las alturas de Peñalara. La extraordinaria permanencia de la nieve en el Guadarrama hasta bien avanzado el otoño de 2013 fue objeto de un reportaje publicado por esta última en el diario El País, y motivo de nuestra visita para documentarlo  




                                                                                                                                                  El aprovechamiento histórico de los ventisqueros
Al igual que en muchas otras montañas del mundo, y muy especialmente en las del ámbito geográfico mediterráneo, la extracción y venta de la nieve de los ventisqueros del Guadarrama creó una importante industria impulsada por el establecimiento de la corte en Madrid en 1561. A lo largo del siglo XVII el comercio de la nieve de los ventisqueros de la sierra se convirtió en una actividad económica de primer orden que logró poner en el mercado a precios asequibles un producto de primera necesidad utilizado desde la más remota antigüedad para conservar los alimentos, enfriar bebidas y para diversos usos médicos y terapeúticos. Para ello hubo que perfeccionar las antiguas técnicas de recogida, transporte y almacenamiento de la nieve desarrolladas desde antiguo por los musulmanes, y apoyarse en una completa red de ventisqueros y pozos de almacenamiento que permitieron abastecer con la nieve de la sierra no solo a la ciudad de Madrid y a los reales sitios, sino también a otras importantes poblaciones, como Segovia, Alcalá de Henares, Valladolid o Medina de Rioseco. De estas viejas infraestructuras vinculadas al aprovechamiento de la nieve en la Sierra de Guadarrama hoy se conservan unos pocos pozos de nieve, varios muros de mampostería levantados al pie de los ventisqueros para favorecer la acumulación de nieve y el drenaje de las aguas de fusión, y algunos restos de caminos de herradura utilizados antaño para acceder hasta ellos, lo que en conjunto constituye un patrimonio histórico y monumental del mayor interés.

El ventisquero del Pico del Nevero o de la Reguera en otoño de 2008, con su antiguo muro o «balsa de nieve» levantado para aumentar su capacidad. Aún en pleno estiaje, el agua mana de los tollos formados en su interior  
Javier Vías en el nevero del Pico del Nevero, el 18 de agosto de 2013. Su fusión ya deja al descubierto parte del viejo muro de piedra y forma la característica oquedad en la nieve por la que manan las aguas del arroyo de la Reguera   
         

          A diferencia de lo que ocurrió en otras montañas del ámbito geográfico mediterráneo, el aprovechamiento histórico de la nieve en la mayor parte de las sierras españolas no se remonta a la más remota antigüedad, pues su recogida y comercialización se comenzó a generalizar por toda la península tras la conquista de Granada por los Reyes Católicos, siguiendo el ejemplo de los musulmanes que desde hacía siglos la transportaban a la capital del reino nazarí desde las altas y cercanas cumbres de Sierra Nevada. Así se deduce de la inexistencia de documentación que atestigüe su uso anterior por los monarcas cristianos y de algún dato muy revelador, como el que nos proporciona el historiador y canónigo granadino Francisco Bermúdez de Pedraza, que en su Historia Eclesiástica de Granada, publicada en 1639, comentaba que ...el uso della de la nieve‒ es en España moderno, no la usaron los Reyes Católicos, ni aun el Emperador su nieto, pero muy antiguo entre los Romanos y aun en las sagradas letras[6].               
          La brillante historia de los ventisqueros de la Sierra de Guadarrama se inicia en el siglo XVII con la aparición en la corte de Felipe III de un personaje llamado Pablo Xarquíes (también aparece en numerosas referencias como Charquías o Jarquíes), natural de Torelló (Barcelona), quien hasta poco tiempo antes era el responsable del aprovechamiento de la nieve de los ventisqueros del Montseny por medio de un perfeccionado sistema de almacenamiento y transporte que había organizado para el abastecimiento de la ciudad condal. Tras una espléndida comida ofrecida al rey el 12 de junio de 1599 en el palacio de la Lonja de Barcelona, como parte de los festejos celebrados con motivo de su coronación y de su boda con Margarita de Austria, en la que el monarca quedó impresionado por las grandes cantidades de nieve que se utilizaron para presentar y servir los postres y las bebidas, Xarquies fue llamado a Madrid para recibir el monopolio del abasto de este producto a la corte, para lo cual instituyó la Casa Arbitrio de la Nieve y Hielos de Madrid y del Reino en 1607. Como indica la denominación de esta casa, el privilegio no sólo se limitó a la corte, sino que se extendía a toda la antigua Corona de Castilla y por ello Xarquíes abasteció de nieve y hielo a otras muchas villas y ciudades, como Valladolid, Salamanca, Guadalajara, Haro, y toda Andalucía a excepción de Sevilla. A cambio tenía que contribuir a la hacienda real con la quinta parte de lo vendido, impuesto que gravaba a otros muchos productos y que era conocido con el nombre de «quinto real». En 1621, tras hacer una gran fortuna, murió todavía joven en Madrid, heredando el arbitrio de la nieve sus hijos Paula, José y Magdalena, hasta que en 1683 los derechos de los Xarquíes pasaron a la corona y después a distintos arrendatarios hasta la disolución de la Casa Arbitrio en 1863[7].
          Pablo Xarquíes fue un personaje ilustre y muy reconocido en la corte de Felipe III, recibiendo de este monarca en 1618 honores y prebendas por sus servicios en el abasto de nieve a muchas villas y ciudades del reino, como fueron los nombramientos de juez de la Curia Real y caballero del Principado de Cataluña. Su nombre ya quedó en su tiempo indisolublemente unido a la nieve y aparece reflejado incluso en nuestra literatura más universal, como en esta jácara de Francisco de Quevedo, en la que el genial y mordaz autor de El Buscón y otras obras inmortales del barroco español pondera la blancura de unas manos femeninas comparándola con la de la nieve de los pozos de Xarquíes:
                                                                    
Allá vas jacarandina
apicarada de tonos
donde de motes y chistes
navega el amor el golfo (...)

