domingo, 6 de octubre de 2019

UNA COLECCIÓN FOTOGRÁFICA INÉDITA DE FRANCISCO HERNÁNDEZ-PACHECO SOBRE LA SIERRA DE GUADARRAMA

A mediados del pasado mes de mayo me llamó Joaquín Fernández, el conocido periodista ambiental además de buen amigo‒ al que tanto debe el conservacionismo de nuestro país por razones tan diversas y de tanto peso que es difícil referirlas en esta entrada, aunque lo haremos más adelante. Cuando supe el motivo de su llamada me quedé de piedra, pues no era otro que comunicarme su intención de cederme un pequeño tesoro llegado a sus manos gracias a la autoridad y el prestigio que tiene como uno de los mayores expertos en la historia del ecologismo y la conservación de espacios naturales en nuestro país, además de biógrafo de alguno de los personajes de los que vamos a hablar en esta entrada. Tras escucharle, me di cuenta enseguida del valor de lo que quería entregarme con tanta generosidad: nada menos que una colección de 179 negativos originales de fotografías tomadas en la Sierra de Guadarrama por el geólogo y naturalista Francisco Hernández-Pacheco entre 1917 y 1966, un archivo fotográfico inédito y de gran valor patrimonial que me da pie a escribir estas líneas con el fin de situarlo en el contexto histórico adecuado, y destacar su interés documental en relación con otras colecciones existentes de su obra fotográfica. Vaya por delante mi agradecimiento a Joaquín por esta muestra de confianza. 

Eduardo y Francisco Hernández-Pacheco, padre e hijo
En consideración a los lectores de esta bitácora menos informados hay que explicar, aunque sea de forma ajustada al asunto que nos ocupa, quién fue Francisco Hernández-Pacheco, lo que resulta obligado no sólo por haber sido el autor de las mencionadas fotografías, sino también por lo que significan su figura y la de su padre Eduardo Hernández-Pacheco para la historia de la Sierra de Guadarrama. Tras semanas de búsqueda de referencias y fotografías para documentar estas líneas en los archivos del Museo de Ciencias Naturales de Madrid, la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, y la Biblioteca Histórica Marqués de Valdecilla de la Universidad Complutense, y después de darle muchas vueltas a la cuestión de cómo escribirlas, me ha quedado claro que no es posible hablar de la labor del hijo como fotógrafo sin antes referirse extensamente al padre, porque, tanto en lo relativo al aprendizaje del arte y las técnicas de la fotografía como en otras facetas de su actividad científica, fue su discípulo y colaborador inseparable a lo largo de toda su vida. También porque, de los dos, el padre es hoy el más recordado por su gran legado como geólogo, geógrafo, paleontólogo y naturalista vinculado a instituciones tan relevantes a comienzos del siglo XX como la Real Sociedad Española de Historia Natural y la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, aunque no lo sea tanto en su faceta mucho menos conocida de pionero en el estudio del paisaje a través del objetivo de una cámara fotográfica, interés que le transmitió a su hijo como una más de sus numerosas inquietudes relacionadas con la conservación de la Naturaleza. Otro de los aspectos del importante legado que nos dejó el padre, del que vamos a hablar también en estas líneas, es su impulso a la primera política de conservación de espacios naturales iniciada en España durante la segunda década del siglo XX, de la cual son herederas en cierta medida las que están vigentes en la actualidad tanto en el ámbito estatal como en el autonómico. 

Francisco Hernández-Pacheco, el hijo
(RACEFN)
Eduardo Hernández-Pacheco, el padre
(MNCN-CSIC)

          














          

                     Aun así, pienso que la figura de Eduardo Hernández-Pacheco (1872-1965) no está hoy lo suficientemente reconocida fuera del ámbito científico, en especial entre los amantes de la Sierra de Guadarrama, pese a haber sido uno de los guadarramistas de la primera época, defensor de los valores culturales y sociales del naciente excursionismo de carácter pedagógico puesto en boga por la Institución Libre de Enseñanza. Si acaso es apenas recordado por su iniciativa de construir en 1932 la conocida Fuente de los Geólogos junto a la carretera que sube al puerto de Navacerrada, un monumento dedicado a la memoria de Casiano de Prado, José Macpherson, Francisco Quiroga y Salvador Calderón, naturalistas de una generación anterior ‒los tres últimos profesores suyos en la Universidad Central‒ que fueron pioneros en la exploración geológica del Guadarrama e inspiradores ‒en especial Quiroga de su temprana preocupación por la conservación de la Naturaleza. Este acontecimiento que supuso en la época la inauguración de la fuente de los Geólogos, muy recordado por su carácter simbólico, refleja sin embargo sólo una pequeña faceta del legado intelectual y científico que nos dejó Eduardo Hernández-Pacheco como estudioso, defensor y fotógrafo de nuestros mejores paisajes y como ejecutor de los primeros intentos de protección de la Sierra de Guadarrama poco antes del comienzo de la guerra civil.

