miércoles, 21 de junio de 2017

LOS PINARES DE EL PAULAR EN LA ENCRUCIJADA

Abordamos hoy en nuestra bitácora una de las cuestiones pendientes de solución más importantes para la conservación de la sierra de Guadarrama en su conjunto, alrededor de la cual parece haberse apagado la polémica desatada hace años con motivo de los estudios previos a la declaración del parque nacional. Nos referimos al problema sin resolver de los pinares de El Paular, una gran masa forestal que cubre extensamente la cabecera del valle de Lozoya y que, por razones que veremos más adelante, fue excluida de este gran espacio protegido declarado en 2013. El incierto futuro de estos montes fue ya objeto de un artículo de opinión publicado por el autor de estas líneas en la revista conservacionista Quercus y reproducido poco después en la revista deportiva Peñalara. Para quien esté interesado en consultarlo, se puede acceder al mismo en la web de la Sociedad Castellarnau a través de este enlace. 
          Los pinares de El Paular están formados por el monte «Cabeza de Hierro» o pinar de los Belgas, de 2.054 hectáreas de superficie, propiedad de la Sociedad Belga de los Pinares de El Paular desde 1840, empresa que actualmente lo tiene puesto a la venta, y los montes «Cabeza de Hierro-La Cinta» y «Peñalara-La Cinta», de 261 y 585 hectáreas respectivamente, incluidos ambos en el Catálogo de Montes de Utilidad Pública de la Comunidad de Madrid aunque pertenecientes a la Comunidad de Ciudad y Tierra de Segovia, antigua institución de origen medieval cuyos territorios llegaron a extenderse muy al sur de la sierra. Por lo tanto, estos tres montes conforman uno de los grandes pinares históricos de la sierra de Guadarrama junto a los de Navacerrada, Cercedilla, Valsaín, El Espinar y Navafría.
          Los valores naturales de estos bosques centenarios son excepcionales. Además de contar con unos paisajes únicos, destaca su riquísima biodiversidad, que tiene su máximo exponente en una de las colonias de buitre negro más importantes de la península Ibérica. Por ello fueron protegidos como Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA) del Alto Lozoya, y Lugar de Importancia Comunitaria (LIC) de la Cuenca del Río Lozoya y Sierra Norte, ambas figuras integradas en la gran estructura de conservación de la biodiversidad europea conocida como Red Natura 2000Forman parte también de la zona periférica de protección del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama.

Los pinares de El Paular cuentan con valores naturales y paisajísticos sobresalientes



















El pinar de los Belgas constituye una de las masas forestales maduras más importantes de toda la Cordillera Central






          
Pugnas y ambiciones históricas por la riqueza maderera
Para comprender en toda su dimensión el problema que afecta a estos montes hay que detenerse algo en los complejos cambios de propiedad a los que han estado sometidos históricamente como resultado de las pugnas y ambiciones por la posesión de su gran riqueza maderera. Los pinares de El Paular, como los vecinos de Valsaín, pertenecieron originalmente a la Comunidad de Ciudad y Tierra de Segovia desde los tiempos de la reconquista cristiana, hasta que en 1675, en virtud de una Real Cédula de Carlos II, pasaron casi en su totalidad a la propiedad del cercano monasterio de Santa María del Paular. Esta cesión real fue el resultado de largos pleitos entre esta secular institución comunera y los monjes cartujos establecidos en el valle desde 1390, tras los que Segovia perdió definitivamente sus derechos históricos sobre gran parte de estos montes a excepción de una estrecha franja de pinar que recorre en altitud una parte de las altas laderas de Peñalara y Cabezas de Hierro conocida como «La Cinta». A partir de este cambio de propiedad el monte fue denominado durante dos siglos y medio como «pinar de los Frailes», y fue explotado por éstos hasta 1837, año en que fue sacado a pública subasta en aplicación del decreto de desamortización de los bienes de las órdenes religiosas promulgado poco antes por el ministro Juan Álvarez Mendizábal. En el remate fue adjudicado a un especulador e intermediario de la época llamado Andrés Andreu, quien cedió los derechos en 1840 a Adrien Benoit Bruneau, representante de un grupo de empresarios y banqueros belgas que a la sazón viajaban por España atraídos por las posibilidades de negocio inmobiliario que se abrían en España con la desamortización de Mendizábal, para lo que habían fundado la Sociedad Belga de Fincas Españolas, origen lejano de la actual Sociedad Belga de los Pinares de El Paular. Esta adquisición del pinar hoy podría ser contemplada como un aspecto aún no estudiado de aquel «descubrimiento» de la sierra de Guadarrama por parte de viajeros extranjeros que por entonces recorrían el país, ya fuera atraídos por la visión romántica de sus gentes y sus paisajes tan de moda en Europa por aquella época, como, en este caso, movidos por meros intereses económicos. A pesar de sus antecedentes especulativos, la compra del pinar por los belgas traería consigo consecuencias de profundo calado para la historia y la cultura de estas montañas. La entonces llamada Sociedad Civil Belga del Monte del Paular, convertida en 1878 en Sociedad Anónima Belga de los Pinares del Paular, construyó en 1876 una serrería de vapor en Rascafría que supuso una de las primeras muestras de la Revolución Industrial en la explotación de los montes españoles.

