lunes, 15 de octubre de 2018

QUIEN MIRA LO PASADO, LO PORVENIR ADVIERTE: LOS GUARDIANES DEL ALTO LOZOYA

Cuida todos tus recuerdos, ya que no podrás volver a vivirlos... 
Bob Dylan. Open the door, Homer (1970)

Hace ya bastante tiempo que quería publicar una entrada en la que poder compartir con los lectores de esta bitácora algunos de mis mejores recuerdos relacionados con la Sierra de Guadarrama, junto a los de otros viejos amigos que guardan conmigo la memoria de unos años inolvidables transcurridos entre los magníficos paisajes de los pinares de El Paular. Por fin me he decidido a escribirla y documentarla, y para ello ha habido que recopilar antiguo material gráfico y, sobre todo, muchos de aquellos recuerdos que conservamos entre unos y otros. Ya me ocupé de la apasionante historia de estos pinares en una entrada anterior, y por ello aquí me limitaré a evocar la nuestra particular, que aun siendo mucho menos interesante me va a dar pie para sacar a la luz algunas anécdotas y hacer ciertas reflexiones sobre la gestión forestal y la política ambiental de aquellos años comparadas con las que están vigentes en pleno siglo XXI, y también sobre los nuevos y enormes desafíos que plantea su conservación de cara al futuro ante la amenaza del cambio climático, lo que, estoy seguro, a mis lectores les va a resultar de interés.

Reunión para el recuerdo en el Pinar de los Belgas
El pasado 15 de junio, en el mejor momento de una primavera espléndida en la que los neveros de la sierra resistían con tenacidad tras las copiosas nevadas del invierno, subimos un pequeño grupo de aquellos amigos a un paraje situado en los pinares del El Paular que no voy a nombrar ni a situar en el plano. Allí, a una considerable altitud, se levanta un peñasco desde dondehace ya cuarenta años, vigilábamos el gran monte «Cabeza de Hierro», más conocido como Pinar de los Belgas, y otros colindantes, los denominados «La Cinta», «Los Cotos»«La Morcuera» y «El Pinganillo», que en conjunto cubren extensamente de pinos las altas laderas de Peñalara y la Cuerda Larga vertientes al valle de El Paular. Los que allí nos reunimos éramos Jean Paul (Pol) Lecocq, Juan Martín, Nacho Simonet, Pedro Muñoz Soriano, mi hermano Javier y yo. A la animada comida que compartimos después en Rascafría se sumaron Javier Romero y Julio Fernández de Caleya. Todos tenemos una fuerte vinculación emocional y afectiva con la Sierra de Guadarrama en general y con el valle de Lozoya en particular: Pol es director de la Sociedad Belga de los Pinares del Paular se crió en la vieja serrería de esta empresa centenaria entre fragantes pilas de tablones de pino recién aserrados, pues su padre, Alain Lecocq, dirigió también la sociedad durante cincuenta años. Juan es el guarda del monte «Cabeza de Hierro» e hijo de Constante Martín, guarda mayor que fue también del pinar y uno de los personajes que más memoria han dejado en la pequeña historia reciente del mismo. Nacho es nieto del pintor Enrique Simonet Lombardo, uno de aquellos descubridores del Guadarrama para las artes y la cultura que frecuentaron la abandonada cartuja del valle de Lozoya a comienzos del siglo XX, y que desde 1921 dirigió la Residencia de Pintores de Paisaje de El Paular. Pedro es uno de esos auténticos serranos de los que ya quedan pocos, descendiente de una vieja estirpe de pastores de Miraflores de la Sierra que hasta los años cincuenta del siglo pasado hicieron la trasterminancia con sus ganados entre comarcas guadarrameñas muy alejadas unas de otras. Para no aburrir al lector con más genealogías, sólo añadiré que mi hermano Javier tiene, no hace falta decirlo, el mismo arraigo familiar en la sierra e idéntica querencia emocional por el valle de El Paular que el autor de estas líneas.