A la rubia de aventuras
la que se peina bochornos
de cuyas manos Charquías
llena de nieve sus pozos…[8]

          Xarquíes estableció la Casa Arbitrio de la Nieve y Hielos en unos extensos terrenos situados al final de la calle de Fuencarral, muy cerca del lugar que hoy ocupa el edificio del antiguo Real Hospicio de San Fernando, actualmente sede del Museo de Historia de Madrid. Este emplazamiento no podía estar mejor elegido pues era el más cercano a la puerta de  la ciudad conocida a partir de entonces como «Puerta de los Pozos de la Nieve», por la que entraba el camino más directo procedente de la sierra. Allí hizo construir cinco grandes pozos de nieve tras arrendar al duque del Infantado los ventisqueros del Real de Manzanares situados en la vertiente meridional de la Cuerda Larga, y a la ciudad de Segovia los localizados en la vertiente norte, sobre el valle Lozoya. Hasta estos apartados parajes de las cumbres del Guadarrama tuvo que abrir caminos de herradura y acondicionar el terreno en algunos de ellos con gruesos muros de contención de tosca mampostería para favorecer la acumulación de nieve.
          Todos los años, de mediados de mayo a finales de agosto los arrieros de Pablo Xarquíes bajaban a lomos de mulos cientos de serones cargados de nieve desde los ventisqueros del Ratón, del Algodón y de la Morcuera hasta la pequeña localidad de Chozas de la Sierra (hoy Soto del Real), donde el industrioso catalán construyó otra casa, la denominada en documentos de aquella época como «Casa de la Nieve» o «Casa Solar de Choças», desde la que organizó los trabajos de recogida y transporte hasta Madrid. Con destino a los pozos de la calle de Fuencarral de ella partían diariamente pesados carros tirados por cuatro mulas y cargados hasta los topes de nieve apisonada y convenientemente protegida del sol y del aire con pieles de cabra, un viaje que duraba de dos a tres días y durante el cual se fundía un tercio de la carga. Lamentablemente, la Casa de la Nieve de Chozas, fue derribada en 2018 con la licencia del Ayuntamiento de Soto del Real, que inexplicablemente no la tenía catalogada con ningún grado de protección. Una pérdida irreparable para la historia del aprovechamiento de la nieve de la Sierra de Guadarrama y de su abastecimiento a la ciudad de Madrid[9].

La arqueóloga Charo Gómez Osuna y el ex alcalde de Soto del Real, Eladio Navarro, explicando el derribo de la Casa de la Nieve de Chozas de la Sierra, en una jornada dedicada a resaltar el patrimonio que constituyen los ventisqueros de la Cuerda Larga y que se celebró en esta localidad el 19 de enero de 2019, en la que participó el autor de estas líneas

          
          Por su proximidad al puerto de la Morcuera, los ventisqueros más utilizados en esta época por la Casa Arbitrio de la Nieve y Hielos fueron el del Ratón y el del Algodón. El primero de ellos está situado en la cabecera del arroyo del Mediano, en lo más alto de la entonces llamada Sierra de Chozas, donde todavía se conserva el tosco muro de mampostería levantado para facilitar la acumulación de nieve y los restos de un chozo cuadrangular donde pernoctaban los guardas a sueldo del duque del Infantado, propietario del ventisquero, que vigilaban en verano para impedir los robos de nieve, una práctica que no debía ser rara si atendemos a la información proporcionada por algunos viejos legajos de mediados del siglo XVIII conservados en el Archivo Histórico Nacional. El más explícito es la denuncia cursada en el verano de 1734 por uno de los funcionarios del duque, en la que se acusaba a arrieros desaprensivos de sacar nieve de forma fraudulenta de los ventisqueros de las Guarramillas, del Ratón y de otro enigmáticamente denominado «Rodríguez» con la excusa de que su destino eran los pozos o cavas del palacio del Buen Retiro, residencia obligada de la corte del rey Felipe V tras el incendio del Alcázar de Madrid acaecido apenas unos meses antes:

Participo a V. m. que de los ventisqueros de las Guadarramillas se sacan por el arriero que dize ser de la caba del Rey cada dos dias cinco cargas de nieve, y con el va ottro que cada tres lleva tres cargas a Madrid lo que me a obligado a poner guarda pero con la prevencion de que no prenda sino me de aviso, y haviendo estte preguntado al que saca las cargas para Madrid que para que es y con que orden lleva dicha nieve le ha respondido es para el Retiro, y que su Ilmo el jefe de la caba tiene ajustados con el Duque mi señor aquellos ventisqueros del Ratton y Rodriguez pero esto aun el mismo guarda a conocido en el modo no ser cierto y que andan con cuidado de que infiero es algun monipodio de los arrieros...[10]

