jueves, 19 de septiembre de 2013

EL ÚLTIMO NEVERO DE PEÑALARA RESISTE HASTA EL OTOÑO

En la última entrada del pasado 28 de agosto, que dediqué a los neveros de la sierra de Guadarrama en este sorprendente verano de 2013 que toca a su fin, aventuré la fecha de mediados de septiembre como plazo límite para la completa desaparición de las contadas manchas de nieve que todavía resisten heroicamente en el macizo de Peñalara. Ahora debo reconocer aquí que me equivoqué, ya que el último de estos neveros va a perdurar al menos hasta comienzos del otoño, cosa que, dicho sea de paso, deseaba fervientemente aún a riesgo de dar argumentos, aunque sean fútiles, a los negacionistas del cambio climático.
          Esto de la fusión, semana arriba o semana abajo, de unos simples restos de las nieves del pasado invierno parece una cuestión menor y sin importancia, pero no es así, ni mucho menos. Además de la indudable belleza intrínseca al asunto, la ciencia está muy pendiente de estas diminutas manchas de nieve, y prueba de ello son los trabajos que Julio Muñoz, doctor en Geografía por la Universidad Complutense de Madrid y coautor de un importante estudio biogeográfico sobre los neveros de la sierra de Guadarrama, ha estado realizando sobre el terreno a lo largo de este verano. Estos trabajos consisten en analizar la evolución reciente de la cubierta vegetal (incluidas las especies quionófilas, es decir las querenciosas y adaptadas a la nieve) de estos parajes en donde se forman los neveros, que quedan literalmente sepultados por un denso y pesado manto nival la mayor parte del año. Posteriormente, los datos recogidos en el trabajo de campo se procesan y se confrontan con la información obtenida a través de las fotografías aéreas de la zona tomadas en los últimos 60 años, lo que permite valorar la influencia del calentamiento del clima en la dinámica colonizadora actual de la vegetación. Con la curiosidad propia del naturalista apasionado por estas cosas, me intriga pensar en los muchos secretos que va a desvelarnos mi sabio tocayo Julio sobre un paraje para mí tan especial como es el ventisquero del Ratón, donde ha centrado su trabajo a lo largo de este verano, ya que está completando otro exhaustivo estudio sobre el tema que verá la luz en poco tiempo.

Emplazamiento del ventisquero del Ratón a los pocos días de desaparecer la nieve. Los piornos que han quedado al descubierto florecen con casi un mes de retraso respecto a los del entorno (14 de agosto de 2013)

          Fuera ya del ámbito científico, en algunos reducidos círculos del guadarramismo más entusiasta por estas cuestiones, reunidos en habitual tertulia en las redes sociales alrededor del Twitter de la Venta Marcelino, incluso se cruzan apuestas sobre cuál será la fecha de la total desaparición de la nieve en la sierra de Guadarrama en este año crucial de su declaración como parque nacional. Los pocos neveros que hasta hace unos días se distinguían con nitidez en la cumbre más alta del Guadarrama apenas se divisan ya a simple vista, y el que tenga que hacer de juez en esta apasionante apuesta deberá hacer guardia junto a los ya insignificantes restos de nieve para dar fe del día y la hora de su completa desaparición.

miércoles, 28 de agosto de 2013

NIEVE A FINALES DE AGOSTO

Arde el cielo en llamas,
fulgen los neveros; 
cruzan las retamas
trochas de cabreros...
            
Enrique de Mesa
"Elegía de abril". El silencio de la Cartuja (1916)

Aunque la fotografía que encabeza la página principal de esta bitácora pueda dar lugar a pensar lo contrario, debo reconocer aquí que los paisajes nevados no gozan de mi especial predilección. En general, pienso que la nieve cubriéndolo todo crea escenarios que abruman al contemplador y excluyen cualquier matiz en el paisaje, por lo que la moderación es mi pauta estética en lo que atañe a este meteoro. En consecuencia, de la nieve como elemento paisajístico en la Sierra de Guadarrama prefiero la sencilla visión de los neveros o ventisqueros, esos fugaces retazos blancos y brillantes que deja al retirarse el larguísimo invierno de las cumbres. Y esta preferencia se apoya no sólo en razones estéticas, sino también en cuestiones todavía más intangibles, ya que los neveros de la sierra realzan en nuestro subconsciente el valor de lo perecedero y lo escaso, que no otra cosa es la nieve en la alta montaña mediterránea.
          Así pienso desde que un día de agosto, a comienzos de los años sesenta del siglo pasado, con apenas cinco o seis años de edad, me subieron por primera vez al puerto de la Morcuera y descubrí brillando al sol el gran nevero de Hoyoclaveles, al pie del macizo de Peñalara. Desde entonces, esas pinceladas de blancura deslumbrante que forman el efímero pero efectista decorado de las cumbres de la sierra a inicios y mediados del verano, me parecieron, como todo lo fugaz en la Naturaleza, algo enigmático y misterioso, al igual que me siguen pareciendo hoy, pongo por ejemplo, las luciérnagas o "gusanos de luz" (Lampyris noctiluca), que por la misma época, avanzado el mes de julio, iluminan tenuemente durante unos pocos días los zarzales que cubren las tapias de los valles, para desvanecerse enseguida sin dejar rastro. Lo desmesuradamente grande y lo diminutamente pequeño tienen a menudo el mismo significado en nuestra percepción del paisaje.       
          Se puede decir que los neveros del Guadarrama, como todos los de las altas montañas ibéricas, son realmente caprichosos. Lo normal en los últimos cuarenta años es que no perduren más allá de la primera semana del mes de julio, aunque en años cálidos y de pocas precipitaciones desaparecen completamente antes del solsticio de verano. Por ello, es extraordinario lo que ha ocurrido este año 2013, en el que algunos ventisqueros de la sierra van a persistir hasta bien entrado septiembre, como era lo habitual antaño y que hoy es un fenómeno que sólo podemos explicar como una excepción que confirma la regla que está marcando el ritmo del incuestionable proceso de calentamiento del clima en todo el planeta.

Extraordinaria profusión de neveros en el macizo de Peñalara a comienzos de este verano (21 de junio de 2013)

          Y la prueba de ello es que, hace más de dos siglos, en las postrimerías del período climático frío que los paleoclimatólogos denominan Pequeña Edad del Hielo, los ventisqueros de Peñalara eran permanentes y no llegaban a desaparecer durante el verano, según se deduce inequívocamente de unos versos de Nicolás Fernández de Moratín que encontramos en su obra La Diana o arte de la caza (1765), en los que nos describió el paisaje de la laguna Grande rodeada entonces por pequeños restos de antiguas nieves perpetuas:

Reviértese, formando gran laguna
de agua dulce, y de allí como en tramoya
a probar de otros ríos la fortuna
baxa precipitándose el Lozoya
y botalete es ya petrificada
la nieve de mil siglos congelada...