jueves, 14 de noviembre de 2013

EL COLOSO DEL PINAR DE LOS BELGAS

Recupero aquí, resumida y actualizada, una entrada dedicada a los árboles monumentales del valle de El Paular que publiqué hace casi dos años, el 2 de diciembre de 2011, en Desde la Sierra, una bitácora que creamos y compartimos un grupo de amigos con el fin de reclamar la protección de la sierra de Guadarrama, en especial de su vertiente segoviana. En ella hablaba, cómo no, de los famosos tejos milenarios del arroyo Valhondillo, pero también de algunos otros árboles igualmente singulares y prácticamente desconocidos, como el ya desaparecido ejemplar de pino silvestre (Pinus sylvestrismás viejo de todo el Guadarrama, al que denominé en aquella entrada, y por lo tanto también en ésta, como el "coloso del pinar de los Belgas", un calificativo nada exagerado, como verá quien siga leyendo. 
          Este patriarca vegetal, de una edad estimada cercana a los cinco siglos, hasta hace dieciocho años todavía sobrevivía heroicamente rodeado por pinos, robles y tejos de porte igualmente magnífico en una ladera abrupta y recóndita de este gran monte que ha poseído y explotado de forma ejemplarmente sostenible la Sociedad Belga de los Pinares de El Paular durante ciento setenta años, y que actualmente se encuentra a la venta. Era también, muy posiblemente, el ejemplar de pino silvestre más grande y longevo de toda España, superando en dimensiones a otros dos soberbios ejemplares que hoy se disputan ese título, como son el pino de San Roque, que todavía vegeta en solitario y con buena salud en la pelada vertiente meridional de La Peñota, en Los Molinos (Madrid), y el pino del Rey, en Covaleda (Soria).

Las enormes proporciones que alcanzaba este ejemplar de pino silvestre quedan
patentes comparadas con las dos figuras humanas que aparecen en la parte 

inferior de la fotografía (septiembre de 1988)

          Lamentablemente, este venerable ejemplar de pino estaba afectado por una grave pudrición en gran parte del fuste, lo que amenazaba seriamente su supervivencia a causa de la notable inclinación con la que había crecido. La copa, retorcida y deformada por siglos de nevadas y vendavales, se elevaba por encima los veinticinco metros de altura, lo que, unido a los más de seis metros de perímetro del tronco y a los dos metros y medio de diámetro de su cepa, le daba a este árbol un aspecto ciclópeo que contrastaba con el porte en apariencia casi diminuto de los grandes pinos con más de cien años de edad que crecen en las inmediaciones.
          Hace ya un cuarto de siglo, en septiembre de 1988, con la autorización, la ayuda y la compañía del entonces director de la Sociedad Belga de los Pinares de El Paular, Alain Lecocq, quien nos facilitó uno de los Land Rover de la guardería del pinar, un reducido grupo de amigos subimos hasta el emplazamiento de este pino para consolidar con mortero de cemento el interior de la base del tronco, muy afectada por la pudrición, y rellenar con el mismo material algunas de las grietas que la ahuecaban para impedir la entrada de agua, pero sin cerrar el acceso a las oquedades que servían de abrigo a la fauna. Para la ocasión, cargamos con un saco de cemento y otro de arena, un rollo de soga gruesa, las herramientas necesarias y un cubo donde hacer la mezcla del mortero con el agua que recogimos en un arroyo cercano.
          Mi amigo Pepe Nicolás, ingeniero de Montes e impulsor de aquella iniciativa, llevó su cámara de fotos y pudimos realizar un completo reportaje gráfico de las operaciones, algunas de cuyas fotografías se incluyen en esta entrada tras digitalizar las viejas diapositivas. Como se ha visto un poco más arriba, una de ellas tiene un especial valor testimonial al aparecer el gigantesco ejemplar todavía en pie y con toda su altura, dando fe para la posteridad de sus espectaculares dimensiones.
          Los árboles grandes y decrépitos, al igual que algunos venerables ancianos que nos obsequian con el fruto de su sabiduría antes de morir, rinden un postrero servicio a la biodiversidad al dar cobijo a las más variadas formas de vida en sus troncos huecos. Y esta función ecológica, que tiene lugar sobre todo en los bosques maduros y menos alterados por el hombre, la cumplía nuestro viejo pino desde hacía cientos de años al servir de refugio a distintas especies de aves y mamíferos. Tuvimos constancia de ello ya en un primer reconocimiento cuando, al introducir la mano en el interior de una de las grandes oquedades del tronco, a casi cuatro metros de altura, encontré la pata trasera de un corzo completamente reseca y acartonada, posiblemente escondida allí por un gato montés o por un gran búho real quien sabe cuántas generaciones antes.

