En estos días se han cumplido treinta años de la gran nevada de 1996, un fenómeno meteorológico que hizo historia en la Sierra de Guadarrama y que sin duda recordarán todos aquellos que por edad pudieron contemplar sus efectos. Como entonces los meteorólogos todavía no le ponían nombres a los temporales y a las borrascas, y ni falta que hacía, la voy a denominar aquí como «el gran nevazo del 96», un nombre más castizo y con más posible resonancia en los anales de la meteorología que si se hubiera llamado simplemente «Boris» o «Paquita», pongo por caso. Se ha escrito y publicado mucho acerca de esta nevada y poco nuevo puedo aportar aquí, si no son mis reflexiones un tanto cáusticas y metafóricas y algunas fotografías de no muy buena calidad que hice en aquellos días a unos paisajes inéditos y maravillosos que probablemente no volvamos a ver, a las que acompañan otras mucho mejores hechas por buenos amigos, como la que sigue.
Aquellas fenomenales nevadas, porque en realidad fueron varias, cayeron a lo largo de toda la semana del 21 al 29 de enero de 1996 por la conjunción de una serie de condiciones meteorológicas que raramente se dan a la vez y que desencadenaron lo que ahora se suele llamar, según la expresión ya tópica acuñada por el meteorólogo y pronosticador de huracanes norteamericano Robert Case, como la «tormenta perfecta». Y es que la «meteo», como así, abreviado, se escribe ahora en las redes sociales, es una ciencia muy prolífica alumbrando palabros o acrónimos bastante sosos para denominar lo que siempre hemos llamado borrascas o temporales, hermosos nombres que ya empleaba Cervantes en el Quijote, como en el capítulo XVIII de la Primera parte: «Sábete Sancho, que todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien...».
Lo mismo se puede decir de la borrasca de 1996 que nos «sucedió» a nosotros, porque de verdadero suceso podría calificarse dada las dimensiones y la resonancia que tuvo y sigue teniendo en el pequeño mundo del guadarramismo. Todo comenzó el domingo 21, cuando un frente frío procedente del Atlántico incidió sobre el Sistema Central, encontrándose en altura con una masa de aire húmedo y más cálido procedente del sur. Esas condiciones fueron las idóneas para que en el puerto de Navacerrada, por ejemplo, se registraran aquel día, según datos históricos, más de 150 mm (litros) de precipitación en forma de nieve, que cayó suave pero densamente con esos copos grandes y flotantes que son los que cuajan más fácilmente, acumulándose una capa de nieve húmeda y pesada de más de medio metro de espesor, lo que ya era todo un nevadón. Al ser día festivo muchas personas quedaron aisladas en la estación de esquí y en las residencias y albergues deportivos de los puertos de Navacerrada y Los Cotos, al no saber o poder prever lo que se les venía encima. Al día siguiente muchas de ellas tuvieron que vivir la pequeña pero inolvidable odisea de tener que descender caminando hasta Cercedilla o Rascafría, cuando en los puertos la nieve ya alcanzaba el metro y medio de altura. A lo largo de la semana siguiente, salvo los días 25 y 26 en los que llegó a lucir el sol, otros frentes atlánticos siguieron descargando nevada tras nevada sobre las cumbres y las laderas más elevadas de la sierra, pero esta vez acompañadas de viento y temperaturas mucho más bajas, sobre todo el día 27, en el que se registraron cerca de 80 mm de precipitación en el puerto de Navacerrada, alcanzando ya la nieve un espesor de más de dos metros, y hasta tres o cuatro en lugares más altos y expuestos a las ventiscas. No en vano la estación meteorológica del puerto registró aquel mes de enero de 1996 unas precipitaciones que llegaron a alcanzar más de 500 mm en forma de nieve, cifra nunca alcanzada desde que hay mediciones.
Los episodios que se vivieron en aquella semana y en las posteriores para despejar las carreteras de acceso a los puertos casi se pueden calificar de dramáticos. Las cosas se complicaron todavía más al tener que cavar en la nieve con palas y azadones para localizar y sacar de allí los numerosos automóviles que quedaron atrapados y ocultos en los arcenes de las carreteras y en los aparcamientos de los puertos. Muchos de ellos permanecieron allí hasta el deshielo, con los amortiguadores reventados por el enorme peso de la nieve una vez apelmazada por las condiciones de humedad. También hubo que palear a brazo para descubrir y trocear con motosierras los centenares de pinos de gran tamaño caídos y cruzados sobre las carreteras de los puertos de Navacerrada y los Cotos, que formaban un obstáculo infranqueable para las máquinas quitanieves. Hay publicada en la red una magnífica crónica de RedMountain que describe todo aquel caos.