La llamada "Casa de la Madera", antigua edificación del siglo XVIII situada junto al monasterio de El Paular que albergaba la primitiva sierra de agua de los monjes cartujos


Inscripción grabada en la fachada de la serrería de la Sociedad Belga de los Pinares del Paular en Rascafría, donde quedó constancia de la fecha de su construcción


Hacheros, carreteros, guardas del pinar y otros trabajadores posando para la cámara ante la serrería de El Paular hacia 1910 (archivo de la Sociedad Belga de los Pinares del Paular)
La misma perspectiva un siglo después y con mucha menos vida. En 1980 un vendaval derribó parte de la vieja y airosa chimenea de la serrería, y años más tarde hubo que ayudar a las cigüeñas para que instalaran su nido en ella por primera vez
          
          Pese a la encendidas críticas de la época, la compra del monte Cabeza de Hierro por los belgas fue providencial para su conservación, pues otros lotes de los pinares de El Paular también desamortizados y adquiridos por grandes propietarios españoles afincados en Madrid, Segovia y Torrelaguna fueron talados a matarrasa y vendida su madera para obtener un beneficio inmediato. Ya a comienzos del siglo XX la dirección de la Sociedad Belga, desempeñada entonces por Henri Dubois, rechazó sustanciosas ofertas de compra de grandes cantidades de madera para la reconstrucción de algunas poblaciones francesas devastadas durante la Primera Guerra Mundial, lo que exigía la tala «a hecho» o a matarrasa de extensas superficies del pinar. A lo largo de los siguientes cien años la gestión de los belgas continuó siendo precursora y adelantada a su tiempo en este sentido. En las décadas de los cuarenta y cincuenta del siglo pasado, época en la que las Juntas Provinciales de Extinción de Animales Dañinos creadas por por la administración del régimen de Franco pagaban por la eliminación de todo tipo de aves rapaces, Jean Pierre Lecocq, director de la sociedad entre 1935 y 1967, tomaba medidas para la conservación de la colonia de buitre negro que incluso hoy nos parecen avanzadas, colaborando activamente con algunos ornitólogos extranjeros que realizaron estudios científicos sobre esta especie
          Sin embargo, al hacer un balance histórico podemos ver que el coste de esta conservación desde un punto de vista social no ha sido pequeño. El derecho de propiedad de una empresa extranjera sobre este valioso monte ha sido fuente, durante generaciones, de un profundo sentimiento de resquemor y frustración entre las gentes del valle, que siempre consideraron el pinar como algo suyo pese a que disfrutan desde hace siglos de los derechos de aprovechamiento gratuito de las maderas para la construcción de sus casas, las leñas y los pastos para sus ganados, derechos heredados de antiquísimas servidumbres que datan de tiempos medievales. Sobre este viejo conflicto y sobre otros aspectos de la realidad social del valle trata el interesante aunque ya algo antiguo estudio Vecinos y forasteros en el valle de Lozoya, de la socióloga francesa Martine Guerrier Delbarre, publicado en 1992 por el desaparecido Patronato Madrileño de Áreas de Montaña.