Pepe Nicolás y el autor de estas líneas sellando con mortero algunas de las grietas 
del tronco (septiembre de 1988)

          Pero nuestra ingenua pretensión de alargar la vida al coloso fue inútil. La existencia de los seres vivos está marcada inexorablemente por el paso del tiempo, por las condiciones ambientales del entorno y por el azar siempre cambiante de la Naturaleza. Un azar que fue el responsable de que el pino naciera precisamente en este lugar y echara sus primeras raíces a finales del siglo XV, cuando estas tierras del valle de Lozoya todavía pertenecían a Segovia, más o menos por la misma época en la que el arquitecto Juan Guas levantaba el bellísimo claustro gótico del vecino monasterio de El Paular. Un azar que le hizo sobrevivir a los grandes temporales de nieve que azotaron la sierra entre los siglos XVI y XVIII, en el período climático frío que los paleoclimatólogos han denominado como Pequeña Edad del Hielo; el mismo azar, en definitiva, que, sin sospecharlo nosotros, acabaría con su larga vida apenas ocho años después de nuestra visita.
          A comienzos de la tercera semana del mes de enero de 1996, un temporal como no recordaban los vecinos más viejos de los pueblos del Guadarrama, que duró tres días enteros, cubrió los puertos y las altas laderas de la sierra con una capa de nieve de tres a cinco metros de espesor. Las bajísimas temperaturas de los días siguientes mantuvieron las copas de los pinos más altos y añosos cargadas con cientos de kilos de nieve helada (los pinos más jóvenes y de menor altura quedaron literalmente sepultados), hasta que el día 28 volvieron las fuertes nevadas, pero esta vez acompañadas por vientos huracanados. Las "derrotas", que es como tradicionalmente se conocen en el Guadarrama a los efectos devastadores del viento sobre los viejos pinares de la sierra, afectaron a miles de hectáreas de terreno en las altas laderas de los montes de Valsaín, El Espinar, Cercedilla, El Paular y Navafría. Decenas de miles de pinos se troncharon por la mitad como simples cerillas, o cayeron arrancados de raíz por la fuerza del viento y el enorme peso de la nieve acumulada en sus copas. Fue un verdadero desastre forestal cuyos efectos se pueden apreciar todavía hoy en las partes más altas y abruptas de los pinares, allí donde no fue posible retirar, ni siquiera con ayuda de mulas, los restos de los miles de pinos partidos en dos o arrancados de cuajo, que allí siguen descomponiéndose al ritmo pausado que impone la Naturaleza.
          Nuestro enorme ejemplar de pino, que había sobrevivido a infinidad de temporales a lo largo de su vida centenaria y que en sus últimos tiempos había resistido, ya muy viejo y debilitado, a las copiosísimas nevadas del invierno de 1972 y al gran huracán de diciembre de 1980, que arrancó de cuajo uno de los pilares del repetidor de televisión de la cumbre de las Guarramillas y derribó parte de la vieja chimenea de la serrería de la Sociedad Belga de los Pinares de El Paular, esta vez sucumbió a la fuerzas combinadas de la nieve y el viento, desencadenadas con una intensidad tal como no recordaban los lugareños más ancianos ni las crónicas forestales más antiguas. La caída del gigante cargado de nieve debió ser un espectáculo sobrecogedor que rasgó con gran estrépito el silencio del bosque. Nadie fue testigo de ella.
          En el verano de 2010, preocupado por la inevitable y cada vez más cercana desaparición de los restos del árbol, Pepe volvió al lugar provisto de una cuerda y una cinta métrica y midió escrupulosamente las dimensiones del fuste para dejar constancia de su tamaño en los anales de la ciencia forestal. Y no contento con ello, en noviembre de 2011 me propuso volver a subir para intentar extraer un testigo de la madera muerta con una barrena de Pressler, operación que de haberse podido realizar satisfactoriamente (no encontramos ninguna parte del tronco sin pudrición) nos habría permitido hacer una estimación más aproximada de la edad que tenía el árbol en el momento de su muerte.
          Yo no había vuelto por allí desde aquella lejana fecha de 1988, y cuando llegamos al apartado paraje no pude evitar una profunda sensación de tristeza. Allí estaba, tendido sobre la ladera, el enorme tronco muerto del patriarca de los pinos silvestres del Guadarrama y de toda España, cubierto de musgo en su base y blanqueado por el sol y los hielos como la osamenta antediluviana de un megaterio. A pesar de su tamaño y de su espectacularidad era prácticamente desconocido por botánicos, excursionistas y técnicos de la administración forestal de la Comunidad de Madrid, y por ello nunca tuvo una denominación popular, al contrario de otros célebres ejemplares de la misma especie y similar tamaño, como fueron el pino Golondrino y el gigantesco pino de la Bota, que sobrevivieron en los vecinos pinares de Valsaín hasta los años anteriores a la guerra civil. Por esta misma razón tampoco llegó a figurar en el Catálogo de Árboles Singulares de la Comunidad de Madrid, vigente desde 1992, y posiblemente ni falta que hizo. Con estas líneas que aquí le dedicamos queremos dejar memoria de su existencia una vez que desaparezcan sus restos.