En lo ambiental, las consecuencias que tuvieron aquellas nevadas sobre las masas forestales de pino silvestre de la Sierra de Guadarrama también fueron dramáticas. Las bajas temperaturas registradas los días 25 y 26 de enero, en los que despejó el tiempo, congeló la enorme cantidad de nieve acumulada sobre las copas de los pinos. A la vez que las temperaturas descendían en picado comenzó a soplar el Boreas de los griegos, como a mí me gusta llamarlo, ese mismo viento del norte que en nuestra mal abrigada juventud en la Sierra de Guadarrama nos helaba hasta los tuétanos. Se produjo entonces el fenómeno que los viejos forestales y madereros de la zona conocían como «derrotas», que no es otro que la caída de extensas masas de pinar cuando el viento encuentra las copas cargadas de nieve helada o el suelo reblandecido después de fuertes y continuadas lluvias. Vencidos por el peso, cientos de miles de pinos, en muchos casos los más altos y gruesos, se troncharon por la mitad como simples mondadientes o cayeron arrancados de cuajo en las altas laderas de los pinares históricos de Valsaín, El Espinar, Cercedilla, El Paular y Navafría, y en otros muchos de repoblación antigua. Los efectos de ese verdadero tsunami forestal fueron devastadores y hasta hace no mucho tiempo todavía se podían apreciar en las zonas más elevadas y abruptas de los pinares, allí donde no fue posible retirar los restos de los pinos caídos ni siquiera con las recuas de mulas que se utilizaron durante los años siguientes para sacar cientos de toneladas de madera muerta. Acerca de todo ello, remito al lector a este estudio publicado por el ingeniero de Montes Gregorio Montero, y a una entrada a este mismo Cuaderno de Bitácora que dediqué a uno de aquellos enormes pinos que sucumbieron bajo el temporal, y que denominé para la ocasión como «el coloso del Pinar de los Belgas».
Admirado con lo que estaba ocurriendo, como todos los amantes de la sierra y de la nieve, no pude escaparme del trabajo en día laborable hasta principios de la segunda semana de febrero de 1996, cuando se consiguió abrir el puerto de la Morcuera al paso de vehículos. Para documentarlo, allí estuvimos como primeros y únicos testigos ‒aparte de los operarios de carreteras que estaban trabajando‒ mis dos hermanos Javier y Manuel, mi primo Raimundo de Miguel y quien esto escribe. La carretera estaba cortada al tráfico a la altura de La Cristalera, por lo que tuvimos que subir caminando y coronamos el puerto a paso lento, tras las máquinas quitanieves y una retroexcavadora que se tuvo que utilizar de refuerzo para abrir una auténtica trinchera a través del potente ventisquero formado a sotavento en su vertiente oriental, el mismo que se formaba todos los años en tiempos más fríos hasta la década de los setenta. Las máquinas consiguieron llegar hasta lo alto del puerto al comenzar la tarde, y allí se detuvieron para continuar el trabajo al día siguiente. Ya abriendo huella con nuestros pasos por el virginal y espeso manto de nieve llegamos hasta la Fuente Cossío, sin ninguna otra pisada humana visible hasta donde alcanzaba la vista. Pena nos daba hollar aquel paisaje virginal e irrepetible de nuestra amada fuente y el entonces todavía joven pinar de repoblación situado a sus espaldas casi sepultados bajo dos metros de nieve, frente al gran anfiteatro inmaculado de toda la sierra relumbrando al sol declinante de aquella tarde invernal, que salía y se ocultaba entre jirones de nubes que llegaban a cubrir las cimas de Peñalara y Cabezas de Hierro. Allí tomé algunas de las fotografías que acompañan a esta entrada, entre ellas la que desde hace trece años encabeza este Cuaderno de Bitácora.
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| El autor ante una retroexcavadora en la subida al Puerto de la Morcuera. Segunda semana de febrero de 1996 |
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| Quitanieves trabajando tras la retroexcavadora. Segunda semana de febrero de 1996 |
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| La carretera quedó despejada hasta lo alto del puerto. Allí se detuvieron los trabajos hasta el día siguiente. Segunda semana de febrero de 1996 |
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| El autor con Raimundo de Miguel y su hermano Javier en la Fuente Cossío. Segunda semana de febrero de 1996 |
En la tercera semana de febrero, casi un mes transcurrido desde la nevada, volví a la Morcuera con Pepe Nicolás, mi amigo de andanzas de infancia y juventud por la Sierra de Guadarrama, pero esta vez para ascender al collado de la Najarra, o de los Palacios, en la divisoria con el Hueco de San Blas el Viejo y llegar a la Loma de los Bailanderos. Aquel día, ya completamente despejado y espléndido, nos permitió admirar un paisaje que nunca habíamos visto ni posiblemente volvamos a ver en lo que nos queda de vida: las cimas de la Cuerda Larga, Peñalara, los Montes Carpetanos, hasta la Somosierra y la Sierra de Ayllón con su relieve completamente transfigurado por la nieve. La sierra toda parecía una gigantesca duna blanca de formas suaves y de superficies lisas y deslumbrantes pulidas por las ventiscas. Roquedos, canchales, vaguadas, cabeceras de arroyos, los pinares retorcidos y raquíticos cercanos a las cumbres, incluso algunos de los pequeños hoyos glaciares que salpican aquí y allá las altas vertientes..., todo había desaparecido o se había desdibujado bajo un inmenso, continuo y uniforme manto de nieve, como no recuerdan las crónicas antiguas. Para hacerse una idea del espesor que alcanzó en algunos lugares, la profunda vaguada del ventisquero del Algodón, en la vertiente norte de la Cuerda Larga, aparecía casi colmatada por la nieve, que para llenarla a nivel de las lomas circundantes debió alcanzar allí, a ojo de buen cubero, más de 15 metros de espesor.