El legado cultural de la Sociedad Belga de los Pinares de El Paular
Además de su impagable labor en la conservación de este gran patrimonio natural que hoy disfrutamos todos, preservado durante más de ciento setenta años por su cuenta y riesgo, la Sociedad Belga de los Pinares de El Paular ha dejado una profunda huella cultural no sólo en el valle de Lozoya, sino también en la misma ciudad de Madrid. Casi al mismo tiempo que el monte Cabeza de Hierro, la sociedad adquirió unos terrenos procedentes de la desamortización del antiguo convento y hospital de los Agonizantes, situados junto a la antigua puerta de Atocha, donde estableció su sede central y sus almacenes, situación que diez años más tarde se haría estratégica tras la construcción de la cercana estación de ferrocarril del Mediodía. Los belgas situaron igualmente otros talleres y almacenes a mitad de camino entre El Paular y Madrid, en las localidades serranas de Villalba y La Cabrera, lugares de paso de las dos principales carreteras que llegaban a la ciudad desde el norte. Es curioso comprobar cómo la actividad comercial de la sociedad maderera en estos dos entonces pequeños pueblos dejó su huella en la actual toponimia callejera de cada uno de ellos, como la plaza de los Belgas o la calle del Belga respectivamente. Durante muchos años fue un espéctaculo habitual por los caminos del valle de Lozoya y de los puertos de la Morcuera y del Paular (hoy de los Cotos) el paso lento de los carros de los belgas cargados de madera con destino a Madrid y a las obras de construcción de importantes edificios en muchos pueblos de la sierra, en especial aquellas en las que se precisaban piezas de gran tamaño y perfectamente escuadreadas.  

Escudo que corona la verja de hierro que da acceso a la serrería de El Paular. Lleva la fecha de 1916 y las iniciales de Henri Dubois, por entonces director de la Sociedad Belga de los Pinares del Paular
Henri Dubois, director de la Sociedad Belga en los años de la eclosión del guadarramismo, un 
personaje que figura frecuentemente en las crónicas excursionistas y deportivas de la época 
(archivo de la Sociedad Belga de los Pinares del Paular)

          Durante generaciones, la vida de la localidad serrana de Rascafría y de otras pequeñas aldeas del valle de Lozoya, como Oteruelo y Alameda, giró en gran parte alrededor de la corta, la saca y el transporte de madera, lo que acabó por crear toda una cultura hoy a punto de desaparecer materializada, entre otros aspectos, en la jerga tradicional de los hacheros, carreteros y guardas del monte con la que denominaban todo el pequeño universo que rodeaba a sus antiguos oficios, o en la riquísima toponimia del pinar, gran parte de la cual se encuentra conservada en los viejos cuadernos contables y en otros documentos del archivo de la Sociedad Belga. Hasta la segunda mitad del siglo XX, cuando se implantaron los modernos medios mecánicos en los trabajos forestales de corta y saca de maderas, en especial el empleo de la motosierra que revolucionó la vida y la cultura forestal en todo el mundo, en el pinar de los Belgas trabajaba una cuadrilla de hacheros formada por doce hombres bajo las órdenes de un encargado de hachas. La campaña de cortas se hacía en dos etapas, de marzo a junio y de septiembre a diciembre, durante las cuales se apeaban unos cinco mil pies de Pinus sylvestris, la especie predominante en las masas pinariegas de la sierra de Guadarrama. Después de la corta y el desramado de los pinos, las trozas se arrastraban con yuntas de bueyes hasta los cargaderos del pinar, donde eran cargadas en carretas, y al caer la tarde hacheros y carreteros bajaban juntos con su pesada carga hasta la serrería de El Paular. El poeta Enrique de Mesa, frecuentador de la abandonada cartuja a comienzos del siglo XX, nos pintó esta escena en unos versos de su Poema del hijo:

De su pinar se tornan los hacheros:
aire lento y cansino;
en los hombros, las hachas,
y en sus gastados filos,
un reflejo fugaz, que a ratos hiere
los semblantes cetrinos.
Se acercan. -Buenas tardes.
-Vaya con Dios, amigo...
-Pero no los conoces?
El de la aijada es Lino, 
el que la otra mañana
trajo al Paular el nido, 
el que baja en el carro de sus bueyes
los troncos de los pinos...

          Tras el aserrado en la fábrica y un largo proceso de secado, vigas, tablones terciados, tabletas, ripia, y costeros destinados a la construcción, además de otras piezas menores empleadas en carpintería, se cargaban en carros que partían diariamente por decenas hacia los talleres y almacenes de la madrileña calle de Atocha, viaje que duraba cuatro o cinco días atravesando el valle de Lozoya en toda su longitud para llegar hasta Madrid por la carretera de Burgos. En el inmediato pinar de La Cinta el modo de explotación era idéntico.
Saca de pinos en el monte de La Cinta, hacia 1910 (postal editada por la Sociedad Española de Amigos del Árbol)

Grupo de hacheros en el pinar de los Belgas hacia 1910 (archivo de la Sociedad Belga de los Pinares del Paular)





Los antiguos cuadernos contables del archivo de la Sociedad Belga guardan el valioso acervo de la vieja toponimia de los pinares de El Paular (fotografía del autor)



Fila de carros cargados de tablas en el madrileño Paseo del Prado, poco antes de acceder a los almacenes de la Sociedad Belga situados en la calle de Atocha, hacia 1910 (archivo de la Sociedad Belga de los Pinares del Paular)
          
          La serrería y los almacenes de la Sociedad Belga de los Pinares de El Paular, situados en los números 153 y 155 de la madrileña calle de Atocha (hoy correspondientes al 123 de la numeración actual), fueron ampliados en distintas ocasiones para poder atender la gran demanda de madera procedente de la construcción de los nuevos barrios de Madrid tras la aprobación del proyecto del ensanche de Castro en 1860. En 1925 se construyeron dos grandes naves, una dedicada a talleres y otra a almacén y secadero, según proyecto del arquitecto Manuel Álvarez Naya, que en su día fueron de los primeros edificios de hormigón armado visto construidos en la ciudad y que todavía hoy son conocidos como «la Serrería Belga». En un interesante artículo publicado en 2013 en la Revista de las Industrias de la Madera se recoge el testimonio de Carlos Garoz, un experto carpintero y ebanista madrileño que mantuvo su viejo taller en la vecina Ronda de Atocha hasta el año 2002, en el que nos relata con emoción y nostalgia el decisivo papel que jugó la Serrería Belga en la conservación del complejo entramado social de los oficios relacionados con la elaboración de la madera, y en general en el desarrollo de la carpintería y la ebanistería en Madrid durante gran parte del siglo XX.
          La Serrería Belga de la calle de Atocha mantuvo su actividad hasta finales de la década de los setenta del siglo pasado, y en el año 2000 el Ayuntamiento de Madrid adquirió las dos naves de hormigón por su valor como importante muestra de arquitectura industrial. Tras su rehabilitación, que fue galardonada en 2013 con el Premio de la XII Bienal Española de Arquitectura y Urbanismo, hoy albergan la sede de Medialab Prado, el conocido espacio cultural y tecnológico situado entre las calles Alameda y Cenicero.