Pepe Nicolás ante los restos del coloso (noviembre de 2011)
          
          Sé que quien lea estas líneas echará en falta, como complemento a la historia del gran árbol, alguna información sobre la situación del apartado paraje en donde su tronco muerto se descompone lentamente desde hace casi dieciocho años, dejando todavía constancia de su descomunal tamaño. Pero como comparto plenamente la filosofía del Decálogo ético para la visita y conservación de los árboles y bosques monumentales silvestres, que elaboró hace ya tiempo un grupo de naturalistas e intelectuales reunidos en la Asociación de Amigos del Tejo, omitiré deliberadamente cualquier tipo de información que pueda servir para localizar este lugar. Espero no ser juzgado duramente por ello. 
          Y me justifico: al igual que ya ocurre con los no muy lejanos tejos del arroyo Valhondillo, una afluencia masiva de excursionistas podría afectar al resto de árboles monumentales que rodean los restos del coloso del pinar de los Belgas, como los tres enormes tejos moribundos, uno de ellos milenario, que desde unos pocos metros de distancia, ladera arriba, parecen velar solemnemente los restos de su viejo compañero de tantos siglos, o los rodales de grandes robles que salpican esta ladera entre la masa abierta de pinar. Un nido de buitres negros, situado a unos escasos centenares de metros sobre la copa de un pino centenario, preside este severo e imponente enclave de naturaleza arcaica y salvaje, uno de los últimos que van quedando en la sierra de Guadarrama.

Uno de los robles centenarios que sobreviven cerca del lugar donde yacen los restos del gran pino (noviembre de 2011)
Un tejo milenario sobrevive en estado muy precario a apenas unos metros del  lugar 
(noviembre de 2011) 

          Tanto el monte de La Cinta, propiedad de la Comunidad de Ciudad y Tierra de Segovia, donde los tejos milenarios del arroyo Valhondillo son visitados por miles de personas cada año, como el monte Cabeza de Hierro o pinar de los Belgas, en el que se conservan los restos de nuestro colosal ejemplar de pino y aún sobreviven otros árboles monumentales todavía ocultos a la mirada de los excursionistas, han quedado fuera, por muy poco, de los límites del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama, a pesar de contar con valores paisajísticos sobresalientes y una extraordinaria biodiversidad. Es especialmente preocupante el incierto futuro que aguarda al último de estos dos montes ante un eventual abandono de la gestión unificada e integral del mismo, como consecuencia de su compra y su posible división entre varios propietarios, asunto del que me ocupé en un artículo publicado hace poco más de un año en la revista Peñalara.
  