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| Vertiente septentrional de la Cuerda Larga y al fondo el macizo de Peñalara. Tercera semana de febrero de 1996 |
Acabo de decir que difícilmente volveremos a ver una nevada semejante en la Sierra de Guadarrama, al menos los más viejos de los que pudimos contemplarla. Pero estos temporales extraordinarios acaban por volver a repetirse, aunque según las estadísticas tienen unos plazos de recurrencia muy largos. Y el cambio climático los hará todavía más extremos y violentos, en lo que están de acuerdo la gran mayoría de los científicos que los estudian. El gran nevazo de enero de 1996 es el hito por excelencia de la nivología madrileña, junto a Filomena, la gran nevada que sepultó Madrid en enero de 2021 y a la que quizá habría que nombrar mejor como «La Filomena» por la descripción poética de la nieve que hizo Lope de Vega en su obra de este nombre publicada en 1621(1), exactamente cuatro siglos antes. También podría ser un hito en los anales de la protección civil en nuestra región, por los esfuerzos que hubo que hacer para auxiliar a los centenares de personas que quedaron atrapadas en los puertos durante aquellos días. Hoy podrían haber sido miles, vistas las aglomeraciones de gente que sube despreocupadamente a los puertos en pleno invierno calzada con simples zapatillas deportivas, viajando en el autobús de línea regular o en vehículos VTC sin tener asegurado el viaje de vuelta. No quiero ni imaginar el operativo que se tendría que desplegar para rescatarlas si se repitiera algo parecido. De los escarmentados nacen los avisados, dice el refrán, pero la hostelería y la estación de esquí viven de la gente y de la nieve, y de las dos cuanta más mejor.
Pero no nos dejemos engañar por estas grandes nevadas ocasionales que despiertan indistintamente el entusiasmo de hosteleros, empresarios del esquí, montañeros, esquiadores nostálgicos, snowboarders, domingueros de todo pelaje, caminantes con raquetas de nieve o simples contempladores de la montaña. La nieve nos une a todos allá arriba pero nos separa en el llano, sobre todo en el parlamento madrileño. Es un hecho demostrado por la ciencia que cada vez nieva menos en la Sierra de Guadarrama, como en todas las montañas centroeuropeas y mediterráneas, pese a lo cual, o quizá por ello, un grupo de alcaldes, empresarios de la nieve, deportistas «de élite» y nostálgicos del esquí alpino ‒llamémosles así‒ presentaron hace no mucho en el Museo del Esquí de Cercedilla lo que llamaron «Navacerrada 365» un proyecto que contempla la construcción en el Puerto de Navacerrada de un verdadero parque temático concebido alrededor de la nieve, al mejor estilo de China o Dubai según han llegado a decir, con una gran nave cubierta y refrigerada de 30.000 metros cuadrados de superficie donde se podrá esquiar en pleno verano, pistas de plástico para practicar el dry ski slope al aire libre y otros delirios. Frente a ello, los conservacionistas reclamamos el desmantelamiento de la estación de esquí, cuya concesión caducó hace años, para recuperar el entorno al igual que se hizo con la estación de Valcotos.
Quitando hierro al asunto y poniendo algo de sentido del humor, para finalizar estas líneas vuelvo a insistir sobre lo que dije al principio: Ya que en su día no fue llamada «Atilano» o cosa peor, acéptese la denominación castiza de «el nevazo del 96» para lo que pudo ser un desastre y no lo fue tanto, al contrario que otros también llamados «desastres» y sí lo fueron, como el del 98, en el que más se perdió en Cuba, como reza el otrora famoso dicho popular que hoy desconocen los millennials.
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| La Plaza de Oriente de Madrid, en la mañana del 9 de enero de 2021 |
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| Apocalipsis en la calle Juan de Austria (barrio de Chamberí), en la tarde del 9 de enero de 2021 |
Y aquí lo dejo, porque como colofón de un mes de enero en el que casi no ha parado de nevar en toda la Sierra de Guadarrama, hoy día 29, cuando se cumplen exactamente 30 años del final de aquel nevazo, la Agencia Estatal de Meteorología ha activado la alerta amarilla en la Comunidad de Madrid y en Castilla y León por el riesgo de nevadas que serán especialmente intensas en nuestras queridas montañas. Quien sabe si todavía llego a tiempo...
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(1) La nieve que los lazos descubrían / De más estimación que los diamantes, / En quien los más helados se encendían / Por precios de cuidados daba instantes... La Filomena. Con otras diversas Rimas, Prosas y Versos. Canto Tercero. Félix Lope de Vega Carpio, 1621.
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