De izquierda a derecha: Juan Martín, el autor de estas líneas, Pedro Muñoz, Pol Lecocq, Javier Vías y Nacho Simonet, reunidos cerca de nuestro puesto de vigilancia en el pinar de los Belgas

lunes, 23 de abril de 2018

OBJECIONES A UN PROYECTO QUE AFECTA AL PARQUE NACIONAL DE LA SIERRA DE GUADARRAMA: LA RECUPERACIÓN DEL PASEO DE LA FUENTE DEL CURA

El asunto que hoy traigo a debate en esta entrada, el denominado oficialmente «Proyecto de recuperación del paseo de la Fuente del Cura», en Miraflores de la Sierra, quizá podría acarrearme la acusación de caer en un exceso de localismo impropio de esta bitácora, pero nada más fuera de la realidad, pues en ella quiero hacer visible la situación de inseguridad ambiental que crea este proyecto sobre importantes valores naturales y patrimoniales de esta localidad serrana que trascienden más allá del ámbito local, con una más que probable influencia negativa sobre la imagen del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama. Esta actuación, de enorme importancia para el municipio, va a ser iniciada próximamente por el Programa de Inversión Regional (antes PRISMA) de la Comunidad de Madrid en el antiguo camino de la Fuente del Cura, un concurrido lugar de tránsito para miles de excursionistas, ciclistas y corredores de montaña madrileños en su acceso al parque nacional y recorrido habitual en el paseo cotidiano de los vecinos de la localidad, y que tal como está concebida no resuelve algunas necesidades urgentes del municipio e introducirá elementos de estética urbana completamente inapropiados en un paisaje natural sobresaliente. Pero la importancia de esta vía va más allá de su uso recreativo, pues es un camino histórico de mucha trascendencia para la memoria colectiva de la Sierra de Guadarrama, como veremos. 
          Denominado antaño como «camino de la sierra» hasta que fue inaugurada en 1932 la carretera de Rascafría, sirvió de vía de paso al valle de Lozoya por el puerto de la Morcuera para los pastores, carboneros y carreteros de esta villa y otras cercanas, uniéndose a la altura de los Llanos de la Matanza con el Camino Real del Paular procedente de Madrid, por donde los reyes de España hacían sus jornadas desde la corte hasta la cartuja fundada en el valle de Lozoya en 1390. Por este camino transitaron durante siglos los vecinos de Miraflores en sus recorridos diarios de ida y vuelta a las numerosas huertas que lo jalonaban, en las que se cultivaban manzanas, fresones, judías, tomates y otros productos hortícolas que dieron fama a esta localidad hasta bien entrado el siglo XX, y por donde regresaban las carretas de bueyes cargadas de leña a su vuelta de las suertes del robledal de la Raya. Ya son pocos los que recuerdan todo aquello, pero esta humilde función del camino constituye un importante acervo cultural para esta antigua y hermosa villa de la Sierra de Guadarrama. 
          Para argumentar las líneas que siguen a continuación, además de la información objetiva y rigurosa sobre aspectos históricos, culturales y urbanísticos, se traen a esta bitácora algunas fotografías del archivo familiar del autor que acompañan a opiniones estrictamente personales, aunque coincidan, necesariamente, con sus criterios como concejal de Medio Ambiente y Urbanismo del Ayuntamiento de Miraflores de la Sierra. 
          
El camino de la Fuente del Cura rodeado por su paisaje original de huertos y prados (fotografía tomada por Julio Vías Macías, padre del autor, durante las vacaciones de Semana Santa de 1942)
Detalle de la foto anterior en donde se aprecian mejor el molino Viejo, el puente medieval, el prado y las casillas de Genaro González, la vaquería de Valentín Herrero y los bancales de las huertas del entorno. Al fondo, el «camino de la sierra» serpentea en su subida hacia el puerto de la Morcuera (fotografía tomada por Julio Vías Macías en 1942)
Antigua tarjeta postal de Miraflores de la Sierra en la que aparece Julio Vías Sáenz-Díez, abuelo del autor (de pie entre dos amigos vecinos del pueblo), sobre el puente del molino Viejo, en la Fuente del Cura, hacia 1910