Fachada de la Serrería Belga a la calle Alameda, según proyecto del arquitecto Manuel Álvarez Naya fechado en 1924 (archivo de la Sociedad Belga de los Pinares de El Paular)
Una de las naves de hormigón armado levantadas en 1925 para albergar la ampliación de la Serrería Belga, en la madrileña calle de Atocha (archivo de la Sociedad Belga de los Pinares del Paular)  

Fachada de la antigua Serrería Belga en la calle Cenicero, hoy sede de Medialab Prado  
Fachada de la antigua serrería Belga en la calle Alameda. Al fondo, el edificio rehabilitado de la Subestación eléctrica de Mediodía, hoy sede de Caixaforum







        

 El futuro de los pinares de El Paular 
El pinar de los Belgas lleva tiempo sometido a la incertidumbre de un largamente anunciado y más que probable cambio de propiedad, que sería ya el enésimo de su larga y azarosa historia. Como ya referimos al comienzo de esta entrada, hace años que la veterana empresa propietaria contempla la venta del monte, y desde hace poco lo está ofertando en el mercado inmobiliario a través de una importante consultora. La grave crisis del sector forestal y maderero desatada en los últimos años, que ha sido causa del cierre de algunos de los aserraderos históricos de la comarca, tiene mucho que ver en esta venta, aunque hoy se atisban síntomas de recuperación, lo que abre un panorama de esperanza para la afamada madera de pino silvestre de la sierra de Guadarrama, que hoy cuenta con las certificaciones FSC y PEFC que acreditan el manejo sostenible y socioeconómicamente viable de sus bosques, como es el caso de «Maderas de Valsaín».
          Hace quince años ya hubo contactos entre representantes de la Administración madrileña y directivos de la Sociedad Belga para negociar la posible compra del pinar por la Comunidad de Madrid, que solicitó una valoración de la finca, pero al final no se concretó ningún acuerdo en el precio, que rondaba los treinta y seis millones de euros. Hablar de precio de mercado en estos casos es muy aventurado, pues el valor real del monte siempre será muy superior por los ingentes servicios ambientales que proporciona en forma de absorción de carbono, protección y regulación del ciclo hidrológico en la cabecera de la cuenca del Lozoya que abastece de agua a la ciudad de Madrid, conservación de la biodiversidad y otros no menos importantes. Hoy se utilizan diversas metodologías para valorarlos económicamente.

Formando un único y extenso pinar, los montes Cabeza de Hierro y La Cinta cuentan con valores naturales de importancia estratégica por su función protectora de la cabecera de la cuenca del Lozoya, la principal de las que abastecen de agua a la ciudad de Madrid
          
          Vistos los enormes valores ambientales de los pinares de El Paular, el lector se preguntará por qué motivo han quedado excluidos de este importante espacio protegido que los rodea casi por todas partes. Hay dos respuestas a ello: por un lado el temor de las administraciones a incluir terrenos de propiedad particular en los parques nacionales, lo que complica considerablemente su gestión, aunque se dan no pocos casos en los que la propiedad privada supone grandes extensiones de territorio en parques nacionales, como ocurre en la Caldera de Taburiente, Cabañeros, Monfragüe y las Islas Atlánticas; por otro el Plan Director de la Red de Parques Nacionales, que considera la tala con fines comerciales incompatible con los objetivos de conservación. No vamos a poner en duda que «tala» y «comercial» son términos ajustados a la realidad que nos ocupa, pero uno piensa que no son nada explícitos a la hora de definir un aprovechamiento tradicional practicado en estos pinares desde hace siglos, que ha sido el modelador de sus mejores paisajes desde que en el siglo XIX se comenzaron a aplicar en su explotación los modernos conocimientos dasonómicos de la ciencia forestal española, y que forma parte sustancial del patrimonio inmaterial más arraigado en la cultura de la sierra de Guadarrama. En cuestiones de gestión de espacios naturales casi todo puede llegar a ser relativo: también el aprovechamiento de los pastos por la ganadería extensiva tiene fines comerciales, y sin embargo el documento deja abierta su consideración como uso tradicional compatible y necesario para la conservación del paisaje por el Plan Rector de Uso y Gestión (PRUG), cuya redacción, a fecha de hoy, está muy avanzada. La polémica sobre esta incoherencia es ya antigua y se enmarca en el debate entre dos categorías distintas de conservación establecidas por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) a las que se acogen los parques nacionales: los llamados de tipo «norteamericano», incluidos en la categoría II, cuya filosofía consiste en dejar que evolucionen sin apenas intervención humana, y los de tipo «europeo», de la categoría V, en los que la secular interacción del hombre y la naturaleza los ha dotado de importantes valores naturales y culturales, por lo que en ellos se permiten los usos tradicionales, entre ellos la explotación forestal. Un poco más adelante volveremos a insistir sobre este asunto.
          Por su parte, el antiguo monte de La Cinta, hoy dividido por necesidades de ordenación dasocrática en los ya mencionados montes 111 y 113 del Catálogo de Montes de Utilidad Pública de la Comunidad de Madrid, también alberga extraordinarias muestras de biodiversidad, como son los tejos del arroyo Valhondillo, entre los cuales se encuentra uno de los ejemplares más longevos de España con casi dos mil años de edad, que sorprendentemente quedan fuera de los límites del parque nacional apenas por unos centenares de metros. Las 846 hectáreas de superficie conjunta de estos dos montes rodean por su parte superior la casi totalidad del perímetro del pinar de los Belgas a lo largo de las altas laderas de Peñalara y Cabezas de Hierro, formando en el plano una alargada franja o «cinta» forestal que parece abrazar en ademán protector al gran monte matriz separado de la común propiedad de Segovia en 1675.