El ventisquero del Ratón visto desde los restos del chozo de los guardas a sueldo del duque del Infantado, que lo vigilaban día y noche para evitar robos de nieve (22 de julio de 2012)
El ventisquero del Ratón el 10 de julio de 2018. A su derecha, entre piornales, se aprecian los restos del chozo en el que pasaban las noches de verano los guardianes encargados de su vigilancia durante los siglos XVII y XVIII 

El ventisquero del Ratón el 10 de julio de 2018, dejando al descubierto parte del muro o «balsa de nieve» mandado levantar por Pablo Xarquíes a comienzos del siglo XVII. En su centro la nieve alcanzaba un espesor de dos metros
      

          Salvo en épocas de sequías prolongadas, en el siglo XVII la nieve de los ventisqueros serranos perduraba más que en nuestros días, resistiendo hasta mediados del otoño o incluso permaneciendo hasta comienzos del invierno siguiente, lo que permitía recogerla y transportarla durante todo el verano. La causa no era otra que el generalizado enfriamiento del clima que tuvo lugar en toda Europa entre los siglos XV y XIX, un fenómeno que los paleoclimatólogos han denominado «pequeña edad del hielo» y que alcanzó su máxima intensidad precisamente en la época que nos ocupa. Sin embargo, en años de pocas precipitaciones y por lo tanto de pocas nieves había que recurrir a los ventisqueros de Peñalara y los Montes Carpetanos o a los de las sierras del señorío de Buitrago, mucho más alejados, por lo que los precios del transporte se encarecían mucho. 
          Además de los ventisqueros ya mencionados próximos al puerto de la Morcuera se explotaron otros muchos que salpican las cumbres más elevadas de la sierra, y que por entonces pertenecían a distintas jurisdicciones y propietarios particulares, como la misma corona, la comunidad de Ciudad y Tierra de Segovia, el señorío del Real de Manzanares, las comunidades de Villa y Tierra de Pedraza y Sepúlveda, el municipio de El Espinar o los marqueses de Lozoya, entre otros. Para abastecer a la ciudad de Segovia y al palacio de Valsaín fueron muy utilizados los neveros que se forman en la cabecera del arroyo Frío, en la vertiente norte de las Guarramillas, y el de Hoyo Minguete, en la vertiente oriental del cerro de este nombre. Muy cerca de este último se conservan las ruinas de la Casa Eraso, construida por Felipe II para servir de albergue en las jornadas reales por el camino de la Fuenfría, que fue conocida también con el nombre de «casa de la nieve» por tener un pozo donde se almacenaba para servicio del monarca cuando se detenía allí en sus viajes hacia el palacio de Valsaín.

La Casa Eraso pintada hacia 1637 por Jusepe Leonardo (fragmento). El pozo de nieve, todavía no localizado junto a las ruinas de esta casa, posiblemente estaba cubierto por la casilla que aparece detrás (Patrimonio Nacional)  

          
          Otro ventisquero importante fue el hoy denominado «de la Reguera», situado en la vertiente sudoriental del Pico del Nevero, al que dio nombre. De él se conservan su tosco muro de contención de mampostería y la práctica totalidad del camino de herradura que lo comunica con el puerto de Navafría, una hermosa senda que mantiene en muchos tramos los muros de borde, el empedrado original y las pequeñas alcantarillas por donde lo cruzan los arroyos que bajan de las cumbres. Perteneció a los marqueses de Lozoya y abastecía a un pozo de nieve construido por sus propietarios en esta localidad serrana situada a sus mismos pies que dio nombre al marquesado. 
          Pero sin duda los neveros más célebres y utilizados fueron el ventisquero de la Condesa y el nevero de Hoyoclaveles. El primero de ellos, situado al pie de la cumbre de las Guarramillas y ya mencionado anteriormente, abasteció a la ciudad de Madrid durante siglos y recibió su nombre de la que fue su propietaria a mediados del siglo XVIII: María Francisca de Silva y Mendoza (1707-1770), undécima duquesa del Infantado, marquesa de Santillana y condesa del Real de Manzanares. Conserva su viejo muro de grandes piedras que fue reconstruido a comienzos del siglo XX por la empresa Hidráulica Santillana tras la construcción del embalse del mismo nombre para facilitar la acumulación de nieve y retrasar en lo posible el estiaje del río. El segundo, también conocido en el Real Sitio de San Ildefonso con la enigmática denominación de nevero «de Ansias», es el ventisquero más extenso y nutrido de toda la sierra y uno de los más duraderos junto a los que se forman en los contrafuertes orientales del cercano risco de los Claveles. Pese a haber abastecido de nieve durante siglos a la ciudad de Segovia, al palacio de La Granja e incluso a la ciudad de Valladolid, no conserva restos de muro, posiblemente por no haberlo necesitado nunca dadas sus buenas condiciones para acumular nieve, aunque sí mantiene las trazas del viejo camino que lo comunicaba con el inmediato puerto del Nevero o de Quebrantaherraduras, al que dio el nombre[11].