Eduardo Hernández-Pacheco pronunciando el discurso de inauguración de la Fuente de los Geólogos, en la subida al puerto de Navacerrada, el 12 de junio de 1932 (Museo Nacional de Ciencias Naturales-CSIC)

martes, 6 de agosto de 2019

LAS SARGENTADAS DE LA GRANJA Y LA CONSERVACIÓN DEL PAJARÓN COMO PATRIMONIO CULTURAL DE LA SIERRA DE GUADARRAMA

Quien haya seguido este cuaderno de bitácora desde hace años sabe que la conservación del patrimonio natural y cultural de la Sierra de Guadarrama es su única razón de ser. También, dicho sea de paso, es el motivo de la arriesgada aventura que el autor de estas líneas emprendió en mayo de 2015 al acceder a la petición que se le hizo de formar parte del gobierno municipal de Miraflores de la Sierra, para lo que puso como condición se le dieran las concejalías de Medio Ambiente y Urbanismo durante la legislatura que acaba de terminar. Estas competencias y este plazo de cuatro años han sido los necesarios y suficientes para dejar asegurada si no hay retrocesos‒ la conservación del valioso patrimonio de esta localidad serrana de cara al futuro, una cuestión urgente y pendiente de solución desde hace mucho tiempo en el entorno de una de las principales puertas de acceso al Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama en su vertiente madrileña. Una vez cumplidos los objetivos que se marcó, de los que se ha dado cuenta extensamente en entradas anteriores, uno se dispone a continuar en el mismo empeño con más tiempo y libertad fuera ya de las barricadas de la política, lo que le permite volver a ampliar los frentes mucho más allá del ámbito municipal.

La protección del pajar más renombrado de España
Por ello regreso ahora con muchas ganas al otro lado del Guadarrama ya lo hice en mi entrada anterior publicada hace pocos días como denuncia de un descabellado proyecto de construcción de un camping en la dehesa de Sotosalbos para escribir la «crónica» de las Sargentadas de La Granja, una iniciativa pionera, inteligente, alegre y heterodoxa que traigo aquí como ejemplo del decisivo papel que puede desempeñar la sociedad civil en las agrias batallas que se están librando en las dos vertientes de la sierra por la conservación de nuestro patrimonio cultural, y muy especialmente el arquitectónico más amenazado por la especulación del suelo, en este caso en el entorno inmediato de otra de las importantes vías de acceso al parque nacional en su parte segoviana. Un ilustre y buen amigo me ha colgado el sambenito de «cronista del Guadarrama», y como es más conocido que El Tato parece ser que el apodo ha calado. La crónica como género periodístico exige una regularidad cronológica inexistente en esta bitácora, en la que se escribe cuando se puede y a salto de mata. Por otra parte, eso de que me llamen «cronista» no me gusta nada pues a menudo el término se refiere a un puesto honorífico más o menos oficial instituido por los ayuntamientos para la exaltación de la cultura y las tradiciones locales. Además, no puedo evitar asociarlo con la figura de un señor mayor, por lo general sesudo, jubilado y ocioso, que emplea su tiempo cantando las alabanzas de su barrio, de su pueblo o de la ciudad de sus amores. En esta bitácora se hace gala de independencia y se huye de localismos, y aunque se traten en ella asuntos «locales» su finalidad es la defensa del patrimonio material e inmaterial de la Sierra de Guadarrama en su conjunto, que tiene en muchos casos proyección universal, como ya se ha destacado en alguna entrada anterior. Dicho esto, y como en esta entrada tengo que escribir algo parecido a una crónica, habrá que asumir temporalmente el papel de cronista, aunque sea a regañadientes.
          La Sargentada de la Granja nació en 2002 como acto cultural organizado por la Sociedad Castellarnau de Amigos de Valsaín, La Granja y su entorno para conmemorar el 166 aniversario del levantamiento de una parte de la guarnición del Real Sitio de San Ildefonso el 12 de agosto de 1836, que al grito de «¡A las armas!» y marcando el paso al son del Himno de Riego tocado por pífanos y tambores, entró en el palacio de La Granja para obligar a la reina gobernadora María Cristina de Borbón a abolir el Estatuto Real de 1834 y restituir la Constitución de 1812, popularmente conocida como «La Pepa». Con ello volvieron a estar vigentes fugazmente las leyes y decretos de las Cortes de Cádiz y del Trienio Liberal, lo que poco después traería consigo la Constitución de 1837 que puso fin al absolutismo con la abolición definitiva del Antiguo Régimen en España. Nada menos.

Los sargentos sublevados en La Granja el 12 de agosto de 1836, obligando en palacio a la reina regente María Cristina de Borbón a firmar la constitución liberal de 1812, «La Pepa». (Biblioteca Nacional de Madrid)