Pinares de El Paular (mayo de 2011)

          En el Artículo 4 de la nueva y polémica Ley de Parques Nacionales, cuyo anteproyecto fue aprobado hace apenas tres meses, se determina expresamente como de "interés general del Estado" la conservación de los espacios declarados como tales "en razón de la belleza de sus paisajes, la representatividad de sus ecosistemas y la singularidad de su flora, su fauna o sus formaciones geomorfológicas". Según el Artículo 11 de esta misma ley es competencia de las administraciones, tanto de la central como de las autonómicas, incorporar a los parques nacionales los "espacios colindantes de similares características o cuyos valores resulten complementarios con los de aquellos", siempre que sean "aportados por sus propietarios para el logro de dichos fines". Por ello, como final de estas líneas, queremos insistir sobre la necesidad de que todas las partes de las que depende la conservación de estos patriarcas vegetales lleguen a un acuerdo para incorporar los pinares de El Paular al Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama, pues no puede haber nada que justifique más el interés general del Estado que la máxima protección de unos paisajes y una biodiversidad excepcionales cuyo mejor exponente son estos árboles, que han contemplado el devenir de la historia de España desde sus más remotos orígenes y que forman parte fundamental de nuestro patrimonio natural y cultural más querido.

10 comentarios:

Nanqui Soto dijo...

Felicidades Julio. Una maravilla de entrada

Pedro Nicolás dijo...

Precioso artículo, por continente y contenido. Gran idea el dejar tesoros escondidos que hacen más grande y sugerente nuestra querida montaña.

Un placer de nuevo viajar al Guadarrama de la mano de Julio¡¡¡

Jorge Caneda dijo...

Julio, me sigues llevando a ver cosas que nunca habría visto. ¿Es esa la definicion de un explorador? Además, cientifico. Apreciando nuestra vieja sierra, la de cuando eramos niños, jovenes, y ahora de mayores con otra perspectiva estética, con el mismo y otro amor a la naturaleza.
Desde Montevideo, Uruguay, donde estoy pasando un mes con Nico, un chiquitín de cuatro años que he adoptado. Ah, saludame a Pepe Nicolas y agradecele también. No se vosotros, pero yo me voy sintiendo como el arbol viejo, casi a la espera de mi vendaval.

Jorge Caneda Schad

Javier Sanchez dijo...

Muy interesante y ya histórico artículo, lo desconocía totalmente!

Un abrazo

Julio Vías dijo...

Muchas gracias a todos por vuestros comentarios, en especial a ti, Jorge, ya que tus sentidas palabras vienen de la otra orilla del Atlántico. Hasta la próxima, os manda un abrazo.
Julio

Anónimo dijo...

Una maravilla de artículo de una gran persona que intuyo que eres, Julio. Me quedé prendado de tu libro "Memorias del Guadarrama" que leí en pocos días, disfrutándolo entre Madrid y Guadarrama, allá por el año 2003, y ahora, con una década de retraso, descubro este blog. Mi más sincera enhorabuena por el libro ya mencionado y por esta entrada de tu blog, que he leído disfrutándola muchísimo. Me apasiona nuestra Sierra, la Sierra de todos, y me encantan los abuelos del bosque, con tantos siglos en sus troncos. Mi más sincera felicitación y admiración. Un saludo.

Raúl Moreno Fernández. Humilde geógrafo, naturalista e historiador (y por desgracia, profesor no ejerciente).

Julio Vías dijo...

Muchas gracias por tus palabras, amigo Raúl. Trabajé unos cuantos años en el pinar de los Belgas, por lo que este maravilloso monte significa mucho para mí y me preocupa su situación actual. Tengo la bitácora un poco parada por exceso de trabajo, pero enseguida le vuelvo a dedicar el tiempo que le hace falta.
Un saludo cordial.

Paloma Sanz dijo...

Hola, este pasado mes de Julio, encontré por casualidad un enorme roble, no se si petraea o pyrenaica un poco antes de la trocha que sube a la tejera de Valhondillo.. estoy asombrada porque no encuentro su descripción en ningún sitio. Tiene por lo menos dos metros de diámetro y seguramente más de 400 años. Me gustaría saber si lo conocen y si puedo ver alguna reseña al respecto.
Saludos cordiales

Paloma Sanz

Julio Vías dijo...

Hola, conozco bien el espléndido ejemplar de roble al que te refieres. Afortunadamente, muy poca gente sabe de su existencia, y pienso que de momento más vale que siga siendo así...
Gracias por tu comentario, y un saludo

Vizcayado dijo...

He pasado por aquí de casualidad y me ha divertido está entrada llena de amor por la naturaleza. Lástima los tópicos de esa visión política centralizadora, tan típica del nacionalismo español del centro de la península... Pero no hay nada perfecto.