El nevero de Hoyoclaveles o de Ansias, el 18 de agosto de 2013, un año en el que se combinaron generosas precipitaciones de nieve en el Guadarrama y temperaturas medias más bajas de lo normal. Sin duda, la excepción que confirma la regla del calentamiento del clima en la alta montaña mediterránea





El autor sobre los restos del viejo camino de herradura que accedía al nevero de Hoyoclaveles, el 17 de agosto de 2013
 Emplazamiento de los principales ventisqueros históricos de la Sierra de Guadarrama (Julio Vías/IGME)


                                                                                                                                                    Los pozos de la nieve
Sin embargo, las construcciones más espectaculares relacionadas con la vieja industria de la nevería son los pozos de nieve. No son muchos los que se han conservado en la Sierra de Guadarrama y su entorno, aunque recientemente se ha descubierto y recuperado alguno del que sólo se tenía noticia en los archivos. Es el caso del que se sabía estaba situado junto a la puerta del Campo de los jardines del Real Sitio de San Ildefonso y que abastecía de nieve al palacio de La Granja levantado por Felipe V en la primera mitad del siglo XVIII. Los primeros pasos  para la recuperación de esta antigua construcción preindustrial se dieron en 2006 con la propuesta hecha por la Sociedad Castellarnau de Amigos de Valsaín, La Granja y su entorno al Ayuntamiento del Real Sitio de San Ildefonso para que llevara a cabo la excavación y vaciado del pozo, que se hallaba completamente colmatado de escombros bajo el pavimento de una pequeña plazuela que forma la calle del Pozo de la Nieve. Las primeras catas, llevadas a cabo en el verano de 2007 por el Estudio de Arqueología GROMA confirmaron el buen estado de conservación de la mampostería y las grandes dimensiones de la construcción, por lo que el Ayuntamiento convocó un concurso que ganó el arquitecto Mariano Martitegui con un proyecto para convertir el pozo en un espacio dedicado a uso cultural y didáctico que pudo acogerse a los Fondos del 1% Cultural que el organismo oficial ADIF destina a proyectos de recuperación del patrimonio. Las obras comenzaron en el verano de 2010 y duraron poco más de un año, inaugurándose el 23 de septiembre de 2011 como un centro de interpretación dedicado a la nieve y a su aprovechamiento histórico en la Sierra de Guadarrama.

El pozo de nieve de La Granja una vez completados los trabajos de excavación en 2010. Abajo se aprecia parte del pavimento de baldosas de barro cocido formando pendiente para facilitar el desagüe
Inauguración del Pozo de Nieve de La Granja como espacio cultural, el 23 de septiembre de 2011
Cuatro personas fundamentales en la recuperación del Pozo de la Nieve de la Granja: a izquierda y derecha Carlos de Hita y Perico Heras, de la Sociedad Castellarnau, y en el centro las arqueólogas Sonia Fernández y Amparo Martín. Al fondo la gran claraboya en forma de esfera que ilumina el espacio interior del pozo (23 de septiembre de 2011) 

          
          El proyecto siguió en todo la actual tendencia de recuperar y poner en valor este tipo de construcciones iniciada en Europa tras el Primer Encuentro Internacional sobre el Comercio y el Uso Artesanal del Hielo, que se celebró en la localidad francesa de Brignoles en julio de 1994, y la posterior creación del Musée de la Glace en la cercana población de Mazaugues. Hasta el momento, en España se han celebrado dos congresos monográficos sobre el antiguo aprovechamiento de la nieve. Otros ejemplos de este tipo de rehabilitaciones en nuestro país son el pozo de la nieve de Abantos, en San Lorenzo de El Escorial (Madrid), las neveras de Sojuela, en La Rioja, los pozos de nieve de la sierra de María, en Almería, el Centro de Interpretación sobre la Nieve y el Hielo de la Barbacana, en Barbastro (Huesca), y el pozo de nieve de Uncastillo (Zaragoza), convertido en Museo del Frío. 
          Las primeras referencias documentales sobre el pozo de nieve del Real Sitio de San Ildefonso se remontan al año 1737, por lo que se supone que fue construido poco antes como parte de las obras del palacio de La Granja. Su explotación se sacaba a pública subasta cada año y el arrendatario estaba obligado a llenarlo con la nieve que debía retirar de la Plaza de Palacio durante el invierno y con la que se bajaba del nevero de Ansias en primavera y verano. Según las hipótesis de Perico Heras y Julio de Toledo, de la Sociedad Castellarnau de Amigos de Valsaín, La Granja y su entorno, que han investigado en los archivos del palacio real de Madrid, su explotación no debía suponer un buen negocio al adjudicatario al vender la Real Casa al mismo precio la nieve de copo bajada directamente de Ansias, mucho más limpia y sin malos olores por no sufrir almacenaje[12]. Es interesante la información que proporcionan algunos de estos documentos, que refieren que la nieve de Ansias y de otros ventisqueros cercanos se bajaba incluso en los meses de agosto y septiembre, que era la época del año que pasaban los reyes en el real sitio y cuando mayor consumo se hacía, lo que viene a demostrar la mayor persistencia de la nieve en las cumbres de la sierra durante el siglo XVIII, todavía en tiempos de la pequeña edad del hielo. También avalan esto último unos versos de Nicolás Fernández de Moratín compuestos en alabanza a su protector Don Luis de Borbón y Farnesio, hermanastro del rey Carlos III y gran aficionado a cazar por las alturas de esta parte de la sierra. Moratín, que creció y se educó en La Granja al ostentar su padre el cargo de guardajoyas de la reina Isabel de Farnesio, dedicó en 1765 a su poderoso amigo el largo poema titulado La Diana o Arte de la Caza, en el que encontramos esta singular y valiosa descripción del gran circo montañoso que rodea la laguna de Peñalara, lugar que sin duda debió frecuentar acompañándole en sus cacerías:

Reviértese, formando gran laguna
de agua dulce, y de allí como en tramoya
a probar de otros ríos la fortuna
baxa precipitándose el Lozoya
y botalete es ya petrificada
la nieve de mil siglos congelada...[13]

          La lectura e interpretación del paisaje es siempre una ocupación apasionante, pero todavía lo es más cuando se apoya en el estudio de viejos textos literarios. El término en desuso botalete, utilizado de forma habitual en los antiguos tratados de arquitectura, es usado aquí por Moratín como figura retórica para referirse a un arbotante o contrafuerte de nieve que sustenta las paredes catedralicias de la montaña, como ilustra de forma inmejorable la tercera fotografía de esta entrada. Igualmente, con la expresión la nieve de mil siglos congelada nos describe de manera gráfica e inequívoca la existencia de pequeños restos de nieves perpetuas en el macizo de Peñalara todavía a mediados del siglo XVIII, en uno de los últimos ciclos o vaivenes de enfriamiento generalizado del clima producidos durante la pequeña edad del hielo, después de los cuales los fríos fueron remitiendo hacia la mitad del siglo XIX. 
          Según podemos apreciar en una litografía realizada alrededor de 1850 por el pintor Pedro Pérez de Castro, el pozo de nieve de La Granja estaba cubierto por una pequeña edificación que protegía la nieve almacenada en su interior de la lluvia y las corrientes de aire. Estuvo en uso hasta comienzos del siglo XX y cuando perdió su utilidad fue empleado como vertedero de escombros procedentes de la Real Fábrica de Cristales hasta su completa colmatación.

Litografía en la que aparece a la izquierda el pozo de nieve de La Granja, identificado en la leyenda con el número 43 (Archivo de Palacio. Madrid)  
Detalle de la ilustración anterior en el que se aprecia el pozo de la nieve cubierto por una pequeña edificación con tejado a cuatro aguas (cortesía de Perico Heras)  

          
          La excavación llevada a cabo en 2010 sacó a la luz las grandes dimensiones de esta antigua construcción de planta aproximadamente elíptica, con unos ejes de once por nueve metros y unos ocho de profundidad. Los muros, el elemento más importante de todo el conjunto, son de mampostería de granito muy bien concertada y recibida con mortero de cal, y esto, unido al hecho de haber permanecido enterrados durante mucho tiempo, ha posibilitado su buen estado de conservación. El espacio conseguido se ha destinado a sala de exposiciones y pequeño auditorio de extraordinaria acústica, en el que en un principio se instaló un centro de interpretación dedicado a la antigua explotación industrial y doméstica de los ventisqueros y pozos de nieve, después sustituido por una exposición permanente de arte. Son muy originales los elementos de nueva planta ideados por Martitegui, como el edificio de recepción de visitantes, el pasadizo subterráneo abovedado construido en ladrillo que sirve de acceso al pozo, y la esfera blanca y traslúcida que sirve de claraboya coronando el exterior a modo de una gran bola de nieve. 
          Otro importante lugar de consumo de nieve fue el monasterio de El Escorial, lugar de retiro de Felipe II, que mandó construir varios pozos de almacenamiento por las alturas del cerro de Abantos. Entre los varios que se conservan uno de ellos destaca por su buen estado de conservación y sus notables hechuras, con catorce metros de profundidad, ocho y medio de diámetro y una magnífica cubierta abovedada de rústica mampostería que servía de abrigo a las 20.000 arrobas de nieve que podía almacenar en su interior. Es de forma troncocónica y en su fondo tiene una pequeña galería de desagüe para evacuar las aguas de fusión. En 1985 este pozo fue restaurado por el organismo público Patrimonio Nacional con motivo del IV centenario de la construcción del monasterio de El Escorial. De aquel proyecto de restauración, ejecutado por el arquitecto y académico Luis Cervera Vera, reproducimos aquí abajo un plano alzado en donde se aprecian las características constructivas del edificio.