Situado junto a un arroyo que atraviesa el monte de La Cinta, uno de los tejos más longevos de la península Ibérica ha quedado fuera de los límites del parque nacional por apenas unos cientos de metros. Junto a él, el biólogo José Luis Izquierdo, uno de los responsables de su conservación 

















          
          Desde hace cerca de quince años se viene reclamando que el pinar de los Belgas sea adquirido por la Administración central o autonómica, petición que incluso llegó en 2012 al Congreso de los Diputados «fusilando» para su presentación ante la Cámara parte del texto publicado por el autor de estas líneas en la revista Quercus. Hay opiniones dispares sobre la conveniencia o no de su incorporación, junto al monte de La Cinta, en el Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama. Quien suscribe ha participado activamente en algunas campañas organizadas a favor de esta incorporación, aunque siempre ha tenido dudas acerca de si estamos encomendando el futuro de estos montes al santo más adecuado, y más aún en estos momentos, tras casi cuatro años de andadura del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama. ¿Es realmente necesario someter por ley a los pinares de El Paular a nuevas pautas de protección que tendrían como consecuencia su desarraigo de una larguísima tradición forestal y maderera, y también su destino de forma expresa y declarada a un uso público masificado que se está convirtiendo en el principal problema para la conservación de la Sierra de Guadarrama? Es el viejo dilema, al que antes nos referíamos, entre dos criterios de conservación muy diferentes contemplados por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Hoy día la política de conservación digamos «clásica», basada en grandes parques nacionales aislados unos de otros e inspirados en el modelo norteamericano, está siendo puesta en entredicho frente a otras fórmulas de gestión establecidas alrededor del entramado territorial que forman los cientos de espacios que integran la Red Natura 2000.    

Cartel con viñeta de Forges para la tradicional marcha reivindicativa 
del Aurrulaque, pidiendo la incorporación de los pinares de los 
Belgas y Valsaín al Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama 
(cortesía de Antonio Sáenz de Miera)
          
