jueves, 9 de abril de 2015

UN RETO DE CONSERVACIÓN PARA EL FUTURO: EL REGRESO DEL LOBO A LA SIERRA DE GUADARRAMA

A mi amigo el naturalista Carlos de Hita, 
que ha reflejado como nadie los sonidos de 
la naturaleza ibérica en sus archivos sonoros,
y a quien le debo un lobo...


Hoy quiero hablar en esta bitácora de un polémico asunto relativo a la gestión y a la conservación de la sierra de Guadarrama como espacio natural protegido, sin duda uno de los que más pasiones levanta y desencuentros produce entre tres grupos de presión implicados en él llamémoslos así‒, que son ganaderos, cazadores y conservacionistas. Me estoy refiriendo al regreso del lobo a nuestras montañas tras una ausencia que se ha alargado durante más de medio siglo, asunto del que ya traté hace seis años en un artículo publicado en la revista Peñalara y en la web de la Sociedad Castellarnau. 
          Para evitar equívocos y confusiones entre los lectores menos informados, voy a iniciar estas líneas partiendo de la premisa incontrovertible de que el lobo ibérico (Canis lupus signatus) es una especie autóctona de las montañas del Sistema Central, a las que ha regresado de forma completamente natural por la expansión de sus poblaciones del norte de la península, y no por pretendidas reintroducciones artificiales, como sostiene una opinión muy extendida entre el sector ganadero. El lobo es tan consustancial a los ecosistemas, al paisaje, a la cultura y a las tradiciones de la sierra de Guadarrama como lo pueden ser, pongamos por caso, el buitre negro, los pinares de Pinus sylvestris o la vaca avileña. Prueba de ello son las numerosas referencias que existen sobre la pasada abundancia de lobos en la antaño denominada cordillera Carpetovetónica, y sobre la lucha que los pastores de la sierra mantuvieron durante siglos contra la entonces temida fiera que destrozaba sus rebaños.

Enorme ejemplar de lobo cazado en los montes de Valsaín (Segovia) a finales de los años
cuarenta del siglo pasado. El joven que aparece en la fotografía es Pedro Montes, vecino
del pueblo ya fallecido (Crónicas gabarreras)

miércoles, 25 de febrero de 2015

LAS ANTENAS DE LA BOLA DEL MUNDO Y EL CENTENARIO DE FRANCISCO GINER DE LOS RÍOS

Tras la declaración del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama, se ha reavivado mucho el debate sobre la conservación de algunos de los parajes más sensibles y amenazados incluidos dentro de su ámbito territorial o de su zona periférica de protección, y hoy voy a echar leña al fuego a una antigua controversia retomada recientemente por algunos medios de comunicación alrededor de una de las cumbres más renombradas entre todas las que accidentan la vieja y desgastada orografía española. Como el lector informado ya sabrá por el título de esta entrada, me estoy refiriendo a Las Guarramillas, más popularmente conocida como «la Bola del Mundo», una montaña cuya redondeada cima erizada de grandes antenas de telecomunicaciones constituye una visión habitual para los habitantes de Madrid y Segovia, que diariamente la pueden contemplar, cada cual desde su propia lejanía, según estén situados a uno u otro lado de la sierra de Guadarrama.

Una montaña simbólica
Pero esta montaña tiene una relevancia que va mucho más allá de esta cotidianidad visual o de su destacado y conocido papel como escenario de actividades deportivas y de ocio. Por una parte está su gran importancia geográfica, pues no en vano constituye un verdadero nudo orográfico e hidrográfico en el que confluyen los dos grandes cordales que forman la Sierra de Guadarrama y donde tienen sus más altas fuentes los cuatro principales ríos de todos los que nacen en ella: el Guadarrama, el Manzanares, el Lozoya y el EresmaPor si fuera poco, en sus vertientes meridionales se abren los valles de dos de estos ríos que indistintamente se llamaron Guadarrama durante la Edad Media: el antiguo «Guadarrama de Madrid», el actual Manzanares, que tiene sus fuentes en el ventisquero de las Guarramillas o de la Condesa, y el «Guadarrama de Calatalifa», hoy el verdadero Guadarrama, que tiene el punto más elevado de su cabecera en las altas vertientes occidentales de esta cumbre, allí donde se forman las escorrentías que dan origen al arroyo del Regajo del Puerto. Es en el hecho del nacimiento de estos dos Guadarramas medievales, que se distinguían por el nombre de las dos fortalezas musulmanas que defendían el paso por sus cauces, donde hay que buscar el origen del antiguo nombre de esta montaña, que ya aparece denominada como «Las Guadarramiellas» en el Libro de la Montería que mandó escribir el rey Alfonso XI de Castilla a mediados del siglo XIV
          Pero además de esta relevancia geográfica e histórica, la cumbre de Las Guarramillas es un lugar cargado de un profundo significado cultural. En este año se cumple el centenario de la muerte de Francisco Giner de los Ríos, por lo que es muy oportuno también destacar aquí la carga simbólica que adquirió esta montaña a raíz de su contemplación desde la cima, junto a un grupo de alumnos de la Institución Libre de Enseñanza, de una puesta de sol que le inspiraría su artículo "Paisaje", un hito estético fundamental para el posterior descubrimiento del paisaje de Castilla por parte de los escritores de la generación del 98. Publicado en marzo de 1886 en La Ilustración Artística, este conocido artículo dio origen a una corriente cultural científica y deportiva de acercamiento hacia la sierra de Guadarrama que hoy denominamos como «guadarramismo», de la cual deriva en gran parte el moderno movimiento conservacionista vinculado a estas montañas. 

Una puesta de sol contemplada desde aquí mismo en 1885 inspiró a Francisco Giner de los Ríos su artículo "Paisaje"