Plano alzado del pozo de nieve de Abantos, realizado por el arquitecto Luis
Cervera Vera para su restauración (Población y monasterio ‒El entorno‒
.
IV Centenario 
del Monasterio de El Escorial) 
El pozo de nieve de Abantos, sin duda el más importante y mejor conservado de toda la Sierra de Guadarrama y que estuvo en uso hasta la década de los treinta del siglo pasado para abastecer el mercado de San Lorenzo de El Escorial
Interior del pozo de nieve de Abantos, con su magnífica bóveda de medio punto construida en rústica mampostería y sustentada por los sólidos contrafuertes exteriores    
          
          En estos pozos, también llamados cavas o neveras, la nieve se empozaba en capas de aproximadamente medio metro de espesor, extendiéndose entre ellas tongadas de paja de unos dos palmos de grosor y apisonándose todo fuertemente con pesados pisones por los llamados pisadores de nieve, lo que suponía un trabajo duro y peligroso pues, aunque se calzaban con botas de esparto trenzado, los pies se amorataban enseguida y por ello debían ser relevados enseguida para evitar congelaciones. Cuando el pozo estaba lleno se cerraban todas las puertas del cobertizo que los cubría para evitar corrientes de aire, o simplemente se cubrían de paja o retamas comprimidas por grandes piedras a la espera de la primavera y el verano, que eran las épocas de mayor consumo.
          En los pozos bien construidos y convenientemente protegidos del exterior u orientados a umbría, como es éste que nos ocupa, la nieve podía conservarse durante varios años, aunque esta nieve, la llamada nieve vieja, era de peor calidad y por lo tanto de menor precio que la nieve de temporada. Es fácil suponer que la nieve más apreciada y más cara, al alcance únicamente de los reyes y las clases más poderosas, era la conocida como nieve blanca o de copo, que estaba libre de sabor y malos olores por proceder directamente de los ventisqueros sin previo almacenaje en cavas o neveras de ningún tipo. La nieve guardada en los pozos se convertía en una gran masa compacta de hielo dividida en secciones horizontales por las capas de paja, que al atardecer se cortaban en bloques con grandes serruchos y se extraían mediante tornos o escalas de madera para ser transportados durante la noche a los puntos de venta. En el abigarrado Madrid del siglo XVII estos establecimientos, denominados neverías, se situaban en algunas plazas y plazuelas céntricas, como la de Herradores, la de Antón Martín, la de Matute y la misma Puerta del Sol, donde la nieve, guardada y expuesta en grandes cajones de madera, se despachaba al público por libras y medias libras.

El Algodón del Guadarrama
Con la popularización del consumo de nieve, todo lo relativo a este nuevo y blanco producto traído desde las entonces todavía lejanas cumbres del Guadarrama se puso de moda en el Madrid de los Austrias, en especial entre las gentes para las que hacer uso de ella había sido un lujo inalcanzable hasta muy poco tiempo antes. No es difícil imaginar a los engolados caballeros de la corte de Felipe III, siempre haciendo alarde de hidalguía pero a menudo sin una blanca que llevarse a la bolsa, y a las almidonadas damas madrileñas de la época presumir de «beber frio de nieve» a la salida de misa en la iglesia de San Felipe el Real, en el famoso «mentidero de la villa» que se concentraba todos los domingos en sus gradas abiertas a la misma Puerta del Sol. Para ilustrar convenientemente esta escena traemos otra vez aquí a Francisco de Quevedo, quien en su Culta Latinparla satirizó las rebuscadas metáforas puestas de moda por Luis de Góngora y por otros poetas y escritores barrocos del Siglo de Oro español, que en el caso que nos ocupa se empleaban para presumir de beber refrescos fríos en pleno verano, como beber con «armiño del frío», con «requesones de agua», con «vidrieras de diciembre», con «algodón llovido»[14], al igual que alardearía hoy un ciudadano del siglo XXI de usar la mejor marca de frigorífico. Quién sabe si este último símil del algodón utilizado para referirse a la nieve, uno de los innumerables adornos culteranos que inundaron el lenguaje hablado del Madrid barroco del Siglo de Oro, pudo dar el hermoso y enigmático nombre que aún hoy ostenta el gran ventisquero del Algodón desde donde Pablo Xarquíes bajaba la nieve del Guadarrama hasta la corte de los reyes Felipe III y Felipe IV.

«Ventisquero del Algodón», un topónimo fascinante que abre las puertas a la imaginación y a la especulación histórica sobre su origen (Francisco de Quevedo dixit...)
Los dos ventisqueros que abastecieron de nieve al Madrid del Siglo de Oro: el del Ratón, situado al sur de la divisoria de la Cuerda Larga (izquierda), y el del Algodón, situado al norte (derecha)   
          
          De los ventisqueros del Ratón y del Algodón se hizo casi todo el abasto de nieve a la villa de Madrid, hasta que en el reinado de Carlos III se construyó la carretera de Villalba a La Granja por el puerto de Navacerrada y desde allí se pudo acceder con relativa facilidad a otros neveros, como los de Estrada y Regajo del Pez, situados en la cabecera del arroyo Samburiel, y al ya mencionado ventisquero de las Guarramillas o de la Condesa, en la cabecera del río Manzanares, donde la nieve se acumulaba en grandes cantidades y perduraba hasta bien avanzado el verano. Fue este gran nevero el que protagonizó los años de esplendor de la industria de la nevería en Madrid desde mediados a finales del siglo XIX, cuando la proliferación de cafés y botillerías en los que se servían todo tipo de refrescos y bebidas frías disparó la demanda de nieve hasta extremos nunca antes conocidos. En su Descripción física y geológica de la provincia de Madrid, el geólogo Casiano de Prado menciona que en 1861 hubo que bajar desde la sierra más de quinientas carretas cargadas de nieve, lo que supuso más de 100.000 arrobas, pagándose por entonces a veinte reales la arroba[15].