          Como ya se ha mencionado más arriba, el pinar de los Belgas está siendo ofertado desde hace poco en el mercado inmobiliario nacional e internacional a través de una de las más importantes consultoras del país. Actualmente se habla mucho de la compra de espacios naturales por particulares, en unos casos por parte de grupos inversores privados y en otros, los menos, por fundaciones destinadas a la conservación y a la custodia del territorio. Los estrictos condicionamientos ambientales a los que está sometido no hacen sencilla una adquisición del pinar por parte de los primeros, pero ante la mera posibilidad de que sea adquirido por un grupo inversor español o extranjero con fines no encaminados expresamente a la conservación es necesario actuar con rapidez y previsión.
          La solución obligada, segura y aconsejable para el pinar de los Belgas es su adquisición por parte del Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente, incluyendo el aserradero de El Paular, para agregarlo como monte público a la propiedad del Organismo Autónomo Parques Nacionales, que gestiona desde 1995 las más de ocho mil hectáreas del gran pinar colindante de Valsaín. La extensa masa forestal conjunta, que podríamos denominar con toda propiedad «pinares de Valsaín-El Paular» porque constituyen un todo indivisible en lo ecológico y forman una unidad en lo paisajístico, contaría así con la ventaja de una administración única e integrada, requisito imprescindible para la buena gestión de los grandes espacios naturales. Al igual que la solución adoptada en los montes de Valsaín, se podrían incluir en el parque nacional las zonas altas de los pinares de El Paular que no son maderables, dejando fuera el resto del monte bajo un régimen jurídico especial equiparable al que rige en el parque bajo la denominación de Zona Periférica de Especial Protección, lo que permitiría la continuidad de los aprovechamientos forestales. Ello quizá podría dar una nueva oportunidad de futuro a la serrería de El Paular, que, además de conservar en la medida de lo posible su actividad tradicional, podría reconvertirse en planta de transformación de biomasa forestal, recuperando los puestos de trabajo perdidos tras la inevitable reducción de su actividad. Una solución obligada es la rehabilitación de los antiguos edificios de la serrería, los almacenes de madera y los establos de los bueyes, de gran interés por constituir una valiosa muestra de arquitectura industrial del siglo XIX, y destinarlos a espacio cultural dedicado a mantener viva la memoria y la tradición maderera en el valle de Lozoya, como se hizo con las dos antiguas naves de la Sociedad Belga rehabilitadas en Madrid.

Los pinares de Valsaín forman una unidad ecológica y paisajística con los vecinos pinares de El Paular



Solución adoptada en los montes de Valsaín para la continuidad de los aprovechamientos madereros en el entorno del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama: en verde las zonas que no se explotan, dentro del parque; en amarillo la Zona de Especial Protección, que queda fuera del mismo y donde sí se permite la explotación maderera. Los pinares de El Paular, situados a la derecha, podrían formar con ellos un todo unitario en materia de gestión (OAPN) 




          
          Pero desgraciadamente no hay que hacerse demasiadas ilusiones. Los presupuestos contra natura aprobados por el gobierno hace pocas semanas, que recortan de forma desmesurada e injustificable las partidas destinadas al Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente siempre el medio ambiente en último lugar‒, y concretamente en un 23% las del Organismo Autónomo Parques Nacionales, no permiten abrigar muchas esperanzas de que la Administración central pueda adquirir el pinar a corto plazo. La opción de compra por parte de la Comunidad de Madrid, parece estar también en vía muerta por escasez presupuestaria y falta de interés político.
          Estas ya largas líneas estarían incompletas si no reflejáramos en ellas el punto de vista de los responsables de la sociedad, que ponen de manifiesto, cuando se habla con ellos de este asunto, las dificultades que para un aprovechamiento rentable del pinar les suponen no sólo las necesarias restricciones de tipo ambiental impuestas por la Administración forestal de la Comunidad de Madrid, sino también el tremendo aumento del número de visitantes que frecuentan estos parajes desde la creación del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama en 2013. La masificación del uso público recreativo en los pinares de El Paular les está causando serios problemas, como la basura que queda esparcida por el monte durante los fines de semana, el tránsito creciente de bicicletas de montaña fuera de las pistas forestales, la acumulación de vehículos permanentemente mal aparcados en los accesos al pinar, con el enorme peligro que ello supone en caso de incendio, y otros no menos considerables. Los belgas, gente honesta y orgullosa de su larguísima labor de conservación del monte, son claros en su opinión al respecto y consideran que el bienvenido momento de esplendor que viven muchos comercios, casas rurales y restaurantes de la zona se ha originado en gran parte gracias a los valores naturales y paisajísticos de esta finca privada y a su utilización como espacio público para el recreo de los madrileños desde hace décadas, sin recibir a cambio compensación alguna por esta importante función socioeconómica.
          Durante años, el autor pasó largos veranos de su juventud trabajando en las labores de vigilancia del pinar de los Belgas, por lo que mantiene una estrecha vinculación afectiva con la veterana sociedad maderera a la que debemos la existencia del impar patrimonio natural del entorno del Alto Lozoya. Por ello, para terminar estas líneas, quiere dejar a un lado por un momento la objetividad y la distancia que ha mantenido en ellas para tratar un problema tan delicado, y manifestar aquí su deseo lamentablemente no su esperanza de una todavía más larga vida a la Sociedad Belga de los Pinares de El Paular para que pueda seguir explotando ejemplarmente el pinar durante otros ciento setenta y siete años, aunque hace ya mucho tiempo que se cayó del guindo cuando supo de la intención de la empresa de desprenderse del monte.

