La sierra de Guadarrama, tan cercana a una aglomeración urbana de seis millones de habitantes, todavía conserva rincones casi ajenos al mundo en los que el tiempo parece no haber transcurrido desde los ya lejanos años en los que España era un país eminentemente rural. Uno de ellos es el Hueco de San Blas el Viejo, un paraje del que nunca he querido hablar demasiado para no contribuir a darle una excesiva visibilidad que podría convertirlo en un lugar tan ruidoso, masificado y poco agradable como las hermosísimas Dehesas de Cercedilla, donde la presión recreativa descontrolada ‒en especial la procedente del ciclismo de montaña‒ alcanza ya límites difíciles de soportar por un medio natural castigado en extremo.
Ahora, ante la mala gestión de que es objeto por parte de la misma administración encargada de su custodia, es decir, de la Consejería de Medio Ambiente de la Comunidad de Madrid, y ante las amenazas procedentes de la nueva normativa ambiental a la que queda sometido, me decido a hablar claramente y sin tapujos de este paraje casi virgiliano del Hueco de San Blas, que como los míticos valles de la Arcadia es un lugar digno de haber sido cantado hace dos mil años en las Bucólicas y en las Geórgicas del célebre poeta romano autor de La Eneida. Por si ello no fuera razón suficiente para justificar estas líneas, añadiré que este lugar es uno los más sagrados rincones de mi infancia y mi juventud.
El Hueco de San Blas el Viejo ‒y no Hoya u Hoyo de San Blas, como también se lo denomina erróneamente en muchas guías de senderismo y sitios web‒, es un hermoso y todavía apartado valle encajado entre las cumbres de La Najarra, la loma de los Bailanderos y Asómate de Hoyos, últimas cimas de la Cuerda Larga hacia levante, y las estribaciones más orientales de La Pedriza de Manzanares, denominadas en la nomenclatura clásica de la sierra de Guadarrama como cordal de los Pinganillos. El valle está atravesado por el arroyo Mediano, que tiene sus fuentes en las altas laderas que rodean el antiguo circo glaciar de Navalhondilla u Hoyo Cerrado y desemboca un poco más abajo en el embalse de Santillana, tras recibir las aguas de los arroyos de Matasanos y Mediano Chico. Repobladas de pinos todas sus laderas a mediados del siglo XX, el fondo del valle sigue conservando sus primitivos pastizales, que son actualmente aprovechados por ganado vacuno de raza serrana ‒hoy técnicamente denominada avileña-negra ibérica‒, aunque antaño siempre pastaron aquí numerosos rebaños de ovejas merinas que trashumaban desde Extremadura o trasterminaban desde Colmenar Viejo, Chozas de la Sierra y algunos pueblos segovianos de arraigada tradición pastoril, como Arcones y Prádena.
Ahora, ante la mala gestión de que es objeto por parte de la misma administración encargada de su custodia, es decir, de la Consejería de Medio Ambiente de la Comunidad de Madrid, y ante las amenazas procedentes de la nueva normativa ambiental a la que queda sometido, me decido a hablar claramente y sin tapujos de este paraje casi virgiliano del Hueco de San Blas, que como los míticos valles de la Arcadia es un lugar digno de haber sido cantado hace dos mil años en las Bucólicas y en las Geórgicas del célebre poeta romano autor de La Eneida. Por si ello no fuera razón suficiente para justificar estas líneas, añadiré que este lugar es uno los más sagrados rincones de mi infancia y mi juventud.
El Hueco de San Blas el Viejo ‒y no Hoya u Hoyo de San Blas, como también se lo denomina erróneamente en muchas guías de senderismo y sitios web‒, es un hermoso y todavía apartado valle encajado entre las cumbres de La Najarra, la loma de los Bailanderos y Asómate de Hoyos, últimas cimas de la Cuerda Larga hacia levante, y las estribaciones más orientales de La Pedriza de Manzanares, denominadas en la nomenclatura clásica de la sierra de Guadarrama como cordal de los Pinganillos. El valle está atravesado por el arroyo Mediano, que tiene sus fuentes en las altas laderas que rodean el antiguo circo glaciar de Navalhondilla u Hoyo Cerrado y desemboca un poco más abajo en el embalse de Santillana, tras recibir las aguas de los arroyos de Matasanos y Mediano Chico. Repobladas de pinos todas sus laderas a mediados del siglo XX, el fondo del valle sigue conservando sus primitivos pastizales, que son actualmente aprovechados por ganado vacuno de raza serrana ‒hoy técnicamente denominada avileña-negra ibérica‒, aunque antaño siempre pastaron aquí numerosos rebaños de ovejas merinas que trashumaban desde Extremadura o trasterminaban desde Colmenar Viejo, Chozas de la Sierra y algunos pueblos segovianos de arraigada tradición pastoril, como Arcones y Prádena.