El ventisquero de la Condesa en junio de 2018. El viejo muro levantado en el siglo XVIII por los neveros a sueldo de la duquesa del Infantado va quedando al descubierto según se funde la nieve
          
          Tras la supresión en 1863 de la Casa Arbitrio de la Nieve y Hielos, la Sociedad de Botilleros de Madrid, gremio en el que se agrupaban los propietarios de los más importantes cafés y botillerías de la villa y corte, arrendó los ventisqueros de la Estrada, del Regajo del Pez y de la Condesa para garantizar el abastecimiento de nieve a la ciudad. Situado al mismo pie de estos ventisqueros, el pueblo de Navacerrada se convirtió en el centro de una actividad económica que movía mucho dinero y que a partir de comienzos del mes de junio ocupaba temporalmente a numerosos hombres en las labores de acarreo de nieve. Un testigo de todo este ajetreo fue Francisco Blanco y Juste, un farmaceútico y académico que allá por 1894 pasaba los veranos en la Casa de los Almorchones, al pie de la Barranca de Navacerrada, y que nos dejó un testimonio vivo e insustituible de como transcurrían las labores de la nevería en la Sierra de Guadarrama a finales del siglo XIX:

«A fines de marzo subían con carros de bueyes cargados con paja de centeno; subían el puerto con dos pares; la operación era de abrigar la nieve, es decir, cubrir el ventisquero con una capa de paja de centeno de medio metro de espesor; por los bordes se apretaba muy bien. Los neveros no tenían miedo al sol, no; su miedo era al aire. El ventisquero quedaba cubierto de paja, esperando a primeros de junio a ser explotado. Llegaba junio, empezaba la campaña, se compraban bueyes potentísimos, pieles de cabra y oveja, esteras; se arreglaban los altos tableros, se recibían órdenes de la sociedad de botilleros, se animaba el pueblo y la carretera, los venteros del camino se aprovisionaban, los neveros hacían alarde de comer bien y gastar dinero; trabajaban mucho pero ganaban mucho. A medianoche salían del pueblo carros con dos pares de bueyes; llevaban buenos tableros, cuerdas, pieles, palas, pisones, botas de esparto; al rayar el día coronaban el puerto (1.900 metros de altitud). A las cinco de la mañana estaban en el ventisquero de Estrada; arreglaban el carro, los bueyes los llevaban lejos para que no bebiesen el agua del deshielo y con escobas barrían la paja de centeno para hacer corte. Dos con palas a arrojar nieve al carro y en éste dos con pisones y con botas de esparto para apisonar la nieve. Así hasta llenarlo, labor casi interminable. Una vez lleno, se recubría bien con pieles, se registraba minuciosamente si podía entrar aire y con las cuerdas en las palancas se tensaba bien la carga de trescientas cincuenta a cuatrocientas arrobas.
Los dos kilómetros de descenso hasta el puerto eran un suplicio; el enorme peso, el pésimo camino, la gran pendiente, las ruedas frenadas por la galga, el carro chorreando agua, era penosísimo. Se tardaba cerca de dos horas en aquellos dos kilómetros y el descenso lo hacían varios para el mutuo auxilio. Pena daba ver a aquellos pobres bueyes e increíble parecía la resistencia de los ejes. Se llegaba al alto del puerto como el náufrago a la orilla, se respiraba; los neveros merendaban, y todo carretera y cuesta abajo hasta Madrid: dos jornadas y media, merendonas en el camino y dinero ganado. Su misión en esas dos jornadas y media era ir apretando la carga para que no bailara. La carga se hacía un solo bloque de hielo, y como se deshelaba había que ir apretando la carga y registrando los chisperos de aire como ellos decían. Así pasaban el camino hasta llegar a Madrid, a la Ronda de Atocha. Se descargaba el bloque de hielo, se aserraba en tres o cuatro trozos y se pesaba. En el camino se perdía un tercio de la carga y como cobraban por peso descargado, de ahí su codicia de cargar mucho en el ventisquero. Alguno descargó trescientas arrobas en Madrid, luego perdió más de cien en el camino. Volvían a la sierra, y era un constante ir y venir. ¡Como que hacían el abasto de hielo a una población como Madrid!»[16]       

          Pero a la antigua actividad de la nevería le quedaba ya muy poco tiempo para desaparecer. La aparición del hielo industrial en las últimas décadas del siglo no dejó ninguna opción de competencia a la nieve de la sierra. El «algodón llovido» de las cumbres del Guadarrama fue pronto sustituido por el mucho más prosaico pero también más económico producto industrial elaborado en las primeras fábricas de hielo creadas en la villa y corte por las compañías cerveceras Mahou y El Águila. En 1894 todavía quedaban en Madrid dos sociedades que se dedicaban al comercio de la nieve, la Compañía de Abasto y Consumo de Hielo y Nieve, situada en el 23 de la Ronda de Atocha, y la Compañía Anónima de las Neveras del Guadarrama, en la calle de Serrano 72. Apenas diez años después ya no existían. A partir de entonces, los ventisqueros de la sierra dejaron de explotarse y volvieron a quedar desiertos y silenciosos, como siempre habían estado a lo largo de milenios, hasta que el descubrimiento científico, cultural y deportivo del Guadarrama, que tuvo lugar poco después, los volviera a sacar del olvido y los pusiera de nuevo ante nuestros ojos revestidos de nuevos valores.