El autor de estas líneas en lo alto de la chimenea mocha del aserradero de 
El Paular, el 6 de agosto de 1988, durante los trabajos de instalación de una 
plataforma para facilitar el anidamiento de las cigüeñas 
      
          Los pinares de El Paular se encuentran ante una encrucijada no menos decisiva que las que han condicionado su azarosa historia a lo largo de los siglos. Por ello, para lograr una protección coherente con el inmediato Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama, pero al mismo tiempo singularizada y adaptada al hecho de su aprovechamiento forestal, es necesario que la Administración se anticipe a la situación con la adquisición del monte, antes de que lo haga un grupo inversor chino, pongo por caso, de esos que tan a menudo son noticia en el panorama actual de los negocios en nuestro país. La incorporación del pinar a la propiedad pública tendría gran importancia para una gestión coordinada del conjunto de espacios protegidos de la zona, y debería perseguir como objetivos prioritarios la conservación de la biodiversidad, el ciclo del agua, el paisaje y los usos tradicionales, que es la mejor manera de asegurar el futuro ambiental y cultural más deseable para este extraordinario espacio natural dentro de la Red Natura 2000.

Quiero agradecer aquí otra vez a mi amigo Pepe Nicolás la cesión para esta bitácora de algunas fotografías de su magnífico archivo, tomadas a lo largo de muchos años durante nuestras andanzas de juventud por la sierra de Guadarrama. 

2 comentarios:

Jonathan Gil dijo...

Muchas gracias Julio por este maravilloso artículo.
Un abrazo!!!

cascadadelpurgatorio dijo...

Ante todo, Julio, quiero felicitarte por tu excelente artículo, tan oportuno, tan documentado, bien escrito y completamente razonado. Sólo añado unas líneas de apoyo a tu última propuesta, líneas que son a la vez una opinión y un testimonio de algo que conozco por experiencias propias. En el primer estudio del PORN se veía apropiado incluir el Pinar de los Belgas en el futuro Parque Nacional, complemento forestal y paisajístico muy cualificado en el conjunto del Guadarrama, pero no pudo ser. Posteriormente se hicieron mapas, informes y actos en este mismo sentido por gentes conscientes de la importancia de esta anexió, pero tampoco pudo ser. La Comunidad de Madrid hizo gestiones entonces para comprarlo con esa misma finalidad y nuevamente... no pudo ser. Hoy se ofrece una nueva oportunidad ¿la última? y sería muy deseable que ahora sí pudiera ser. Lo apoyamos vivamente. Este es nuestro voto: el Pinar de los Belgas debe ser adquirido por la Comunidad Autónoma o por el Estado e inmediatamene integrado en el Parque Nacional. Esto es lo que sería un bien: pasar definitivamente a ser un monte de conservación en el conjunto territorial del Parque Nacional del Guadarrama.