Acción de la Compañía Anónima de las Neveras del Guadarrama, una de las últimas sociedades dedicadas a la explotación de los ventisqueros de la sierra para el abastecimiento de nieve a la ciudad de Madrid (Todocolección)
  


[1] Siglas de International Union for Quaternary Research (Unión Internacional para la Investigación del Cuaternario)

[2] FRÄNZLE, O. 1959. «Glaziale und periglaziale Formbildung im östlichen Kastilischen Scheidegebirge Zentral-Spanien»Bonner Geograplische Abhandllungen. (Trad. de J. Sagredo. 1978. Estudios Geográficos, 151 y 152. 203-231 y 363-418)

[3] MUÑOZ JIMÉNEZ, J. 2016. «Los efectos de las modificaciones recientes del clima sobre los ventisqueros de la Sierra de Guadarrama históricamente explotados para el abastecimiento de nieve a Madrid: el caso del ventisquero del Ratón (Cuerda Larga, Manzanares el Real)». Libro jubilar en homenaje al profesor Antonio Gil Olcina. Instituto Interuniversitario de Geografía. Universidad de Alicante. 65-83

[4] PALACIOS, D., DE ANDRÉS, N. y LUENGO, E. 2004. «Tipología y evolución de los nichos de nivación en la Sierra de Guadarrama, España»Boletín de la Real Sociedad de Historia NaturalSección Geológica. 99 (1-4). 141-158

[5] VÍAS, J. http://juliovias.blogspot.com.es/2013/08/nieve-finales-de-verano-los-neveros-del.html

[6] BERMÚDEZ DE PEDRAZA, F. 1989. Historia eclesiástica de Granada (ed. facs.). Universidad de Granada. 29

[7] CORELLA, P. 1989. «La Casa Arbitrio de la Nieve y Hielos del Reino y de Madrid (1607-1836)»Melanges de la Casa  de Velázquez, XXV. 175-197

[8] QUEVEDO Y VILLEGAS, F. 1966. Obras completas (1). Ed. Aguilar, Madrid. 422

[9] Sobre la recogida de la nieve en los ventisqueros de la Cuerda Larga y su transporte a Madrid desde la Casa de la Nieve de Chozas existe documentación histórica en diferentes archivos. En una jornada monográfica dedicada a destacar la importancia del patrimonio que constituyen las antiguas infraestructuras y edificaciones abandonadas vinculadas al secular aprovechamiento de la nieve en el Guadarrama, celebrada en Soto del Real el 19 de enero de 2019, el autor facilitó una copia de un legajo depositado en el Archivo Histórico de Protocolos de Madrid que trata precisamente de ello, y que fue transcrita para la ocasión por la arqueóloga y paleógrafa Morgana Algari: Escritura de obligación para traer nieve entre Pablo Xarquies y dos vecinos de Chozas de la Sierra. Archivo Histórico de Protocolos de Madrid. P.º 2089. 6 de mayo de 1612. Fol. 239-241  

[10] Arrendamiento de sierra y ventisqueros de las villas de Manzanares, Navacerrada, Chozas, Miraflores y demás partes y lugares del Real y Condado de Manzanares. Archivo Histórico Nacional. Sección Nobleza (Osuna). Leg. 2423-110-3. Julio 1734

[11] El autor ha encontrado a los pies de este ventisquero restos de tejas y ladrillos recochos, además de algunos fragmentos de cerámica del siglo XVIII

[12] HERAS, P. Comunicación personal. 14 de noviembre de 2011

[13] FERNÁNDEZ DE MORATÍN, N. 1765. La Diana o Arte de la Caza. En la oficina de Miguel Escribano. Madrid. Estrofa XLVIII  

[14] QUEVEDO Y VILLEGAS, F. 1966. «La Culta Latinparla. Catecismo de vocablos para instruir a las mujeres cultas y hembrilatinas». Obras completas (2). Ed. Aguilar, Madrid. 347

[15] DE PRADO Y VALLO, C. 1864. Descripción física y geológica de la provincia de Madrid. Junta General de Estadística, Madrid. 32

[16] BLANCO JUSTE, F. 1944. 
«El alpinismo en la Sierra de Guadarrama en 1894»Peñalara. Revista ilustrada de Alpinismo, 279. 13-14.


3 comentarios:

Pedro Nicolás dijo...

Excelente artículo en el que se unen riqueza documental, rigor histórico, conocimiento del territorio y entusiasmo por el tema. Magnífico y definitivo trabajo sobre la nevería guadarrameña. Enhorabuena!!!

Marqués de Tamarón dijo...

Muchas gracias, querido Julio, por este ensayo tan interesante y tan hermoso. He aprendido mucho y estoy compartiéndolo con amigos.

Un abrazo de Santiago Tamarón

Julio Vias dijo...

Queridos Pedro y Santiago, muchas gracias por vuestros comentarios a este pequeño ensayo sobre la nieve del Guadarrama.
Un abrazo de vuestro amigo Julio.